Un buen poema es ese en el que los primeros versos juguetean contigo entre sus consonantes y sus vocales atrapándote en un susurro envolvente que te aprieta y consigue que no apartes ya tus ojos de ese par de versos y quieras más.
Según se desliza el poema por ti se dilatan tus pupilas y tu respiración se acorta y se acelera en un vaivén de olas que vuelven los versos cada vez más intensos y tu boca se entreabre encandilada por palabras que te hablan y quieres más.
Entonces llega ese último verso que culmina el entramado perfecto de sensaciones que se diluyen en la maravilla de las palabras que ahora escriben dentro de ti y se transforman en una exclamación onomatopéyica que sale de tu boca, o en un suspiro...