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jueves, 11 de agosto de 2016

Disyuntiva



Soy reclusa de la disyuntiva
que se abre cada día ante la grieta del espejo.
El Sí y el No.
El Sí y el No me gritan al oído y me atormentan:
No sé qué hacer.

No sé quién ser:
La frase activa o el relativo subordinado
al poder de los imperativos.
¿Quién me colocó el pie hacia donde pastan
las ovejas blancas?

Yo, que quería 
construir caminos más allá de este reflejo;
que todavía quiero
construir caminos más allá de este frío espectro,
pero sigo aquí

Esperando

En la celda de la disyuntiva,
yo, que me creía fuego me miro y me descubro
humo de vela
que se extingue a cada duda y se devana pensando
en el Sí y en el No.

Y el miedo se hace hueco
con cada interrogación, con cada concepto que me asalta
en el espejo
y  me divide algunas mañanas al despertar,
todas las noches al acostarme.

Para llegar siempre a la misma conclusión
que el temor hace pregunta:

No me gusta el relativo fácil,

pero cuál es el precio
por ser un verso libre.


Noelia Toribio

martes, 19 de julio de 2016

Impulso



#paz

Siento en el mundo
un impulso extraño que se dilata
cada vez que una lágrima
salpica el rojo de las noticias.

Siento a mi alrededor
un eco demasiado cercano que saluda
con el aire familiar y amargo
de un fantasma que nunca se marchó.
Siento en la nuca
un aliento que infunda ese recuerdo
que me horroriza el alma
a pesar de que nunca me perteneció.
Siento la historia
que se atropella en una carrera eterna
sin línea de meta que ponga fin
a este absurdo que se repite sin pausa.

Y nosotros que creímos
que todo había terminado...

Siento en el mundo
un impulso extraño que se dilata
cada vez que una lágrima
salpica el rojo de las noticias.


Noelia Toribio

jueves, 4 de julio de 2013

La cerveza amarga

 

Basado en un hombre que bebía una cerveza




El calor me hace sudar aunque esté a la sombra, sentado en cualquier terraza de cualquier triste bar del centro de la ciudad. La mesa que he escogido es pequeña, cuadrada y metálica, acompañada por dos sillas enfrentadas. La mitad de la mesa y la silla donde yo me encuentro están en la penumbra. La otra mitad de la mesa y la otra silla brillan al sol con un ardiente resplandor de plata. No ha sido una elección muy adecuada, pero no he tenido más remedio que conformarme con una mesa de dos sillas aunque no tenga acompañante, como todos los días, como en todos los bares, aunque busque nunca encuentro una mesa apropiada para mí, una mesa con una silla.


 



La camarera aparece a mi espalda con la cerveza que he pedido y un cuenco de patatas fritas. Lo deja todo en la mitad en sombra de la mesa y vuelve a entrar en el bar. La espuma se desborda por la jarra y las burbujas de gas bailan en la oscura bebida haciéndola apetecible. La cojo sintiendo el grato contraste entre la fría jarra y mis manos calientes. El primer sorbo también es ligeramente agradable, pero luego la jarra y mis manos adquieren la misma temperatura y mi paladar se acostumbra hasta saborear con indiferencia una cerveza amarga, demasiado amarga.




El sol alcanza su cenit de medio día y el calor aumenta. Los transeúntes van de un lado para otro buscando los rincones con sombra y el asfalto de la carretera quema como una brasa al rojo vivo. La silla de enfrente me mira vacía mientras como patatas en silencio. La cerveza ya está más caliente que fresca, ni siquiera me gusta. Sabe agria, áspera y ácida como la soledad. En un breve vistazo, observó las dos cervezas que reposan en la mesa de al lado, una mesa con dos sillas ocupadas. Son más claras que la mía y también parecen frescas y sabrosas aunque haga calor, porque los que las sostienen beben con avidez entre su conversación y sus carcajadas. Miro al frente con un suspiro y me topo de nuevo con la silla vacía y mi cerveza caliente. La silla parece reírse de mí mientras me mira y la asquerosa y oscura cerveza me recuerda toda la esencia de mi amargura.




No lo soporto más. Pido la cuenta a la camarera en cuanto tengo la oportunidad, pago y me levanto abandonando esa maldita terraza. Mañana, al mediodía, volveré a buscar una mesa con una sola silla y me beberé otra cerveza amarga.




Noelia Toribio