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lunes, 9 de febrero de 2015

Ilusiones perdidas


A través de mi ventana observo cinco globos prendidos de las espinosas ramas de unos árboles. Sin duda se trata de una alianza de ilusiones perdidas liderada por un globo verde, al que siguen otros dos del mismo color, uno azul y otro rosa. A su lado, el viento agita un pellejo inerte de goma. Un compañero caído en la dura batalla frente al desengaño. Una ilusión desdichada que ya no tiene salvación.



Los globos se agitan y se enredan con la ventisca invernal, que grita enfurecida. Su desesperación por huir de este mundo humano de desencantos crece al ritmo con el que la luz pinta el cielo de sangre. Sin embargo, los largos dedos de los árboles frustran una y otra vez su anhelo de escapar en la libre cabalgadura del viento.


Al caer la noche vuelvo a asomarme por la ventana y descubro que el legendario combate continua. Los globos luchan por volar hacia el cielo mientras las crueles ramas insisten en mantenerlos en tierra y me pregunto por qué no les permiten marchar a un lugar mejor…


Entonces pienso que tal vez los árboles no sean tan despiadados después de todo. Quizá solo quieren que un niño vuelva a creer en los Reyes Magos o que alguien que ha sufrido no renuncie al amor. Quizá solo intentan mantener esas ilusiones antes de que se conviertan en pellejos y devolverlas al pobre desgraciado que haya cometido el estúpido error de perderlas.


Noelia Toribio

martes, 18 de noviembre de 2014

Era 24 de diciembre

Era 24 de diciembre, por la noche. Un desierto blanco cubría las calles y las carreteras de una nieve inmaculada que solo yo desvirgaba con el sello de mis huellas descalzas. Mis botas habían acabado de desintegrarse aquella misma mañana y por más que había rebuscado otras entre la basura no había conseguido encontrarlas. Pero andar con los pies congelados era un detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.


Aquella era la segunda Noche Buena que pasaba en la calle. La noche más terrorífica y bella de todo el año, en la que parecía que todos habían desaparecido de la faz de la tierra. Me gustaba pasear por la ciudad aquella noche, con la exquisita compañía de la nieve y las luces navideñas que la iluminaban de colores y recuerdos… Hasta que el maldito olor de un jugoso asado se burló de mi nariz y despertó al monstruo de mi estómago. Aquello me recordó irónicamente que mis compañeros me esperaban para nuestra cena de Noche Buena. Así que me encaminé hacia el puente, no sin echar antes un último vistazo a aquel paisaje desolado y hermoso de luces de colores, calles congeladas y voces inexistentes.


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Tras arrebañar bien la última lata de conserva la conversación y las carcajadas tomaron el protagonismo junto con los rugidos de algún que otro estómago que no había quedado saciado del todo. La verdad es que se estaba bien ante el calor de la lumbre improvisada que habíamos preparado bajo el techo de nuestro puente, aunque mis pies aún seguían helados. Pero aquello era un detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.


Yo todavía estaba sumergido en el recuerdo y en la belleza de la fría calle por la que había paseado cuando noté que mis compañeros tenían sus pequeños y enrojecidos ojos puestos en mí.

-Perdonadme, ¿decíais algo?- murmuré.

- Sí, compañero, te decíamos que nos contarás alguna historia… Una historia…, ya sabes, de esas que tú te inventas, de esas que escribías- respondió mi elocuente colega.

Mi reputación de escritor siempre  me precedía con mis amigos vagabundos. Eran el mejor público que había tenido nunca. Escuchaban siempre sin respirar y con atención los relatos y versos que mi mente de escritor fracasado aún tejía en los suburbios de aquella ciudad cruel y fría. Jamás podría haber negado a un público tan maravillo una petición como aquella.

-De acuerdo, está bien- sonreí a través de mi raída bufanda.


Mis compañeros se acercaron más a mí caminando con sus nalgas envueltas en mantas. Me recordaron a los siete enanitos de Blancanieves. A aquello habían quedado reducidos esos hombres entre los que había abogados, médicos o filólogos a los que el mundo había tratado mal, como a tantos otros.


Cuando todos se acomodaron (solo les faltaban las palomitas) comencé mi relato sin mayor demora que la que me llevó envolver mejor los pies en mi sucia manta. Aunque de poco me serviría eso para calentarlos, pero era un detalle sin importancia. Ya estaba acostumbrado…


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Miss Acacia, de Larbesta (DeviaArt)

Ella era una ciudad en invierno. Aunque creo que no siempre fue así, no… Y a pesar de todo ello, a pesar de ser fría como el hielo, era una gran artista, desconocida, pero una gran artista. Yo iba a verla cantar y bailar cada viernes a aquel garito de poetas donde solo se escuchaba  hablar de melancolía y existencialismo alcoholizado en un constante murmullo que atravesaba las paredes del local… Hasta que ella salía a escena. Entonces todas las voces se silenciaban y todos los pares de ojos dirigían la mirada hacia el pequeño tablado que se iluminaba de cálidas luces rojizas y anaranjadas. Su figura surgía a través de una misteriosa cortina y avanzaba hasta el micrófono envuelta en su vestido rojo. En ese momento, una música alegre rompía el apesadumbrado ambiente de aquel lugar y su boca pintada de carmesí se abría en una pícara sonrisa para empezar a entonar una divertida canción al ritmo al que se movían los pliegues de su vestido… Sobre el escenario era pura alegría e inocencia, una luz sobre el oscuro y homogéneo público entre el que yo me encontraba. Era la Coco Chanel que cantaba Qui qu'a vu Coco? en el cabaret para pagarse un plato de comida.



Cuando la función terminaba, aquella cortina se la llevaba igual que la había traído, como un truco de magia. Pero yo era el afortunado que sabía donde se escondía verdaderamente la paloma antes de salir de la chistera. Después de terminar la copa yo salía del garito y caminaba hacia la parte trasera del edifico donde una puerta oxidada me daba acceso a un cruel paraíso por el precio de cuatro golpes seguidos en la entrada. Ella la abría y subíamos por unas empinadas escaleras hasta el cuartucho donde se preparaba para el espectáculo. Allí las luces de su espejo era frías y teñían su piel y sus labios de azul, incluso su vestido parecía más morado que rojo. Su boca volvía a estar cerrada y seria, siempre cerrada y seria. Allí es donde me daba cuenta de que la felicidad y el calor del escenario eran una bella máscara.


Ella me cautivaba y yo la amaba nada más que por eso. Entre las ondas de su cabello negro se perdían los problemas y las deudas que me asfixiaban. Ella y aquel cuarto eran un limbo alejado de cualquier otro mundo, y ella me dejaba formar parte de él sin más. Ella dejaba que la hablara, que la contemplara y que la amara cada una de esas noches. Aún no sé muy bien por qué. Sin embargo, ella no permitía que una pizca de mi calor entrará en su pecho. Toda ella era una fortificación, una ciudad amurallada que no dependía de nadie más que de sí misma. Una mujer que se autoabastecía para sobrevivir y se protegía para no ser dañada. Una ciudad cruel, una ciudad de hielo en la que la nieve azotaba a todo aquel que se atreviera a recorrer sus calles. Una ciudad contaminada y desgraciada en la que el dolor había cerrado cada puerta y apagado cada llama.


Supongo que siempre me ha gustado caminar sobre la nieve.


Al amanecer regresaba a mi casa esperando que aún no me hubieran desahuciado, y aguardaba al próximo viernes para volver a verla. Y allí estaba, cada semana, con su vestido rojo y su preciosa máscara. Con su falsa y pícara sonrisa y su gracioso baile. Con sus cálidas luces rojizas y anaranjadas. Con su inocencia marchita y su felicidad quebrada…


Era una gran artista, era una gran actriz.


Al acabar la función yo regresaba a la frialdad de su cobijo y acariciaba su piel azul y la boca que en escena había sido roja. Abrazarla era como abrazar el viento helado que corría las por calles de un día de invierno. Mientras, ella se mantenía fría, dolida y cruel como la mejor de las ciudades. No importaba lo que yo, un pobre vagabundo, hiciera para resucitar su verano. Estaba claro que antes de que yo llegara al interior de su ciudad una ventisca mucho más poderosa lo había arrasado y congelado todo. En ella yo solo era la triste llama de un mechero que apaga el invierno. Supongo que con eso me bastaba.


Aquel viernes 24 de diciembre por fin me echaron de casa. Era algo que sabía que sucedería, pero aún así el pánico me envolvió al verme vagar por las calles de aquella ciudad fría y despiadada. Corrí hasta la puerta oxidada en busca de aquel limbo donde los problemas esperaban a la puerta, pero nadie contestó a mis cuatro golpes. Insistí, insistí varias veces y la llamé desesperado, pero no hubo respuesta. También me habían desahuciado de mi cruel paraíso. Fui hasta la puerta principal del garito y pregunté por ella, pero nadie sabía dónde estaba…


Se había marchado. Había desaparecido con sus maletas llenas de independencia y su pecho helado.


Ese día, caminé solo y desesperado por el desierto blanco que cubría de nieve las calles y las carreteras. Era un noche terrorífica. Pero entonces alcé la vista hacia las luces navideñas y también me pareció una noche bella… Y la calma me invadió, y de repente me sentí cautivado al igual que cuando visitaba el limbo. La veía cantar y bailar en esas luces navideñas, en ese artificio dulce y falso de colores mientras su fría y verdadera esencia me congelaba en la acera de aquella ciudad helada.


Ya por entonces sentía los pies fríos, pero aquello era un detalle sin importancia, creo que ya estaba acostumbrado. Después de todo, aquella noche estaba con ella, en aquel engaño de luces navideñas y  calles congeladas. Aquella noche estaba dentro de su ciudad helada. 


Noelia Toribio 

viernes, 10 de octubre de 2014

Desvaríos absurdos sobre una manzana






Octubre de 2014, en el mundo, mientras comía una manzana.


Una manzana. Comiendo una manzana comencé a pensar. Con cada dentellada (con cada observación de esa dentellada) iban y venían ideas cada vez más extrañas que, sin motivo de apariencia, paseaban por las calles de mi enmarañado cerebro como quien pasea en una soleada (o lluviosa) tarde de domingo. Todo empezó al estudiar las redondeadas formas de la manzana, interrumpidas por mis voraces mordiscos que giraban en torno a  su eje. Entonces pensé qué ocurriría si la manzana fuera cuadrada. Es ese caso el mundo también sería cuadrado y habría cuatro horizontes… Después di la vuelta a la manzana (que yo ya veía, como digo, cuadrada) de tal forma que el tallo mirara hacia el suelo. Entonces pensé qué sucedería si las manzanas, además de ser cuadradas, crecieran del revés. Probablemente el mundo, además de ser cuadrado, también estaría boca abajo, así que el hemisferio sur sería el hemisferio norte y al contrario. De esta manera, si el hemisferio norte fuera el hemisferio sur lo países ricos serían los países tercermundistas, y los países tercermundistas serían los países ricos. Todo estaría del revés, como la manzana.


Pero entonces, si todo fuera al contrario, naceríamos viejos y moriríamos niños, o puede que muriésemos antes de nacer. Los adultos serían críos y los críos serían adultos, pero ninguno sería racional, porque el ser humano sería la especie más estúpida del planeta y caminaríamos a cuatro patas. El hombre sería el mejor amigo del perro, y no el perro el mejor amigo del hombre (como tal, los perros nos pasearían por parques con cuatro horizontes).


Los gusanos serían las criaturas más inteligentes y seguramente crearían una sociedad justa y democrática. La libertad de verdad sería libertad y la verdad sería libre. La política sería participación y la participación sería conjunta, de todos los gusanos que habitaran sobre las cuatro faces de la Tierra. El delito, sería delito y la honradez sería verdaderamente honrada. Eso supondría que la Justicia sería justa, y por ende, independiente. En este mundo cuadrado y del revés los gusanos ambiciosos y podridos no estarían en las altas esferas del poder, y sí los gusanos con intención de mejorar este planeta cuadrado, que no estarían silenciados o entre rejas, como sería lo lógico. El cambio sería un cambio a mejor y las promesas serían cumplidas, y por supuesto, no se haría lo contrario a lo previamente prometido. En esta sociedad sin sentido ningún gusano sería discriminado y los gusanos hembra serían iguales que los gusanos macho. El hambre no saldría por televisión porque no existiría, y la televisión no sería una caja tonta porque la información periodística sería información y no sensacionalismo o morbo...


Tras haber llegado a este punto, en  el que el desvarío de mis pensamientos  había llegado ya a las lindes de la locura más suprema, terminé de comer mi manzana (que ya no era redonda ni cuadrada). Me dio la risa al reflexionar sobre el mundo tan absurdo que mi cabeza había creado en un momento y lo comparé durante largo rato con el mundo real en el que vivía… Finalmente, tras pensarlo muy bien y con mucho detenimiento, llegué a la conclusión de que después de todo, el mundo cuadrado que había imaginado no era tan absurdo como el que mis pies pisaban en ese mismo instante…


Todo esto a raíz de una manzana.



Noelia Toribio García


sábado, 9 de febrero de 2013

El delirio del escritor. Parte 2

  Viene de El delirio del escritor. Parte 1

 

 

 <<...La casa se encuentra completamente a oscuras, tanto que a la Sra. Black le cuesta descifrar la hora que indican las manecillas del reloj de pared. Finalmente, acercándose más y entrecerrando los ojos para focalizar mejor descubre con sorpresa que son las doce y media de la madrugada. Después, en sus labios dibuja una momentánea sonrisa y se encoge de hombros sin dar la menor importancia al hecho. Después de todo, lo más seguro sea que el Sr. Black se hubiera dormido hace tiempo, por lo que nunca sabría de verdad a qué hora había regresado a la casa, y, de todas formas, seguramente poco le importaba. Ahora que lo pensaba, la Sra. Black no había visto a su marido desde la noche anterior, a la hora de la cena. No había desayunado con ella aquella mañana, ni tampoco habían almorzado juntos. La Sra. Black no lo había pensado hasta entonces porque durante todo el día solo había estado pensando impacientemente en que llegara la hora de acudir a la fiesta de los Walters. La Sra. Black se extrañó ligeramente de ello, puesto que aunque la relación con su marido careciera de todo sentido y apenas se dirigieran dos palabras en todo el día siempre se reunían en las horas puntuales que marcaban el desayuno, el almuerzo y la cena. Lo más probable, pensó la Sra. Black, fuera que su marido hubiera pasado el día encerrado en el estudio haciendo o maquinando Dios sabe qué, tan concentrado que ni siquiera hubiera sentido la urgencia de alimentarse. Aquello no le extrañaría nada del Sr. Black, sin embargo, no podía evitar sentirse algo inquieta por alguna razón desconocida.

 

 La Sra. Black sacudió la cabeza para deshacerse de aquel irracional presentimiento.  Todo estaba a merced de la oscuridad y el silencio de la noche, por eso su imaginación daba rienda suelta a pensamientos siniestros. Cuando el sol despuntara al alba todas sus cavilaciones le parecerían tonterías. Olvidándose del asunto, dejó su abrigo en la percha de la entrada y encendió una tímida vela que reforzaba lo tenebroso de la casa a aquellas horas. La Sra. Black comenzó a subir las escaleras con el mayor sigilo posible, aunque la madera crujía bajo sus pies más fuerte de lo que ella recordaba…>>

 

 De repente me doy cuenta de que en mis oídos estoy escuchando lejanas notas de un piano, pero no sé con exactitud si esa música proviene de la realidad o es fruto de mi mente, tal vez sean ambas cosas…

 

 Pobre Sra. Black, ingenua Sra. Black… confía en que volverá a ver la luz de un nuevo día. La Sra. Black, la Sra. Black, la Sra. Black corre un grave peligro…

 

 

 


<<… El entusiasmo de la fiesta y sus extraños y repentinos pensamientos habían desvelado a la Sra. Black, que en aquellos momentos, mientras llegaba al piso superior, se sentía capaz de todo excepto de conciliar el sueño. Entonces se le ocurrió que podría tocar el piano, una de sus prácticas favoritas, hasta que las ganas de dormir la invadieran. La sala del piano quedaba alejada del dormitorio y más bien cerca de la sala de estar y del estudio del Sr. Black, por lo que no corría ningún riesgo de despertar a su marido. Caminó sigilosamente por el pasillo mientras los cuadros de las paredes se iluminaban siniestramente a su paso. Entonces el corazón le dio un violento vuelco. Al girar la esquina del pasillo, justo donde se encontraba la sala del piano, la Sra. Black se encontró de lleno con la figura de su marido tétricamente iluminada. Ella dio un salto hacia atrás y contuvo un grito ahogado llevándose la mano a la boca, a punto estuvo de caer la vela sobre la moqueta. Pero segundos después, se dio cuenta que lo único que había visto había sido un retrato del Sr. Black que estaba colgado de la pared como los otros cuadros. La Sra. Black respiró hondamente varias veces con la mano en el pecho para recuperarse del susto. Cuando se tranquilizó se preguntó el motivo por el cual se habría asustado tanto al ver de repente a su esposo cuando no lo había hecho ante los otros cuadros. Finalmente pensó que simplemente se trataría de que no esperaba verlo, pero aquel extraño y escalofriante presentimiento que había sentido en el hall volvió a ella. Intentado aferrarse ciegamente a su razón, la Sra. Black se rió de sí misma y volvió a reafirmarse que aquello era ridículo.

 

 Intentando no dar más vueltas al asunto, entró en la sala del piano dejando la puerta entre abierta y se acercó al espléndido piano de cola que decoraba el centro de la habitación. Depositó la vela sobre la brillante y negra superficie del piano para iluminar el teclado y se sentó en la acolchada banqueta dispuesta a tocar una pieza deslizando sus delicados dedos por las blancas teclas del instrumento…>>

 

 La música comienza a resonar más fuerte en mis oídos aunque aún algo lejana… No me cabe la menor duda de que proviene de la sala del piano, fuera de mi estudio. Observo el reloj dándome cuenta de que ya marca las doce y media de la madrugada, la noche sigue siendo gélida a través de la ventana. Oh… las notas de música embelesan mis oídos, es la Sra. Black que toca el piano en los confines de la noche esperando a que llegue un nuevo alba. Pobre Sra. Black, ingenua Sra. Black…

 

 Entonces mis ojos se detienen ante un abrecartas que refleja la llama centelleante de la vela que alumbra mi escritorio. Siento como mis ojos se iluminan también al tiempo que reparo en el tentador objeto. ¡Ahí está! Ahí está la clave para concluir mi historia. Dejo la pluma y tomo el abrecartas con la misma mano. ¡Oh!, Sra. Black… aquí llega el espléndido final… Debo continuar escribiendo, debo continuar escribiendo, debo meterme en la piel del Sr. Black, debo meterme en la piel del Sr. Black…

 

 El Sr. Black levanta la cabeza de su escritorio de madera barnizada y mira hacia la puerta de su estudio como buscando el origen de la música que ha comenzado a escuchar. Sin lugar a dudas, debe ser su esposa la que toca el piano. El Sr. Black ha pasado horas y horas en su estudio con la noción del tiempo completamente perdida y maquinando su excitante plan, pero su esposa ya ha regresado a casa… Es hora de ponerlo en práctica. Ríe para sí como un loco ansioso que está a punto de cometer la mayor de sus locuras.

 

 

 


El Sr. Black se levanta de su sillón con el abrecartas en la mano y camina hasta la puerta de la habitación con sigilo. Abre la puerta sin hacer el menor de los ruidos y pone el pie en la moqueta del pasillo, que amortigua el ruido de sus pasos. Ahora la música se escucha más fuerte. Las notas se suceden armoniosa y lentamente como si estuvieran entonando una nana. La excitación del Sr. Black también aumenta en dosis más fuertes de adrenalina. Comienza a recorrer el pasillo pensando ansioso en que la sala del piano se encuentra al doblar la esquina del pasillo, sin embargo sus pasos son lentos, extremadamente lentos, apenas se escucha respirara a sí mismo. Casi no ve, pues el pasillo se encuentra completamente a oscuras, pero no le hacen falta los ojos para saber por donde va. Según va avanzando en su camino la música se escucha más fuerte y también más y más acelerada como si la Sra. Black se sintiera cada vez más inquieta según se va acercando, igualmente la excitación del Sr. Black crece por momentos y aprieta el puño del abrecartas fuertemente en la misma mano con la que escribe para contener sus ansias… Ya no falta casi nada.

 

El Sr. Black se dispone a doblar la esquina del pasillo como si se tratará de una compleja actuación. Sus ojos se abren como los de una bestia apunto de lanzarse sobre su presa cuando ve el resplandor que sale por la puerta entreabierta de la sala del piano. La música suena más fuerte y aceleradamente que nunca y la adrenalina galopa en las venas del Sr. Black, que a pesar de todo sigue sin emitir el más minúsculo ruido. Ya se encuentra justo en frente de la puerta entreabierta, a través de la cual observa a la Sra. Black, que toca el piano enérgicamente de espaldas a la puerta. El Sr. Black aprieta aún más fuerte el abrecartas hasta clavarse las uñas en la palma de la mano.

 

 Con una sorprendente habilidad y una enorme paciencia, el Sr. Black mueve lenta y silenciosamente su cuerpo para hacerlo pasar por el escaso hueco que deja la puerta entreabierta, como un gato que estira su cuerpo para hacerlo pasar entre unos barrotes. Al Sr. Black le toma varios minutos conseguir pasar por la puerta sin rozarla tan siquiera, mientras, la Sra. Black sigue tocando las teclas del piano cada vez más deprisa. Finalmente lo consigue y se sitúa a escasos metros de la negra espalda de su esposa. A continuación camina aún más despacio todavía de lo que lo había hecho en el pasillo mientras recorta cada vez más la distancia que lo separa de la Sra. Black. El reloj de la estancia canta puntualmente la una en punto cuando el Sr. Black se sitúa por fin a menos de un metro de ella.

 

 

 


De repente la Sra. Black deja de tocar y se queda completamente quieta. Su esposo sabe que presiente que está detrás de ella, sin embargo, incluso en el más remoto silencio no se le escucha ni pestañear. Al contrario, la Sra. Black respira violentamente delatando su inquietud. El silencio se prolonga durante unos segundos que parecen interminables. Entonces la Sra. Black comienza a girar su torso lentamente hacia la puerta de la sala invadida por un espantoso terror. Cuando finalmente percibe una silueta justo detrás de ella por el rabillo del ojo se gira bruscamente encontrándose de lleno con su marido, que mantiene el brazo en alto empuñando un reluciente abrecartas. A la Sra. Black apenas le da tiempo a emitir un grito. Su marido le clava fuertemente el abrecartas en el hueco de la clavícula y la empuja contra las teclas del piano, que suenan todas juntas al mismo tiempo acompañando a los desagarradotes gritos de la Sra. Black. La adrenalina al fin estalla en las venas del Sr. Black incitado aún más por esa estremecedora música de gritos y notas desgarradoras. Sujeta a su esposa por las muñecas con una mano y con la otra le clava el abrecartas una y otra vez, perforando todos los órganos de su cuerpo mientras ríe como un auténtico loco. La sangre tiñe de rojo las blancas teclas del piano, que también parecen gritar, y también las propias ropas del Sr. Black mientras escucha en los chillidos de su mujer el triunfo de su locura cada vez que vuelve a clavarle profundamente el abrecartas.

 

Poco a poco, los gritos van convirtiéndose en exclamaciones ahogadas hasta que el Sr. Black vislumbra la sombra de la muerte en el rostro de su esposa. El cuerpo ensangrentado de la Sra. Black resbala por el piano de teclas rojas hasta caer inerte sobre el suelo. De nuevo se hace el silencio, pero esta vez interrumpido por la ya acelerada respiración del Sr. Black, que se pasa la mano por la frente sintiendo como esta se cubre de sangre. Se sienta en la banqueta del piano mientras sus flujos de adrenalina vuelven a la normalidad.

 

 Ah, Sra. Black, Sra. Black, Sra. Black… le advertí que corría un grave peligro… He terminado con su historia, Sra. Black.

 

 Cuando mi cuerpo recupera su habitual estado me doy cuenta de que no estoy en mi estudio, sino en la sala del piano. Algo húmedo y caliente resbala por mi cara y por mis brazos. Miro la mano con la que escribo pero descubro horrorizado que en lugar de una pluma estoy aferrando un abrecartas ensangrentado. Posteriormente observo el piano con las teclas teñidas de carmesí. Con el corazón a punto de escapar por mi garganta me levanto súbitamente y me acerco a la reluciente y negra superficie del piano donde reconozco el reflejo de mi rostro cubierto de sangre a la tibia luz de la vela. Todo mi ser comienza a temblar violentamente mientras el terror me hace su presa. Instintivamente arrojo el abrecartas y hago un tremendo esfuerzo por mirar hacia el suelo. Me llevo las temblorosas manos a la boca saboreando sin querer la sangre en mis labios. Contengo un grito de verdadero espanto. Allí, sobre el frío suelo observo invadido por el horror el cuerpo de mi esposa que yace sin vida… Aunque sus ojos aún parecen mirarme fijamente con una horrible expresión de terror.

 

 

 Noelia Toribio García

El delirio del escritor. Parte 1

"El terror de mis relatos proviene de la densa oscuridad de mi corazón" Edgar Allan Poe

 

<< La oscura y tenebrosa noche ya hacía tiempo que había aniquilado al último rayo de sol cuando la Sra. Black regresaba de la fascinante fiesta de sociedad que habían organizado los Walters, una de las familias más influyentes de Londres. La Sra. Black se dirigió orgullosa a su carruaje después de despedirse cordial y encantadoramente de la Sra. Walter, pensando, sin lugar a dudas, que su recién entablada amistad sería de gran utilidad para ascender en la escala social londinense. Durante todo el trayecto que hizo desde las empedradas calles del barrio más rico de la ciudad hasta su casa solo fue capaz de pensar en esa idea sin ni tan siquiera percatarse de que el reloj ya había marcado más de las doce.

 

 

 


Lo único que lamentaba la Sra. Black era que su marido no la hubiera acompañado al importante festejo, pues su buena imagen se hubiera visto reforzada con su presencia. El Sr. Black, al contrario que su esposa, era un hombre que rara vez salía de casa, permanecía horas en su estudio ocupándose de sus asuntos sin que le importara nada más ajeno a aquel espacio. Mientras, la Sra. Black siempre iba y venía de un lado para otro, procurando ser invitada a todo acontecimiento de sociedad, ya fuera tomar el té en casa de alguna de sus amigas o acudir a una gran fiesta como a la que había asistido aquella noche, siempre obsesionada con alcanzar la máxima posición social que le fuera posible. Su matrimonio acababa de cumplir una década, y si bien al principio se había tratado de una unión encantadora ahora su matrimonio estaba desgastado y muerto. Sin embargo, esto a la Sra. Black poco o nada le preocupaba…>>

 

 -¡Charles!- mi pluma deja de bailar sobre el papel y levanto la cabeza molestamente sobresaltado. Delante de mí, mi esposa me mira con el ceño fruncido mientras pone sus brazos en jarra. No la he oído entrar por la puerta. -Ya es la quinta vez que te llamo ¡por el amor de Dios!, parece que estás absorbido por tu propia historia cuando escribes- resignado, suelto la pluma dejándola caer sobre el escritorio de madera barnizada. Aún con un pie en la realidad y otro en mi escrito pregunto:

 

 -¿Qué es lo que quieres, querida?

-Que bajes a cenar, la sirvienta ha venido a avisarte pero imagino que a lo mejor ni te has enterado de que tenemos una.

-Enseguida bajo…

-Está bien.

 

 

 


Mi esposa sale del estudio arrastrando su larga falda por la alfombra y cierra la puerta. En el silencio sepulcral que envuelve la estancia me doy cuenta de que la noche ya penetra por la ventana. Es una noche gélida y solitaria, la neblina oculta a la luna y los árboles parecen lamentarse y retorcerse con la sacudida del viento. El reloj de pared marca gravemente las nueve en punto. Casi sin darme cuenta la maquinaria subconsciente de mi cerebro sigue absorta en la historia de la desdichada Sra. Black… Me levanto de mi sillón como una marioneta. La Sra. Black… La Sra. Black… ¿Qué le ocurre después a la Sra. Black? Por fin baja de su carruaje aún con la mente ocupada, tan ocupada que ni siquiera percibe nada más a su alrededor excepto el gélido frío de la noche, sí, siente que esa noche es más escalofriante que cualquier otra pero no se pregunta el motivo, no es consciente de nada, de nada en absoluto.

 

 -¿Sabes qué, Charles?

 

De repente me doy cuenta de que estoy cenando junto a mi esposa. Ya me he tomado la mitad del pavo sin haberlo saboreado. Levanto la vista hacia mi mujer que se sitúa enfrente de mí, justo al otro lado de la mesa.

 

 -Hoy he tomado el té con la Sra. Brown en su casa y no te imaginas lo descuidada que tenía su sala de estar, ¡por no decir que su servicio ha disminuido enormemente! ¿Y sus prendas? ¡Oh, Dios mío! Parecía una pobre con el bajo de su falda remendado. También estaba la Sra. Brooks, que me contó que los Brown habían malgastado toda su fortuna porque esperaban recibir toda la herencia del anciano padre del Sr. Brown, pero el viejo ha debido dejárselo todo a su hermano, por lo que ahora no pueden pagar sus deudas ¡y están sin un penique!...

 

 La Sra. Black entrará en su casa y mirará la hora del reloj del hall percatándose por primera vez de lo tarde que es. Sí, toda la casa está a oscuras y en silencio, ella piensa que su marido estará dormido. Apenas hay una pizca de temor en sus venas, ni una sola sospecha, solo un leve y extraño presentimiento. Su instinto está atrofiado por el ego de sus pensamientos…

 

 -Charles, ¿me estás escuchando? Digo que no debería volver a dirigirle la palabra a la Sra. Brown, sin duda su mala imagen podría perjudicar la nuestra propia si siguiéramos manteniendo una relación.

 

 Sin apenas oír lo que mi esposa está diciendo me doy cuenta de ya he terminado de cenar. Debo continuar con la historia de la Sra. Black.

 

 -Sí, sí… perdona, querida, pero tengo que subir a mi estudio.

 

-Pero Charles…

 

 La Sra. Black, la Sra. Black, la Sra. Black corre un grave peligro…

 

 <<… y bajó del carruaje sintiendo el crujir de la nieve bajo sus botas de piel. La Sra. Black cuidó bien de abrigarse el cuello al sentir de inmediato el frío aliento de aquella noche mientras se dirigía hacia la puerta de su casa. Ni una solitaria alma vagaba por las calles, pero ella no encontró nada de extraño en ello, así que abrazándose a sí misma en un intento inútil por sentir más calor caminó aún pensando en la maravillosa fiesta a través de aquella noche tan gélida como la muerte…>>

- …en la sala del piano.

-¿Qué?- mi pluma vuelve a detenerse, lo que me traslada de nuevo a mi corriente estudio. Otra vez encuentro a mi esposa delante de mí sin que la haya percibido entrar en la estancia.

-Digo que si quieres algo estaré en la sala del piano, ya que tú no me escuchas tocaré algo de música.

-Oh, sí, sí, claro, Sra. Black…

-¿Sra. Black…?

 

 

 

 

Noelia Toribio García

Continúa en El Delirio del escritor. Parte 2

 

viernes, 16 de noviembre de 2012

Esclavos de ciudad


Vídeo: Rhapsody in blue

 

 

 

La noche expira disolviéndose en el viejo humo que viste el cielo de la ciudad. Sin embargo, aún no ha desaparecido la última pincelada de la noche cuando mi despertador resuena en mis oídos insistentemente igual que una máquina del infierno: ¡riiiiiing! ¡riiiiiing! ¡riiiiiing…! Un pequeño pájaro que aún tiene el valor de vivir entre estos humos huye despavorido desde el alfeizar de mi ventana. El revoleteo de sus alas suena a libertad lejana.

 

Todavía medio dormida apago la máquina del infierno y me acurruco entre las sábanas para percibir su calor y su deliciosa suavidad, me siento como un polluelo en su nido, con la calma reposando en cada una de sus plumas… Y así me quedo un minuto, dos, tres, cuatro, cinco… Hasta que al inocente polluelo se le ocurre abrir los ojos para ver el controlado medidor de su tiempo. ¡Mierda! Llego tarde.

 

La tranquilidad se escurre como el agua entre las manos, las prisas me aprisionan y me convierten en una marioneta de movimientos rápidos y mecanizados. Hago que mis sábanas echen a volar y me incorporo tan veloz como un águila. Qué lástima que este polluelo abandone su nido para volar hacia una jaula.

 

Rápidamente me dirijo al cuarto de baño para asearme y hacer mis necesidades, después corro hacia mi habitación y me visto en menos de veinte segundos sin mirar apenas lo que me pongo, luego cojo mi carpeta, mi bolso y las llaves y salgo rápidamente por la puerta de casa con un bollo de leche entre los dientes que engullo sin saborear antes de que llegue el ascensor. Monto, doy al cero, espero impacientemente, bajo y salgo por el portal. Todo es mecánico.


 

El frescor de la mañana me pule la piel del rostro mientras corro hacia la parada del autobús pero apenas soy consciente de ello, no me da tiempo a ser consciente de ello. No sé si el día es frío o cálido, no sé si llueve o arde el sol, todo es imperceptible bajo estos humos de estrés y contaminación que organizan mi tiempo y nublan mi vista.

 

Al final consigo coger el autobús, incluso el tiempo me concede el lujo de situarme en la cola. Tomo aire mientras escucho el continuado pitido de las tarjetas de autobús que se abrasan en la máquina como si estuvieran en un microondas. No me entusiasma demasiado coger el autobús, pero reconozco que el tiempo que paso en él es el que más dedico a mi misma en todo el día. Llega mi turno, introduzco mi tarjeta en el microondas y saludo al conductor sin ni tan siquiera mirarle, su contestación es apenas un gruñido pero no le presto atención. De hecho, si al volante hubiera estado un perro ni siquiera me habría dado cuenta. Seguro que cualquier día un autobús sufrirá un fatídico accidente porque sus pasajeros no se fijaron en que el conductor había sido sustituido por un animal.

 

Mi cabeza da vueltas mientras me sumerjo en la grisácea marea de humanos robotizados, esto parece la cámara de gas de un campo de concentración nazi, tranquilamente podrían asesinarnos a todos sin que no nos diéramos ni cuenta. Un hombre trajeado y con el pelo engominado me obsequia con un tremendo pisotón, retengo una exclamación ahogada mientras me fijo en él, pero lejos de pedir una disculpa ni si quiera me dirige una mirada… Después de todo, las máquinas no tienen sentimientos… Las máquinas no tienen sentimientos… Entonces me doy cuenta de que de entre las decenas de personas que estamos atrapadas en las entrañas de este gusano de metal no hay ninguna que esté sonriendo y aquellas que intentan estirar sus comisuras lo hacen meramente por compromiso. En todos se aprecian las arrugas que la falta de tiempo dibuja en sus rostros y consumen la luz de sus ojos; hombres con maletines, mujeres con tacones, estudiantes con sus móviles, niños con sus pesadas mochilas…Todos tienen el rostro color ceniza, todos están contaminados por los humos de la ciudad, todos son iguales entre sí. De repente, me siento incómoda y atrapada en una cárcel en forma de espiral que está hecha con esclavos de la sociedad.

 

A duras penas consigo hacerme un hueco frente a la ventana para observar algo que no sean esas aterradoras máquinas robotizadas con pinta de humanos.  Desde el sucio ventanal observo el escaparate de la sociedad, una película de terror donde todos corren como ovejas. Entonces pienso que podría preguntarme qué es lo que quiero hacer hoy, pero de qué me sirviría... El mundo ha programado nuestras vidas segundo a segundo, me siento como Charles Chaplin en "Tiempos Modernos". Ahora comprendo muy bien a lo que se refería Dámaso Alonso con aquello de “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”… Estamos en la misma categoría que los zombis, ellos son muertos vivientes y nosotros somos vividores muertos…

 

¡Pi-pi-pi-pi! ¡Pi-pi-pi-pi! ¡Pi-pi-pi-pi! Me sobresalto. La alarma de mi reloj interrumpe mis profundos pensamientos avisándome de ya debería estar entrando en la facultad y eso que aún tengo que pasar por la biblioteca… Los músculos de mi cuerpo se tensan, el estrés colapsa toda comunicación con mi ser racional, me preparo para convertirme de nuevo en máquina, las puertas de acceso de mi mente se cierran a todo pensamiento, a mis electrónicas neuronas ya solo les importa el programa de mis actividades de hoy.

 

El autobús llega a mi parada, navego entre los caras grises, bajo y echo a correr hacia la biblioteca deslizándome por la interminable espiral de una sociedad llena de ovejas. Todos mis movimientos vuelven a ser mecánicos. Ya he olvidado el pájaro de mi ventana y mis pensamientos, me ahogo en la contaminación urbana sin saber todavía si llueve o hace sol, pero no me importa. Corro veloz por las calles como un ratón de laboratorio por un laberinto. Soy una esclava de la ciudad.

 

  

 

Noelia


jueves, 7 de junio de 2012

En el cuarto de baño



Comienzo a desnudarme con la esperanza de sentirme más ligera porque mi ropa, más que ropa, parece una armadura de una tonelada. Sin embargo, pronto me doy cuenta de que no es mi ropa lo que pesa, sino el cansancio, que se ha permitido el capricho de construir su casa sobre mis hombros descubiertos. Dicen que el estrés es un asesino, pero yo digo que el asesino son tus propios pensamientos.

 

Arrebujo toda la ropa y la tiro sobre los azulejos del cuarto de baño, por un momento me pregunto si la maraña de mis pensamientos será igual que ese tumulto. Mi cabeza es una pelota de camisetas y pantalones enrollados entre sí, la camiseta piensa que su manga es una pata del pantalón, y el pantalón piensa que su pata es la manga de la camiseta.


 

Sacudo la cabeza intentando que las prendas se aclaren y suspiro apesadumbrada. Después, miro mi cuerpo desnudo en el espejo, parece que alguien me ha recortado como a las curvas de una carreta. Y de repente me doy cuenta de que ya no soy una niña, no por mi cuerpo, sino por mis ojos. Mis ojos que me devuelven una mirada cargada de pena, de confusión, de desolación, de pesar, de miedo… De verdad que esta mirada no puede ser la de una niña, los ojos de un niño, aunque lloren, parece que van a comerse el mundo… Mi alma también está desnuda en el espejo.

 

Por fin me meto en la bañera, doy al grifo y hago que el agua salga por la alcachofa a toda potencia. Me lleva unos segundos regular la temperatura, pero cuando siento que el agua supera los 36 grados no dudo en esconderme en el interior de la pequeña cascada. El agua caliente me pone la carne de gallina, después todos mis músculos se relajan al instante mientras el agua barre la suciedad del agotamiento. Procuro mojarme bien la cabeza con la absurda esperanza de que también mis pensamientos se cuelen por el desagüe, pero al final lo único que consigo es que mi cabello se vuelva tremendamente pesado. Parece la cota de malla de la armadura del cansancio, ahora mismo hasta siento que podría romperme el cuello. Si abro los ojos, solo veo la oscuridad de mi pelo, intento apartarlo de mi vista pero mis brazos no tienen fuerza para levantarse, cuando absolutamente todo se ve negro poco se puede hacer…

 

Me siento débil, muy débil, mi cuerpo es una marioneta desnuda a la que le han cortado los hilos. Tengo la impresión de que me desplomaré de un momento a otro y, en efecto, tras taponar bañera me caigo tropezando con mis propios pensamientos. Veo el trascurso del tiempo observando cómo el agua aumenta de nivel, es tan invisible, tan imperceptible… Si me quedara dormida en la bañera quizás al despertarme descubriría que mi cuerpo ya se ha marchitado, así, sin avisar. Mis pensamientos por el contrario ya han envejecido, soy la joven más vieja de la historia.

 

Cuando la bañera se llena del todo apago el grifo con la punta del pie, entonces, todo se queda en el más absoluto silencio. Es el silencio de la soledad, únicamente perturbado por mi mente muda y la caricia de un par de rayos de luna que se filtran por la ventana. Así, en el silencio, contemplo mi cuerpo a medio estirar. Las gotas de agua resbalan por mi piel como si fuera una muñeca de plástico, me pregunto qué aspecto tendrían mis pensamientos si se encarnaran en un cuerpo.

 

Y allí me quedo, desnuda, en silencio, conmigo misma, mientras mis pensamientos me asesinan lentamente ahogándome en el baño de mis divagaciones.


 

Noelia Toribio

domingo, 26 de febrero de 2012

Frente a la ventana





Frente a la ventana mis ojos suspiran al reflejo del atardecer. Un pequeño respiro tras toda una jornada de trabajo fabricando lágrimas que ahora se ocultan secas en mis mejillas. Calma, un poco de calma y soledad infinita.


Observo a través de la reja de mi ventana como se mueven en los árboles esas hojas que han aguantado todo el invierno sin caer. Veo como el viento las sacude impertinente tratando de arrancarlas y tras darse por vencido lanza una patada enfurecida a los cristales de mi ventana. Veo como navegan las nubes por un cielo incendiado que se apaga poco a poco en la marea nocturna. Veo a niñas de catorce años que ríen y gritan juntas como si fueran a comerse el mundo. Veo parejas jóvenes y no tan jóvenes que bien podrían dar un traspiés en cualquier momento por no dejar de mirarse a los ojos en vez de mantener la vista al frente. Veo matrimonios con hijos pequeños que hacen travesuras a sus espaldas. Veo a un perro encadenado que ladra reivindicando su libertad; él ladra encadenado y yo escribo tras la reja de mi ventana de cristal. Veo como discurre la vida sin vivirla, veo como discurre el tiempo al igual que el que ve pasar un tren desde una estación en la que ya no volverá a pasar ninguno más.


La marea nocturna por fin se avista alta y las farolas de encienden como faros detectando la noche. Oh, noche..., noche envuelta en la locura, noche de mis recuerdos, noche incandescente, noche dolorosa, noche donde la soledad se hace aún más inmensa.


Una farola tintinea al ritmo al que late mi corazón: tin-tin, pum-pum, tin-tin, pum-pum, tin-tin, pum-pum... Y de repente la farola se apaga por completo, y de repente mi corazón hace crash.Un rugido sordo resuena en mi interior y en mi boca se transforma en lamento. Es el monstruo de la agonía que se despierta tras haberse echado una siesta en mis entrañas. Entonces el monstruo, hambriento de dolor, desgarra con sus colmillos a mi pobre corazón, que sangra, sangra y sangra inundando mi alma de la más absoluta de las angustias. Trato de recoger parte del fluido con un pequeño cubo en el que pone "Esperanza" como el navegante que intenta evitar que su bote se inunde, pero no es suficiente, pero no es suficiente, el mar tiene demasiada agua y mi corazón llora demasiada sangre. Finalmente mi ser se ahoga en el sufrimiento y la maquinaria de mis ojos vuelve a ponerse en marcha. Se acabo el descanso, es hora de fabricar más lágrimas.


Noelia Toribio

domingo, 1 de mayo de 2011

Negro

Un día puede que te vayas a dormir pensando que tu vida es perfecta, o por lo menos que no llevas una mala vida... Sabes lo que quieres, lo que has hecho bien y lo que has hecho mal, sabes quienes son tus amigos, tus enemigos y tus simples compañeros. Sabes lo que quieres hacer en un futuro y ves un camino claro por recorrer delante de ti.

Pero... ¿y si a la mañana siguiente te despiertas sin ver, completamente cieg@... y ya no sabes tan siquera ni donde te encuentras...? No sabes de quien puedes fiarte, no sabes qué personas merecen la pena y cuales no... no sabes si tú mereces la pena... Ya no tienes claro donde y con quien debes estar... no eres capaz de descifrar lo que quieres o lo que sientes en realidad... Todo está oscuro y borrado por una confusa niebla que difumina tu camino poco a poco... Entonces sientes esa frustración en lo más recóndito de tu alma, no sabes nada... la respuesta de todas las preguntas que cruzan por tu mente es "no sé, no sé y no sé..."

Quizá parezca improbable que todo esto pueda llegar a ocurrir de la noche a la mañana... ¿Pero te has parado a pensar alguna vez en la mínima posibilidad de que así sucediera...? ¿De qué un día al levantarte lo vieras todo negro...?

Puede ocurrir, tu vida puede cambiar incluso en menos tiempo que en una noche, un minuto, un segundo, un instante basta... Es el capricho del azar que nos zarandea por un mundo que creemos conocer cuando en realidad nos es completamente desconocido.

Sin embargo no debes preocuparte, es cierto, nunca sabremos donde podremos acabar, puede que llegué el día en el que los cimientos de nuestro estudiado mundo se vengan abajo con un sólo soplido de aire. Pero siempre debes tener la certeza de que en medio de esa negrura, de esa confusión, siempre habrá una luz, siempre, por lo tanto, sólo tenemos que saber buscarla para salir de esa oscuridad y construir un nuevo edificio, ¿Quién sabe? Puede que este no se derrumbe y sea el definitivo.

jueves, 22 de julio de 2010

La Persecución

La tensión de mis músculos era demasiado insoportable como para desobedecer la orden que la voz del instinto gritaba desesperada en lo más recóndito de mi mente… Así que sin pensarlo ni un momento más, comencé a correr hacia el interior de la oscura noche con la vana esperanza de que tan solo se tratara una horrorosa pesadilla.

De repente sentí cómo los pasos de mi perseguidor aceleraban al ritmo de los míos, estaba claro que no tenía ninguna intención de dejarme escapar. De inmediato la adrenalina comenzó a recorrer todas las venas de mi cuerpo preparándolo para lo que probablemente iba a convertirse en una carrera por sobrevivir.

La velocidad con la que se movían mis piernas me hubiera sorprendido en cualquier otra situación, pero en aquel momento me resultó insuficiente, incluso les supliqué de manera inútil que corrieran más y más rápido cuando ya habían alcanzado su límite.

Ni siquiera me fijaba por que calles y rincones me adentraba para tratar de escapar de la desconocida amenaza que me acechaba, tan sólo podía prestar atención a los potentes y rápidos pasos de mi perseguidor, que con un sonido seco parecían marcar los segundos que me quedaban de vida…

Cuando quise darme cuenta ya estaba completamente perdida…

Entonces un tsunami de horrorosos sentimientos me golpeó de lleno apaciguando todos mis pensamientos: agonía, miedo, desesperación, incredulidad, terror, desesperanza… Y es que no sólo me perseguían sino que ahora no sabía donde me encontraba, además no había ni un alma merodeando por las calles, estábamos jugando en el escenario perfecto para mi perseguidor.

A pesar de todo, con todas las alarmas de mi instinto encendidas, yo seguía adentrándome por aquel laberinto de calles como si mi cuerpo tan sólo estuviera programado para correr, para correr lo más rápido posible, pero no, no era suficiente… El sonido de sus pasos, su respiración, el roce de sus ropas se oían cada vez más cerca, y entonces me descubrí suplicando por segunda vez a mis piernas sin volver a obtener respuesta alguna mientras mi desesperación aumentaba empañando mis ojos en forma de lágrimas. Segundos después ya sentía el aliento de mi perseguidor en el cogote.

Iba a alcanzarme…

El corazón me dio un vuelco cuando ese último pensamiento cruzó por mi mente como un rayo revelador, sí, iba a alcanzarme, y no era una probabilidad sino un hecho, un irremediable hecho… Por un momento pensé en detener mi carrera, ¿Qué iba ganar de todas formas? ¿Cuatro minutos? ¿Diez?, pero mi cuerpo seguía sin detenerse, corría casi involuntariamente.

Así pues, mientras alargaba unos minutos más la espera de la desgracia, no pude evitar pensar en el titular que ocuparía la portada del periódico a la mañana siguiente. Seguramente pondría algo como “Una joven ha sido violada y asesinada la noche anterior” o “Una adolescente recibió una paliza mortal tras sufrir un robo”.

Y luego pensé en la muerte…

De pronto me di cuenta de que había llegado a parar en un parque plagado de enormes árboles, y cual fue mi torpeza que tropecé con la raíz de uno de ellos cayendo de bruces contra el suelo arenoso.

Se acabó…

En ese momento supe que había llegado mi hora, la carrera por mi vida había terminado y yo era la perdedora, siempre lo había sido. Me quedé temblando violentamente sobre el suelo escuchando la cercana y acelerada respiración de mi perseguidor. El terror paralizó hasta la última fibra de mis músculos, quise girar el cuello para divisar su rostro, quise gritar ayuda con mi última esperanza, pero simplemente no fui capaz.

Entonces, esperé a que mi perseguidor me pusiera las manos encima mientras me despedía mentalmente de todos mis seres queridos que habitaban en este asqueroso mundo plagado de injusticias…

No sé cuanto tiempo pasé temblando sobre la arena antes de que mi perseguidor comenzara a dar paseos a mi alrededor como un buitre ansioso por disfrutar de su próximo festín, tal vez segundos, tal vez minutos, se me hizo eterno de todas maneras. De pronto se paró frente a mí, no lo vi pues seguía sin poder levantar la cabeza, pero pude sentirlo. Y se quedó allí, atravesándome con unos ojos que erizaban el cabello de mi nuca, mientras en mi mente ya sólo fluía un único pensamiento “Hazlo ya, hazlo ya…”. Entonces, se agachó ligeramente para coger mis brazos y tirar de ellos para obligarme a levantar, pero mis piernas temblaban demasiado como para hacer el esfuerzo de ponerme en pie. Finalmente él tuvo que rodear mi cintura con un brazo para que yo no me desmoronara, luego se sirvió de la ayuda del tronco de un árbol en el que apoyó mi espalda. Digo “él” porque pude deducir que era un hombre cuando me estrechó contra su plano pecho, y también por los graves gemidos que soltó al intentar levantar mi pesado cuerpo.

Él me observaba sin decir palabra mientras yo continuaba sin superar mi estúpida parálisis muscular. ¿A qué estaba esperando? Entonces me tomó la barbilla con su mano libre y la elevó suavemente para poder mirarme a los ojos, de esa forma yo también pude vislumbrar su rostro del que quedé completamente prendida… Era el muchacho más hermoso que había visto en toda mi vida. Sus juveniles facciones revelaban una edad por debajo de los veinte, su tez era pálida y lisa, aunque su rostro resultaba siniestro con el resplandor de la luna llena, sus ojos eran oscuros y penetrantes, a juego con los lisos mechones que cubrían parte de su precioso rostro.

Los dos permanecimos quietos, observándonos el uno al otro con fascinación, aunque no pude comprender que veía él en mí de llamativo, la verdad es que me considero una chica bastante corriente. Tras un chequeo general, ambos clavamos la vista en los ojos del otro como si lo hubiéramos acordado previamente… Jamás olvidaré aquellos ojos, más oscuros que la propia noche pero igual de bellos que la misma, por un momento olvidé la situación en la que me encontraba y me dejé hipnotizar por aquella cautivadora mirada que nublaba todos y cada uno de mis sentidos.

Y entonces ocurrió. Sin el más previo aviso, el muchacho presionó sus labios contra los míos y comenzó a acariciarlos de una forma tan suave y delicada que todo mi cuerpo se estremeció librándose al fin de sus parálisis. La tentación de responder a su beso era demasiado fuerte, no pude resistirme a saborear sus dulces labios…

Entonces el tiempo se detuvo. Me dejé llevar por el sabor de aquel delicioso beso sin importarme el pasado ni el futuro, en ese momento sólo existíamos él, yo y nuestro beso…

Cuando nos separamos, me pareció haber despertado de un largo y profundo sueño. Al volver a la realidad recordé que aquel muchacho era un completo desconocido que había estado persiguiéndome, pero yo ya no tenía miedo. Nos miramos a los ojos de nuevo y sentí como volvía a perderme en ese par de pozos sin fondo…

El incesante sonido del despertador hizo que me incorporara estrepitosamente en la cama. Me sentía conmocionada, era una de esas veces en las que te despiertas y ni siquiera recuerdas donde estás. Pasados unos segundos me di cuenta de que me encontraba en mi dormitorio y que era hora de levantarse para ir al instituto. Apagué el despertador y me froté los ojos. Que curioso, finalmente todo había resultado ser una pesadilla que luego se había convertido en un sueño, un extraño sueño. Todavía me costaba creerlo, había sido tan real… aún me parecía sentir el calor de los labios del muchacho sobre los míos.

En fin, me encogí de hombros y me levanté para comenzar otro rutinario y aburrido día de clase. Me preparé rápidamente y me dispuse a salir de casa.

Era un día de mediados de abril. Hacía el típico fresco de por la mañana, pero los primeros y relucientes rayos del sol prometían un día caluroso. Yo iba caminando cabizbaja con una simple cazadora vaquera como abrigo mientras aún recordaba el extraño sueño que había tenido aquella noche… Al final decidí dejar de dar vueltas al asunto. Sólo había sido un sueño, muy real pero un sueño después de todo. Era una tontería seguir pensando en que se trataba de algo más que eso.

Entonces levanté la cabeza y me reí de mi absurda idea…, pero pronto esa sonrisa se congeló en mis labios…, y el corazón me dio un violento vuelco.

Unos metros más allá, un hermoso muchacho recostado contra el tronco de un árbol me observaba con unos ojos tan oscuros y penetrantes como la noche…

lunes, 8 de marzo de 2010

El Sentimiento Inexplicable...


Entones me acerque a ella para expresarle de una vez por todas aquel profundo sentimiento que no cesaba de consumir mi conciencia aparentemente tranquila.

Su sonrisa me deslumbró una vez más… Se la veía tan radiante… Mi corazón no pudo evitar desbocarse ante la visión de su rostro, ante el olor de su perfume, ante la luz de sus ojos inconfundibles…

-¡Buenos días!- Me saludó tan vivaz como de costumbre.

De pronto sentí el deseo de aproximarme a ella hasta que no quedara espacio entre nuestros cuerpos, a estrecharla entre mis brazos por siempre, a probar el sabor de sus dulces labios…
El torrente de mis emociones pareció reflejarse en mi rostro de alguna manera, lo que la llevó a formularme la siguiente pregunta

-Disculpa… ¿Querías preguntarme o decirme algo?
-Sí…

Por supuesto que quería. Era mi oportunidad para poner fin a este sufrimiento y confesarle todo lo que sentía por ella… Pero cuando abrí la boca no fui capaz de emitir ningún sonido… absolutamente nada… La frustración comenzó a invadirme. ¿Qué me estaba ocurriendo? ¿Por qué no era capaz de hablarle, de explicarle todo lo que ella significaba para mí?

Bastó con una breve mirada a sus desconcertados ojos para encontrar la respuesta a esa pregunta…

Podría haberle dicho que la amaba con locura, que si no podía tenerla a mi lado mi vida carecía de sentido alguno, que sin la luz de sus ojos me sentía como un barco perdido en la más perfecta de las tormentas…
Sí, podría haberle dicho tantas cosas… Pero no pude porque ni las palabras más románticas, bellas o sinceras del mundo podrían haber expresado la fuerza del sentimiento que tenía hacia ella…
Así que eso fue exactamente lo que le dije.

Y de repente noté su cuerpo pegado al mío sin ningún espacio que nos separase, y mis brazos estrechándola inconscientemente, y la suave caricia de sus labios, mucho más dulce y deliciosa de lo que yo me hubiera imaginado jamás...