Era 24 de diciembre, por la noche. Un desierto blanco cubría
las calles y las carreteras de una nieve inmaculada que solo yo desvirgaba con
el sello de mis huellas descalzas. Mis botas habían acabado de desintegrarse
aquella misma mañana y por más que había rebuscado otras entre la basura no
había conseguido encontrarlas. Pero andar con los pies congelados era un
detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.
Aquella era la segunda Noche Buena que pasaba en la calle. La
noche más terrorífica y bella de todo el año, en la que parecía que todos
habían desaparecido de la faz de la tierra. Me gustaba pasear por la ciudad
aquella noche, con la exquisita compañía de la nieve y las luces navideñas que
la iluminaban de colores y recuerdos… Hasta que el maldito olor de un jugoso
asado se burló de mi nariz y despertó al monstruo de mi estómago. Aquello me
recordó irónicamente que mis compañeros me esperaban para nuestra cena de Noche
Buena. Así que me encaminé hacia el puente, no sin echar antes un último vistazo
a aquel paisaje desolado y hermoso de luces de colores, calles congeladas y
voces inexistentes.
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Tras arrebañar bien la última lata de conserva la
conversación y las carcajadas tomaron el protagonismo junto con los rugidos de
algún que otro estómago que no había quedado saciado del todo. La verdad es que
se estaba bien ante el calor de la lumbre improvisada que habíamos preparado bajo
el techo de nuestro puente, aunque mis pies aún seguían helados. Pero aquello
era un detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.
Yo todavía estaba sumergido en el recuerdo y en la belleza de
la fría calle por la que había paseado cuando noté que mis compañeros tenían
sus pequeños y enrojecidos ojos puestos en mí.
-Perdonadme, ¿decíais algo?- murmuré.
- Sí, compañero, te decíamos que nos contarás alguna historia… Una historia…, ya sabes, de esas que tú te inventas, de esas que escribías- respondió mi elocuente colega.
Mi reputación de escritor siempre me precedía con mis amigos vagabundos. Eran el mejor público que había tenido nunca. Escuchaban siempre sin respirar y con atención los relatos y versos que mi mente de escritor fracasado aún tejía en los suburbios de aquella ciudad cruel y fría. Jamás podría haber negado a un público tan maravillo una petición como aquella.
-De acuerdo, está bien- sonreí a través de mi raída bufanda.
Mis compañeros se acercaron más a mí caminando con sus nalgas
envueltas en mantas. Me recordaron a los siete enanitos de Blancanieves. A
aquello habían quedado reducidos esos hombres entre los que había abogados,
médicos o filólogos a los que el mundo había tratado mal, como a tantos otros.
Cuando todos se acomodaron (solo les faltaban las palomitas)
comencé mi relato sin mayor demora que la que me llevó envolver mejor los pies
en mi sucia manta. Aunque de poco me serviría eso para calentarlos, pero era un
detalle sin importancia. Ya estaba acostumbrado…
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| Miss Acacia, de Larbesta (DeviaArt) |

