Cuando llegó el frío
Un señor con levita que se parece
a Pushkin se arrodilla en el jardín para agitar el otoño de sus versos. Sabe
que entre las hojas garabateadas de melancolía todavía queda un diente de león
que enseña sus garras al frío. Lo siente. Lo busca frenéticamente. Lo rastrea
como la última esperanza que precede al terror puntiagudo del invierno, pero su
ansiedad le traiciona… Bajo su pie izquierdo el verano expira en el silencio de
un grito. El poeta se paraliza y el frío cae sobre él como una piedra que
aplasta cada uno de sus versos. Todo se congela. Ya solo queda esperar a la
próxima primavera.
Noelia Toribio






