Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de diciembre de 2016

El lenguaje del silencio


De repente,
aparece alguien
que sin formación previa
conoce el lenguaje
de tus silencios.
Entonces puedes conversar
(sin palabras)
a sinceridad abierta.

Noelia

sábado, 12 de noviembre de 2016

Te pido ser cesura

Cesura: pausa que se abre entre dos versos

Shhh
No quiero que seas palabra
de boca imprecisa.
Sólo una pausa
en esta rapidez absurda
que es la vida.
Sólo un silencio
que calle el ruido del mundo
cuando gira:

Te pido ser cesura
que llene mis pulmones

Haiku #2


Haciendo el verso,
me escribo caligrama
sobre tu ombligo.

Noelia

lunes, 19 de septiembre de 2016

...

Resultado de imagen de lluvia

La clave
es sentirle lluvia
sobre tus versos rotos.

Noelia Toribio

lunes, 15 de agosto de 2016

Haiku #1

www.fotonatura.org


Se me deshace
un pájaro en la boca;
pienso tu nombre

Noelia Toribio

lunes, 1 de febrero de 2016

Mi (uni)verso



Tú
Verso prendido en mi epicentro,
eres lágrima y sonrisa de mi luna clara.
Tú
tan sideral y tan vehemente,
tan luz sobre mi piel callada de astro
Y yo
costumbre de estrella quieta,
esperando ser también verso azul
sobre tu alma.


Noelia Toribio

jueves, 7 de enero de 2016

Micro poema #1


Si soy verso de porcelana
en tus manos,
cuida de no romper la fragilidad
del poema
con el que me entrego a ti.


Noelia Toribio

viernes, 1 de enero de 2016

Hazme el favor de ser poema



Hazme el favor de ser poema,
hazme el favor de ser poema
si la Luna me descubre los versos en su almohada,
si me besa la boca la respiración de un fantasma.

Hazme el favor,
hazme el favor de ser poema
si la vida me desliza por la vida en una lágrima,
si me descompone la noche en su partitura amarga.

Hazme el favor,
hazme el favor
si la noche me escurre el alma
de ser poema donde contenerme.


Noelia Toribio

jueves, 12 de febrero de 2015

Equilibrismos

Imagen: Desencuentros y Desaguisados

Me atreví a hacer equilibrismos
sobre un hilo demasiado fino y demasiado alto,
apenas prendido de la duda de tus manos
a cincuenta metros sobre la luna.
 

Y sé bien que fue una locura
jugar a ser una célebre y etérea  funambulista,
 con mi inexperiencia y mis pies demasiado grandes,
con mi torpeza experta y mi inocencia ciega.
 

Y sé bien que fue una locura
caminar sobre los dedos de tu cuerda floja
 (demasiado floja),
sin red, sin arnés ni instrumentos de equilibrio,
solo gritando alto y mirando hacia arriba.
 

Y sé bien que era inevitable la caída,
Y vaya que si el golpe fue duro y doloroso y duradero
(No siempre se cae uno desde una altura
de cincuenta metros sobre la luna).
 

Pero también sé lo que se siente ahí arriba,
al acariciar con tu piel los comienzos de la noche,
al dejar que el halo de una estrella te pinte la espalda,
al volar sin cables ni miedos y con libertad.
  

Algo que tú no sabrás jamás.
Porque creo que no te atreviste a dar ni un paso,
a pesar de que la cuerda que tejían mis manos
era más firme y  más ancha y más segura.
 

Y si lo diste, lo diste mirando hacia abajo
y con un arnés hasta en los dientes.

Noelia Toribio

martes, 18 de noviembre de 2014

Era 24 de diciembre

Era 24 de diciembre, por la noche. Un desierto blanco cubría las calles y las carreteras de una nieve inmaculada que solo yo desvirgaba con el sello de mis huellas descalzas. Mis botas habían acabado de desintegrarse aquella misma mañana y por más que había rebuscado otras entre la basura no había conseguido encontrarlas. Pero andar con los pies congelados era un detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.


Aquella era la segunda Noche Buena que pasaba en la calle. La noche más terrorífica y bella de todo el año, en la que parecía que todos habían desaparecido de la faz de la tierra. Me gustaba pasear por la ciudad aquella noche, con la exquisita compañía de la nieve y las luces navideñas que la iluminaban de colores y recuerdos… Hasta que el maldito olor de un jugoso asado se burló de mi nariz y despertó al monstruo de mi estómago. Aquello me recordó irónicamente que mis compañeros me esperaban para nuestra cena de Noche Buena. Así que me encaminé hacia el puente, no sin echar antes un último vistazo a aquel paisaje desolado y hermoso de luces de colores, calles congeladas y voces inexistentes.


.     .     .
 


Tras arrebañar bien la última lata de conserva la conversación y las carcajadas tomaron el protagonismo junto con los rugidos de algún que otro estómago que no había quedado saciado del todo. La verdad es que se estaba bien ante el calor de la lumbre improvisada que habíamos preparado bajo el techo de nuestro puente, aunque mis pies aún seguían helados. Pero aquello era un detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.


Yo todavía estaba sumergido en el recuerdo y en la belleza de la fría calle por la que había paseado cuando noté que mis compañeros tenían sus pequeños y enrojecidos ojos puestos en mí.

-Perdonadme, ¿decíais algo?- murmuré.

- Sí, compañero, te decíamos que nos contarás alguna historia… Una historia…, ya sabes, de esas que tú te inventas, de esas que escribías- respondió mi elocuente colega.

Mi reputación de escritor siempre  me precedía con mis amigos vagabundos. Eran el mejor público que había tenido nunca. Escuchaban siempre sin respirar y con atención los relatos y versos que mi mente de escritor fracasado aún tejía en los suburbios de aquella ciudad cruel y fría. Jamás podría haber negado a un público tan maravillo una petición como aquella.

-De acuerdo, está bien- sonreí a través de mi raída bufanda.


Mis compañeros se acercaron más a mí caminando con sus nalgas envueltas en mantas. Me recordaron a los siete enanitos de Blancanieves. A aquello habían quedado reducidos esos hombres entre los que había abogados, médicos o filólogos a los que el mundo había tratado mal, como a tantos otros.


Cuando todos se acomodaron (solo les faltaban las palomitas) comencé mi relato sin mayor demora que la que me llevó envolver mejor los pies en mi sucia manta. Aunque de poco me serviría eso para calentarlos, pero era un detalle sin importancia. Ya estaba acostumbrado…


.     .     .
 


Miss Acacia, de Larbesta (DeviaArt)

Ella era una ciudad en invierno. Aunque creo que no siempre fue así, no… Y a pesar de todo ello, a pesar de ser fría como el hielo, era una gran artista, desconocida, pero una gran artista. Yo iba a verla cantar y bailar cada viernes a aquel garito de poetas donde solo se escuchaba  hablar de melancolía y existencialismo alcoholizado en un constante murmullo que atravesaba las paredes del local… Hasta que ella salía a escena. Entonces todas las voces se silenciaban y todos los pares de ojos dirigían la mirada hacia el pequeño tablado que se iluminaba de cálidas luces rojizas y anaranjadas. Su figura surgía a través de una misteriosa cortina y avanzaba hasta el micrófono envuelta en su vestido rojo. En ese momento, una música alegre rompía el apesadumbrado ambiente de aquel lugar y su boca pintada de carmesí se abría en una pícara sonrisa para empezar a entonar una divertida canción al ritmo al que se movían los pliegues de su vestido… Sobre el escenario era pura alegría e inocencia, una luz sobre el oscuro y homogéneo público entre el que yo me encontraba. Era la Coco Chanel que cantaba Qui qu'a vu Coco? en el cabaret para pagarse un plato de comida.



Cuando la función terminaba, aquella cortina se la llevaba igual que la había traído, como un truco de magia. Pero yo era el afortunado que sabía donde se escondía verdaderamente la paloma antes de salir de la chistera. Después de terminar la copa yo salía del garito y caminaba hacia la parte trasera del edifico donde una puerta oxidada me daba acceso a un cruel paraíso por el precio de cuatro golpes seguidos en la entrada. Ella la abría y subíamos por unas empinadas escaleras hasta el cuartucho donde se preparaba para el espectáculo. Allí las luces de su espejo era frías y teñían su piel y sus labios de azul, incluso su vestido parecía más morado que rojo. Su boca volvía a estar cerrada y seria, siempre cerrada y seria. Allí es donde me daba cuenta de que la felicidad y el calor del escenario eran una bella máscara.


Ella me cautivaba y yo la amaba nada más que por eso. Entre las ondas de su cabello negro se perdían los problemas y las deudas que me asfixiaban. Ella y aquel cuarto eran un limbo alejado de cualquier otro mundo, y ella me dejaba formar parte de él sin más. Ella dejaba que la hablara, que la contemplara y que la amara cada una de esas noches. Aún no sé muy bien por qué. Sin embargo, ella no permitía que una pizca de mi calor entrará en su pecho. Toda ella era una fortificación, una ciudad amurallada que no dependía de nadie más que de sí misma. Una mujer que se autoabastecía para sobrevivir y se protegía para no ser dañada. Una ciudad cruel, una ciudad de hielo en la que la nieve azotaba a todo aquel que se atreviera a recorrer sus calles. Una ciudad contaminada y desgraciada en la que el dolor había cerrado cada puerta y apagado cada llama.


Supongo que siempre me ha gustado caminar sobre la nieve.


Al amanecer regresaba a mi casa esperando que aún no me hubieran desahuciado, y aguardaba al próximo viernes para volver a verla. Y allí estaba, cada semana, con su vestido rojo y su preciosa máscara. Con su falsa y pícara sonrisa y su gracioso baile. Con sus cálidas luces rojizas y anaranjadas. Con su inocencia marchita y su felicidad quebrada…


Era una gran artista, era una gran actriz.


Al acabar la función yo regresaba a la frialdad de su cobijo y acariciaba su piel azul y la boca que en escena había sido roja. Abrazarla era como abrazar el viento helado que corría las por calles de un día de invierno. Mientras, ella se mantenía fría, dolida y cruel como la mejor de las ciudades. No importaba lo que yo, un pobre vagabundo, hiciera para resucitar su verano. Estaba claro que antes de que yo llegara al interior de su ciudad una ventisca mucho más poderosa lo había arrasado y congelado todo. En ella yo solo era la triste llama de un mechero que apaga el invierno. Supongo que con eso me bastaba.


Aquel viernes 24 de diciembre por fin me echaron de casa. Era algo que sabía que sucedería, pero aún así el pánico me envolvió al verme vagar por las calles de aquella ciudad fría y despiadada. Corrí hasta la puerta oxidada en busca de aquel limbo donde los problemas esperaban a la puerta, pero nadie contestó a mis cuatro golpes. Insistí, insistí varias veces y la llamé desesperado, pero no hubo respuesta. También me habían desahuciado de mi cruel paraíso. Fui hasta la puerta principal del garito y pregunté por ella, pero nadie sabía dónde estaba…


Se había marchado. Había desaparecido con sus maletas llenas de independencia y su pecho helado.


Ese día, caminé solo y desesperado por el desierto blanco que cubría de nieve las calles y las carreteras. Era un noche terrorífica. Pero entonces alcé la vista hacia las luces navideñas y también me pareció una noche bella… Y la calma me invadió, y de repente me sentí cautivado al igual que cuando visitaba el limbo. La veía cantar y bailar en esas luces navideñas, en ese artificio dulce y falso de colores mientras su fría y verdadera esencia me congelaba en la acera de aquella ciudad helada.


Ya por entonces sentía los pies fríos, pero aquello era un detalle sin importancia, creo que ya estaba acostumbrado. Después de todo, aquella noche estaba con ella, en aquel engaño de luces navideñas y  calles congeladas. Aquella noche estaba dentro de su ciudad helada. 


Noelia Toribio 

domingo, 30 de marzo de 2014

El papel está en blanco



Acuarela "Lágrimas", de Eva Fajardo

El papel está en blanco.
El papel está en banco y mi lápiz solo teje garabatos,
sin saber a dónde ir, sin saber qué letra perfilar,
sin saber que triste verso componer en esta noche
donde la luna se apaga en su frialdad.
 

El papel está en blanco.
El papel está en blanco y mi lengua se ha trabado,
sin saber qué decir, sin saber qué callar,
sin saber qué lamento entonar en esta noche
donde el viento gime en un canto sepulcral.
 

El papel está en blanco.
El papel está en blanco y me mente se ha colapsado,
sin saber qué pensar, sin saber si esto es delirar,
sin saber qué es locura o realidad en esta noche
donde los viejos monstruos aúllan sin cesar.
 

El papel está en blanco.
El papel está en blanco y mi lápiz solo teje garabatos.
El papel está en blanco y mi lengua se ha trabado.
El papel está en blanco y mi mente se ha colapsado.
 

El papel está en blanco.
El papel esta en blanco, pero mi alma se ha desvelado,
y no sabe componer, pero sabe que los versos duelen.
y no sabe hablar, pero sabe que las palabras hieren,
y no sabe pensar, pero sabe que el sentimiento le puede.
 

El papel está en blanco.
El papel está en blanco porque la tinta aquí dentro se ha quedado,
y es tanto lo que lleva, y es tanto lo que arrastra,
que los versos no bastan para expresar en esta noche
el sentir que me desvela: este amor que me atormenta.


Noelia Toribio

miércoles, 12 de febrero de 2014

La Sombra y el Lucero




“Porque el amor cuando no muere, mata”
Joaquín Sabina

Debajo de la realidad hay un mundo místico que apenas se percibe, no porque esté oculto sino porque no se observa lo suficiente. Es un mundo sumergido en el misterio y es tan etéreo como los susurros que moran en la brisa, pero no es invisible. Allí todo lo envuelve un silencio tan profundo que ni siquiera se advierte su presencia, lo que aleja aún más a este mundo de la realidad, aunque esté muy cerca. Es oscuro como un cielo nocturno sin luna y abstracto, pues allí no hay líneas ni formas, pero todo ello no entorpece a su negra y singular hermosura. Este es el mundo de las Sombras.

Las sombras que moran bajo la materialidad de las cosas, a los pies de una hormiga, de una flor, de una piedra en el río, de un árbol, de una montaña, de un edificio que araña el cielo e incluso a nuestros propios pies. Las sombras se estiran y se encogen adaptándose a aquello que las sustentan y se desplazan calladas de un ente a otro en libertad. Durante la noche duermen arropadas en su oscuridad, salvo que la luna llena o alguna luz perdida las desvele, y al día despiertan para bailar de nuevo bajo la realidad. Para garantizar su supervivencia solo dos normas imperan sobre este mundo de las sombras: primero, no te desplaces si no hay otro ente al que aferrarte y segundo, jamás te acerques a la luz.

Aquí, en este reino de penumbras, tuvo lugar la historia de una pequeña sombra que existió antes de lo que el tiempo pueda recordar. La Sombra habitaba a la orilla de un claro de agua oculto en el corazón de un frondoso bosque, donde las sombras corrían veloces a través de las hojas, las ramas, las piedras y toda la multitud de elementos que conformaban aquel inmenso paraje. Si bien la joven Sombra era aún inexperta y apenas se había movido de los pies del pequeño árbol donde se sustentaba salvo para correr un poco por las cercanías junto a las demás sombras.

Cuando llegaba la noche dormía en su oscuridad, como era costumbre, excepto en las noches de luna llena cuando las sombras se alzaban hacia la luz azulada mientras bailaban sin cesar al son de la brisa nocturna que agitaba las ramas de los árboles. Cómo adoraba la Sombra aquellas desveladas noches donde podía disfrutar del brillo de la luna, tan diferente de su oscura naturaleza. Era ella la que intentaba estirarse lo máximo posible para poder al menos rozar el reflejo de aquella luz a la orilla del agua, teniendo 
cuidado para no desprenderse de los pies de su pequeño árbol. La Sombra admiraba y envidiaba la belleza de aquellas luces tenues que flotaban suspendidas en el aire, independientes de cualquier ente. Ellas podían vivir con su propio brillo mientras que las sombras solo existían a raíz de los objetos materiales y de la propia luz. En cuántas noches de aquellas lunas llenas la Sombra deseó convertirse en uno de esos haces que teñían el agua de azul. Y cuántas veces repudió el mundo al que pertenecía por mantenerla prisionera en su oscuridad cuando se daba cuenta de que jamás podría abandonarlo.

Cada vez que regresaban las noches de luna llena la Sombra se sentía más desdichada al recordar su condición, hasta tal punto que en una de aquellas noches se escondió tanto en su negra amargura que se paralizó. Se quedó estática a los pies de su árbol, sin desplazarse y sin volver a bailar al ritmo del viento que sacudía las hojas, ni siquiera en las noches de luz. Era una sombra muerta y carcomida por la pena.

Así pasó el tiempo hasta que un día sucedió algo que jamás había sucedido antes. Un pequeño pero intenso resplandor despertó a todas las sombras del claro en una inusual noche de luna nueva, la más oscura de todas. Aquella luz blanca, tan distinta a la azulada luz de la luna desconcertó tanto a las sombras que el viento las alborotó a todas cuando cruzó por el paraje. La Sombra también se desprendió de su sueño cuando aquel brillo la acarició. Al principio optó por ignorar aquel resplandor y a las demás sombras, inmóvil como estaba en su inconsolable tristeza. Pero pronto aquella luz tan especial y el desconcierto de las sombras alentaron su curiosidad y, aunque por un momento intentó resistirse, acabó abandonando su firme quietud para descubrir lo que ocurría.

La Sombra se estiró todo lo que pudo hacia la orilla del claro de agua, de donde procedía el pálido fulgor. Allí, en el centro de la laguna, un lucero se suspendía levemente en el aire, casi acariciando el agua que había convertido en plata líquida con su etérea luz. La Sombra quedó maravillada, jamás había visto una luz tan hermosa y pura como aquella y aún menos de tan cerca. Era una luz tan delicada, tan radiante que sobrecogió a la pequeña Sombra desalojando todas sus penas para sustituirlas por un único deseo: llegar hasta aquel Lucero. A lo largo de la noche las sombras acabaron por acostumbrarse al nuevo resplandor y dejaron de prestarle atención, pero la Sombra permaneció estirada  hacia la luz, contemplándola con la misma fascinación durante toda la noche, hasta que se desvaneció poco a poco con las primeras luces del alba. Cuando llegó el día la Sombra sintió un profundo temor por que el Lucero no volviera a aparecer y durante toda la jornada se mantuvo lo más cerca posible de la orilla del agua, esperando a que el Lucero regresara. Pero no lo hizo. Cuando el cielo oscureció, la Sombra cayó en su sueño implorando que el Lucero la despertara como la noche anterior. Pero tampoco ocurrió así.

Desde entonces, la Sombra se mantuvo alerta durante todos los días, buscando en la laguna el más mínimo atisbo del Lucero. Cada vez que detectaba un pequeño brillo en el agua se sobresaltaba ante idea de que fuera él, pero siempre resultaba ser un reflejo que el sol había dejado caer sobre alguna de las ondas de la laguna. A cada anochecer, la Sombra se impacientaba más y su miedo por no volver a ver a aquel Lucero que la había liberado de su infernal letargo crecía desesperadamente… Una noche, la Sombra despertó ante un resplandor que no había brillado en las anteriores noches. ¡Ahí estaba el Lucero! Tenía que ser él. La Sombra se movió más veloz que un rayo hacia la orilla del claro, donde también habían acudido las demás sombras. Pero su ilusión se desvaneció como el humo cuando vio que solo se trataba de otra luna llena. La Sombra se envolvió en su tremenda desesperanza y volvió a acurrucarse a los pies de su árbol, encogiéndose todo cuanto pudo mientras las demás sombras disfrutaban y bailaban a la luz de la luna. En otros días la Sombra también habría danzado alegre mientras admiraba aquella luz azul, sin embargo, ahora le parecía extremadamente pobre e insignificante comparada con la pureza y el fulgor del Lucero. Oh, el Lucero… Ya nada había que mereciera la pena para la Sombra que no fuera aquella luz, pero desgraciadamente jamás regresaría. La tristeza volvió a inmovilizar a la Sombra y esta vez fue tan honda que creyó que se consumiría de dolor.

Los días y las noches se sucedieron largos, amargos y vacíos. La Sombra continuaba encerrada en sí misma, temblando de congoja y perdida en una tempestuosa marea de sentimientos negativos. Todo carecía de sentido, daba igual si brillaba el sol o la luna, si el viento agitaba a las sombras o si permanecían tranquilas, si de la laguna se desprendían o no hermosos reflejos... Nada de lo que pudiera ocurrir arrancaría la pena de su negro corazón.

La Sombra se despertó una noche más, como otras tantas. La luz dibujaba su oscura y adoptada silueta de árbol, pero ella, una vez más, lo ignoró. Después de todo, solo se trataba de otra luna llena. Sin embargo, pronto notó que el alboroto de las demás sombras del claro era mayor del habitual, y también tuvo la sensación de que el brillo que la recortaba era más blanco que el de otras noches… Entonces una chispa de la esperanza perdida brotó en el vacío de la Sombra y a punto estuvo de correr hasta la orilla como las demás, pero se contuvo en el último instante. Sabía que si acudía a la laguna y de nuevo aquella luz no resultaba ser la del Lucero el golpe del desengaño sería tan fuerte que esta vez no podría soportarlo. Por lo tanto, antes de moverse la Sombra se concienció de que lo más seguro fuera que el resplandor no perteneciera al Lucero.


Acudió a la orilla despacio, muy despacio, repitiéndose una y otra vez que esaluz no era la que ella esperaba para evitar caer en los brazos de la desilusión. Pero cuando llegó hasta la laguna la coraza en la que se había enfundado para protegerse se destruyó. Allí, en el centro de la laguna, el Lucero brillaba sobre el agua incluso más esplendoroso que la primera vez que lo vio. Apenas podía creerlo, de verdad era él, su precioso Lucero… La emoción y la alegría sacudieron a la pequeña Sombra, que se estiró y se estiró para estar lo más cerca posible de aquella hermosa luz que avivaba su existencia. Durante toda la noche dejó que el resplandor del Lucero acariciara su densa oscuridad, se deleitó contemplando su ligereza y su espiritualidad, se empapó de su calidez y admiró su belleza como ninguna otra sombra lo hizo jamás…

Pero la noche no duró eternamente, los primeros rayos del amanecer despuntaron mucho más pronto de lo que la Sombra hubiera deseado y el Lucero comenzó a desvanecerse como lo había hecho la última vez. El pavor inundó a la Sombra. No podía permitir que el alba volviera a arrebatarle a su Lucero. ¿Cuánto tiempo tardaría en aparecer de nuevo? ¿Y si no regresaba nunca más? La sola idea aterraba a la Sombra, pero ¿qué podía hacer ella si estaba anclada a los pies de aquel árbol? La Sombra cada vez se sentía más nerviosa e impotente mientras observaba como la luz del Lucero se iba debilitando, y repudió su naturaleza con toda sus fuerzas, y deseo más que nunca convertirse en luz para seguir al Lucero a dónde quiera que fuese… Y entonces hizo algo que una sombra jamás debería haber hecho. Se desató de su ente, de los pies del árbol, para correr por la superficie del agua, donde no había ningún elemento al que asirse. Se deslizó entre las ondas de la laguna para llegar hasta el Lucero y no separarse de él nunca más. Pero cuanto más se acercaba, la luz iba destruyendo lentamente su oscuridad. Sin embargo, la Sombra ni si quiera se dio cuenta de que su esencia se consumía y continúo su camino mientras la alegría la embargaba al sentir que cada vez estaba más cerca del Lucero…

Cuando la Sombra llegó al centro de la laguna, reducida ya a su mínima expresión, se dejó caer en el ardiente y reconfortante abrazo del Lucero. En ella ya no había angustia ni dolor ni miedo, no pensó en la vida ni en la muerte ni en ser sombra o luz. Lo único que ahora la llenaba era una rebosante y absoluta felicidad. Así, lentamente, la Sombra desapareció para siempre bajo la luz de su amado Lucero.

Noelia Toribio

domingo, 10 de noviembre de 2013

Estoy aquí, contigo




Estoy aquí, contigo, en esta noche fría de noviembre,
aunque no me veas, ni me oigas, ni me sientas.
Permanezco en el susurro del silencio que te arropa,
a la orilla de tu cama, donde el sueño te mece lentamente.

Mi mano , la poso en las tormentas de tu cálida frente,
para apaciguar las inquietudes que te desvelan.
Muy despacio, te deslizas por la tranquilidad del sueño,
mientras se calman las penas y tu tempestad desaparece...

Estoy aquí, contigo, en esta noche fría de noviembre,
aunque no me veas, ni me oigas, ni me sientas.
Soy un pensamiento oculto en el susurro del silencio
y solo deseo que esta noche duermas plácidamente.


Noelia Toribio

sábado, 31 de agosto de 2013

En un puente de Venecia




En un puente de Venecia me acordé de ti.
Bajo el puente tiritaba el agua, 
porque el sol, con su reflejo, la acariciaba.
Suavemente, muy suavemente la acariciaba.
Encandilada, entonó la marea un canto de porcelana,
arrulladores susurros con los que la luz de poniente bailaba.
Lentamente, muy lentamente bailaba.

En un puente de Venecia me acordé de ti.
Bajo el puente pasaba una góndola,
sin apenas despertar al agua, con su belleza, navegaba.
Levemente, muy levemente navegaba.
En ella, dos amantes hacia la luz del ocaso viajaban,
mientras sus ojos y sus labios, entre suspiros, se besaban.
Tiernamente, muy tiernamente se besaban.

Dos lágrimas pulcras regalaron mis ojos al agua,
porque al respirar el romance, nace también la añoranza.
En un puente de Venecia, en un puente de Venecia...
Yo a ti te recordaba.

Noelia Toribio

miércoles, 3 de abril de 2013

Urano y Gea


Perenne morada de rebosante vida

es mi cálida piel de bronceada tierra

donde, en las llanuras de mi ancho pecho,

se yerguen las cumbres de las montañas pétreas.

Desde allí te observo, ¡oh, Cielo mío!

en los cristales de las alturas etéreas,

donde aguardas a las almas que se elevan

cuando su carne se consume en mi tierra.

 

 

Eres la oscura y penetrante belleza,

tan extensa como la infinidad entera,

tan sublime como el verso de un poeta.

Eres la perfecta mezcla del Amor y las Tinieblas

y solo la intangibilidad de tu pura esencia

es capaz de envolverme y llenarme por entera.

 

 

¡Oh, Cielo mío! Pósate sobre mi piel de arena

y con el tibio cendal que encarna tu presencia

cubre la fertilidad de mi arboleda.

¡Oh, Cielo mío! Pósate sobre mi piel de tierra

y con el Amor, la Vida y la Belleza,

crearemos el Sol, la Luna y las Estrellas.

 

Noelia Toribio

viernes, 23 de septiembre de 2011

Amor y Psique


Poema escrito a la escultura
"Amor y Psique" de Canova



De mármol vivo son sus cuerpos,

tan puros y claros como los dioses del pasado,

que con ténue fulgor del sol robado,

bañados están en blanca luz,

su única vestimenta.



Ella, hermosa amante,

esculpida tal vez por la perfección de un dios.

Él, ángel radiante,

extiende sus alas como señor del amor.



¡Cuanta ternura en el abrazo...!

que despierta de un profundo sueño,

y son mutuas las caricias profesadas

por unas manos aparentemente quietas.

Tan cuidadosamente se toman el uno al otro...

como si sus cuerpos de frágil cristal se trataran,

que con sólo una mirada, se hiciese añicos.



Y sobre esos rostros de piel de luna,

son dulces las sonrisas de los inmaculados labios,

que ocultan impacientes besos,

allá, en los confines de sus comisuras.

¡Como arden en deseo las bocas enfrentadas...!

donde crepitan esos besos de pura plata.



Pero escondida en sus ojos pétreos,

crece la agonía con el devenir de los tiempos.

¡Pobre ángel radiante! ¡pobre amante bella!

sumergidos en un abrazo eterno,

y en un beso que nunca llega...



Aquí, yo pienso entre la fascinación:

¡Ay si esos cuerpos se libraran de su marmórea prisión...!

¡Ah, dioses del pasado! decidme cómo...

¡Cómo puede una piedra expresar tanto amor!



Noelia Toribio

lunes, 11 de julio de 2011

La noche en tus ojos

Cuando el Sol baña tus ojos

con un haz de luz,

bailan en esos espejos

hilos de brillante cobre.



¡Pero ah, cuando apartas tu mirada

de ese sol resplandeciente...!

en tus ojos se refugia la noche

cubriendo el cobre con su manto.



Es la noche en la que se pierden los poetas,

cantando románticos versos...

Es la noche en la que se pierden los amantes,

despertando de su sueño...

Es la noche en la que en numerosas ocasiones,

yo también me pierdo...



Y al fondo, muy al fondo,

de esos oscuros ojos,

palpita la luna llena

con un destello de emoción.



¡Ah! cuando esos ojos me miran...

se cierne sobre mí la noche,

y aunque resplandezca el día,

apagan poco a poco al sol...



Es la noche que me hechiza...

Son tus ojos que enloquecen...



...Eres tú...



Noelia


miércoles, 16 de marzo de 2011

Sé de un mágico lugar...


Sé de un mágico lugar,
donde el sol duerme bajo las aguas,
y la caricia de una brisa,
riza las olas de un mar de plata.

Acompáñame
hacia ese baño de luz de luna...

Luna que despierta en tus ojos,
impregnándolos de magia y emoción...
Ojos cuya luz prende una chispa,
en mi vulnerable corazón.

¡Oh, dulce noche!

Una sola caricia,
estremece deliciosamente nuestra piel.
Un solo susurro,
nos hace liberar suspiros que vuelan.

¿Y los labios?
¿Qué ocurrirá con esos labios?

Probamos una sola gota
de esos pétalos cubiertos de rocío...
Ni una caricia, ni un suspiro,
¡una gota! ha alterado mis sentidos...

¡Oh, dulce beso!

Bebo del rocío de tus labios
¡Y la chispa se convierte en llama!
¡Y la razón a su vez se apaga!
Es una deliciosa droga que no acaba.

¡Oh, dulce locura!

Es la magia del amor la que nos lleva
donde el sol duerme bajo las aguas,
y la caricia de una brisa,
riza las olas de un mar de plata...

Noelia Toribio García

jueves, 22 de julio de 2010

La Persecución

La tensión de mis músculos era demasiado insoportable como para desobedecer la orden que la voz del instinto gritaba desesperada en lo más recóndito de mi mente… Así que sin pensarlo ni un momento más, comencé a correr hacia el interior de la oscura noche con la vana esperanza de que tan solo se tratara una horrorosa pesadilla.

De repente sentí cómo los pasos de mi perseguidor aceleraban al ritmo de los míos, estaba claro que no tenía ninguna intención de dejarme escapar. De inmediato la adrenalina comenzó a recorrer todas las venas de mi cuerpo preparándolo para lo que probablemente iba a convertirse en una carrera por sobrevivir.

La velocidad con la que se movían mis piernas me hubiera sorprendido en cualquier otra situación, pero en aquel momento me resultó insuficiente, incluso les supliqué de manera inútil que corrieran más y más rápido cuando ya habían alcanzado su límite.

Ni siquiera me fijaba por que calles y rincones me adentraba para tratar de escapar de la desconocida amenaza que me acechaba, tan sólo podía prestar atención a los potentes y rápidos pasos de mi perseguidor, que con un sonido seco parecían marcar los segundos que me quedaban de vida…

Cuando quise darme cuenta ya estaba completamente perdida…

Entonces un tsunami de horrorosos sentimientos me golpeó de lleno apaciguando todos mis pensamientos: agonía, miedo, desesperación, incredulidad, terror, desesperanza… Y es que no sólo me perseguían sino que ahora no sabía donde me encontraba, además no había ni un alma merodeando por las calles, estábamos jugando en el escenario perfecto para mi perseguidor.

A pesar de todo, con todas las alarmas de mi instinto encendidas, yo seguía adentrándome por aquel laberinto de calles como si mi cuerpo tan sólo estuviera programado para correr, para correr lo más rápido posible, pero no, no era suficiente… El sonido de sus pasos, su respiración, el roce de sus ropas se oían cada vez más cerca, y entonces me descubrí suplicando por segunda vez a mis piernas sin volver a obtener respuesta alguna mientras mi desesperación aumentaba empañando mis ojos en forma de lágrimas. Segundos después ya sentía el aliento de mi perseguidor en el cogote.

Iba a alcanzarme…

El corazón me dio un vuelco cuando ese último pensamiento cruzó por mi mente como un rayo revelador, sí, iba a alcanzarme, y no era una probabilidad sino un hecho, un irremediable hecho… Por un momento pensé en detener mi carrera, ¿Qué iba ganar de todas formas? ¿Cuatro minutos? ¿Diez?, pero mi cuerpo seguía sin detenerse, corría casi involuntariamente.

Así pues, mientras alargaba unos minutos más la espera de la desgracia, no pude evitar pensar en el titular que ocuparía la portada del periódico a la mañana siguiente. Seguramente pondría algo como “Una joven ha sido violada y asesinada la noche anterior” o “Una adolescente recibió una paliza mortal tras sufrir un robo”.

Y luego pensé en la muerte…

De pronto me di cuenta de que había llegado a parar en un parque plagado de enormes árboles, y cual fue mi torpeza que tropecé con la raíz de uno de ellos cayendo de bruces contra el suelo arenoso.

Se acabó…

En ese momento supe que había llegado mi hora, la carrera por mi vida había terminado y yo era la perdedora, siempre lo había sido. Me quedé temblando violentamente sobre el suelo escuchando la cercana y acelerada respiración de mi perseguidor. El terror paralizó hasta la última fibra de mis músculos, quise girar el cuello para divisar su rostro, quise gritar ayuda con mi última esperanza, pero simplemente no fui capaz.

Entonces, esperé a que mi perseguidor me pusiera las manos encima mientras me despedía mentalmente de todos mis seres queridos que habitaban en este asqueroso mundo plagado de injusticias…

No sé cuanto tiempo pasé temblando sobre la arena antes de que mi perseguidor comenzara a dar paseos a mi alrededor como un buitre ansioso por disfrutar de su próximo festín, tal vez segundos, tal vez minutos, se me hizo eterno de todas maneras. De pronto se paró frente a mí, no lo vi pues seguía sin poder levantar la cabeza, pero pude sentirlo. Y se quedó allí, atravesándome con unos ojos que erizaban el cabello de mi nuca, mientras en mi mente ya sólo fluía un único pensamiento “Hazlo ya, hazlo ya…”. Entonces, se agachó ligeramente para coger mis brazos y tirar de ellos para obligarme a levantar, pero mis piernas temblaban demasiado como para hacer el esfuerzo de ponerme en pie. Finalmente él tuvo que rodear mi cintura con un brazo para que yo no me desmoronara, luego se sirvió de la ayuda del tronco de un árbol en el que apoyó mi espalda. Digo “él” porque pude deducir que era un hombre cuando me estrechó contra su plano pecho, y también por los graves gemidos que soltó al intentar levantar mi pesado cuerpo.

Él me observaba sin decir palabra mientras yo continuaba sin superar mi estúpida parálisis muscular. ¿A qué estaba esperando? Entonces me tomó la barbilla con su mano libre y la elevó suavemente para poder mirarme a los ojos, de esa forma yo también pude vislumbrar su rostro del que quedé completamente prendida… Era el muchacho más hermoso que había visto en toda mi vida. Sus juveniles facciones revelaban una edad por debajo de los veinte, su tez era pálida y lisa, aunque su rostro resultaba siniestro con el resplandor de la luna llena, sus ojos eran oscuros y penetrantes, a juego con los lisos mechones que cubrían parte de su precioso rostro.

Los dos permanecimos quietos, observándonos el uno al otro con fascinación, aunque no pude comprender que veía él en mí de llamativo, la verdad es que me considero una chica bastante corriente. Tras un chequeo general, ambos clavamos la vista en los ojos del otro como si lo hubiéramos acordado previamente… Jamás olvidaré aquellos ojos, más oscuros que la propia noche pero igual de bellos que la misma, por un momento olvidé la situación en la que me encontraba y me dejé hipnotizar por aquella cautivadora mirada que nublaba todos y cada uno de mis sentidos.

Y entonces ocurrió. Sin el más previo aviso, el muchacho presionó sus labios contra los míos y comenzó a acariciarlos de una forma tan suave y delicada que todo mi cuerpo se estremeció librándose al fin de sus parálisis. La tentación de responder a su beso era demasiado fuerte, no pude resistirme a saborear sus dulces labios…

Entonces el tiempo se detuvo. Me dejé llevar por el sabor de aquel delicioso beso sin importarme el pasado ni el futuro, en ese momento sólo existíamos él, yo y nuestro beso…

Cuando nos separamos, me pareció haber despertado de un largo y profundo sueño. Al volver a la realidad recordé que aquel muchacho era un completo desconocido que había estado persiguiéndome, pero yo ya no tenía miedo. Nos miramos a los ojos de nuevo y sentí como volvía a perderme en ese par de pozos sin fondo…

El incesante sonido del despertador hizo que me incorporara estrepitosamente en la cama. Me sentía conmocionada, era una de esas veces en las que te despiertas y ni siquiera recuerdas donde estás. Pasados unos segundos me di cuenta de que me encontraba en mi dormitorio y que era hora de levantarse para ir al instituto. Apagué el despertador y me froté los ojos. Que curioso, finalmente todo había resultado ser una pesadilla que luego se había convertido en un sueño, un extraño sueño. Todavía me costaba creerlo, había sido tan real… aún me parecía sentir el calor de los labios del muchacho sobre los míos.

En fin, me encogí de hombros y me levanté para comenzar otro rutinario y aburrido día de clase. Me preparé rápidamente y me dispuse a salir de casa.

Era un día de mediados de abril. Hacía el típico fresco de por la mañana, pero los primeros y relucientes rayos del sol prometían un día caluroso. Yo iba caminando cabizbaja con una simple cazadora vaquera como abrigo mientras aún recordaba el extraño sueño que había tenido aquella noche… Al final decidí dejar de dar vueltas al asunto. Sólo había sido un sueño, muy real pero un sueño después de todo. Era una tontería seguir pensando en que se trataba de algo más que eso.

Entonces levanté la cabeza y me reí de mi absurda idea…, pero pronto esa sonrisa se congeló en mis labios…, y el corazón me dio un violento vuelco.

Unos metros más allá, un hermoso muchacho recostado contra el tronco de un árbol me observaba con unos ojos tan oscuros y penetrantes como la noche…

Loca enamorada

Sentada a la orilla del mar,
Acaricia mis pies la espuma de la ola rota.
Silencio…
Cantar de las olas,
Zumbido del viento…

Se lleva la marea mis suspiros,
Envueltos en la brisa.
¡Oh dichosa enfermedad!
¡Oh dichosa luz en la oscuridad!

¡Pobre loca enamorada..!

Perdida en el beso del cielo y el mar,
Allá donde mi alma vuela
Y, melancólica, con el fuego baila
De las auroras despejadas.

Siento tus ojos cenicientos,
Allá, en el gris tormenta del cielo,
Mientras, un escalofrío me estremece,
Cuando tu voz de terciopelo el viento me regala.

¡Pobre loca enamorada!
Muerta por tus caricias,
Ciega por tu luz,
Sedienta de tus besos…

Loca, loca, loca…

Cruzando el puente del delirio,
Que lleva al país de los sueños…

Te veo…
Te siento…
Te anhelo…
Te deseo…

Te amo…

Comienzan a caer gotas de lluvia,
El viento brama,
Las olas rugen…

Y yo sigo soñando despierta contigo,
Ya que tú no me dejas soñar dormida…

Noelia Toribio 11-7-10