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sábado, 11 de abril de 2015

La ensoñación

Imagen: In Dublin's fair city


En un silencio de mi medianoche
el hilo de Hipnos me descose las pestañas
y despierto paulatinamente
en las luces templadas de una nebulosa.


La noche gira y se desprende.
Mi piel azul se descubre como el epicentro
de los cuerpos perlados
que crepitan en la esfera del universo.


De repente todo se desvanece.
El sueño rehuye y mi consciencia transforma
la luz sublime de mi nebulosa
en el enfermizo tiritar de unas farolas.


La noche artificial se filtra
por los agujeros de mi persiana.


Vuelvo a la cama decepcionada
y espero a que Hipnos vuelva a coserme las pestañas,
mientras me quema todavía el recuerdo
de esa Belleza efímera de lo que parece y no es.


Noelia Toribio

lunes, 9 de febrero de 2015

Ilusiones perdidas


A través de mi ventana observo cinco globos prendidos de las espinosas ramas de unos árboles. Sin duda se trata de una alianza de ilusiones perdidas liderada por un globo verde, al que siguen otros dos del mismo color, uno azul y otro rosa. A su lado, el viento agita un pellejo inerte de goma. Un compañero caído en la dura batalla frente al desengaño. Una ilusión desdichada que ya no tiene salvación.



Los globos se agitan y se enredan con la ventisca invernal, que grita enfurecida. Su desesperación por huir de este mundo humano de desencantos crece al ritmo con el que la luz pinta el cielo de sangre. Sin embargo, los largos dedos de los árboles frustran una y otra vez su anhelo de escapar en la libre cabalgadura del viento.


Al caer la noche vuelvo a asomarme por la ventana y descubro que el legendario combate continua. Los globos luchan por volar hacia el cielo mientras las crueles ramas insisten en mantenerlos en tierra y me pregunto por qué no les permiten marchar a un lugar mejor…


Entonces pienso que tal vez los árboles no sean tan despiadados después de todo. Quizá solo quieren que un niño vuelva a creer en los Reyes Magos o que alguien que ha sufrido no renuncie al amor. Quizá solo intentan mantener esas ilusiones antes de que se conviertan en pellejos y devolverlas al pobre desgraciado que haya cometido el estúpido error de perderlas.


Noelia Toribio