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martes, 18 de noviembre de 2014

Era 24 de diciembre

Era 24 de diciembre, por la noche. Un desierto blanco cubría las calles y las carreteras de una nieve inmaculada que solo yo desvirgaba con el sello de mis huellas descalzas. Mis botas habían acabado de desintegrarse aquella misma mañana y por más que había rebuscado otras entre la basura no había conseguido encontrarlas. Pero andar con los pies congelados era un detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.


Aquella era la segunda Noche Buena que pasaba en la calle. La noche más terrorífica y bella de todo el año, en la que parecía que todos habían desaparecido de la faz de la tierra. Me gustaba pasear por la ciudad aquella noche, con la exquisita compañía de la nieve y las luces navideñas que la iluminaban de colores y recuerdos… Hasta que el maldito olor de un jugoso asado se burló de mi nariz y despertó al monstruo de mi estómago. Aquello me recordó irónicamente que mis compañeros me esperaban para nuestra cena de Noche Buena. Así que me encaminé hacia el puente, no sin echar antes un último vistazo a aquel paisaje desolado y hermoso de luces de colores, calles congeladas y voces inexistentes.


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Tras arrebañar bien la última lata de conserva la conversación y las carcajadas tomaron el protagonismo junto con los rugidos de algún que otro estómago que no había quedado saciado del todo. La verdad es que se estaba bien ante el calor de la lumbre improvisada que habíamos preparado bajo el techo de nuestro puente, aunque mis pies aún seguían helados. Pero aquello era un detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.


Yo todavía estaba sumergido en el recuerdo y en la belleza de la fría calle por la que había paseado cuando noté que mis compañeros tenían sus pequeños y enrojecidos ojos puestos en mí.

-Perdonadme, ¿decíais algo?- murmuré.

- Sí, compañero, te decíamos que nos contarás alguna historia… Una historia…, ya sabes, de esas que tú te inventas, de esas que escribías- respondió mi elocuente colega.

Mi reputación de escritor siempre  me precedía con mis amigos vagabundos. Eran el mejor público que había tenido nunca. Escuchaban siempre sin respirar y con atención los relatos y versos que mi mente de escritor fracasado aún tejía en los suburbios de aquella ciudad cruel y fría. Jamás podría haber negado a un público tan maravillo una petición como aquella.

-De acuerdo, está bien- sonreí a través de mi raída bufanda.


Mis compañeros se acercaron más a mí caminando con sus nalgas envueltas en mantas. Me recordaron a los siete enanitos de Blancanieves. A aquello habían quedado reducidos esos hombres entre los que había abogados, médicos o filólogos a los que el mundo había tratado mal, como a tantos otros.


Cuando todos se acomodaron (solo les faltaban las palomitas) comencé mi relato sin mayor demora que la que me llevó envolver mejor los pies en mi sucia manta. Aunque de poco me serviría eso para calentarlos, pero era un detalle sin importancia. Ya estaba acostumbrado…


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Miss Acacia, de Larbesta (DeviaArt)

Ella era una ciudad en invierno. Aunque creo que no siempre fue así, no… Y a pesar de todo ello, a pesar de ser fría como el hielo, era una gran artista, desconocida, pero una gran artista. Yo iba a verla cantar y bailar cada viernes a aquel garito de poetas donde solo se escuchaba  hablar de melancolía y existencialismo alcoholizado en un constante murmullo que atravesaba las paredes del local… Hasta que ella salía a escena. Entonces todas las voces se silenciaban y todos los pares de ojos dirigían la mirada hacia el pequeño tablado que se iluminaba de cálidas luces rojizas y anaranjadas. Su figura surgía a través de una misteriosa cortina y avanzaba hasta el micrófono envuelta en su vestido rojo. En ese momento, una música alegre rompía el apesadumbrado ambiente de aquel lugar y su boca pintada de carmesí se abría en una pícara sonrisa para empezar a entonar una divertida canción al ritmo al que se movían los pliegues de su vestido… Sobre el escenario era pura alegría e inocencia, una luz sobre el oscuro y homogéneo público entre el que yo me encontraba. Era la Coco Chanel que cantaba Qui qu'a vu Coco? en el cabaret para pagarse un plato de comida.



Cuando la función terminaba, aquella cortina se la llevaba igual que la había traído, como un truco de magia. Pero yo era el afortunado que sabía donde se escondía verdaderamente la paloma antes de salir de la chistera. Después de terminar la copa yo salía del garito y caminaba hacia la parte trasera del edifico donde una puerta oxidada me daba acceso a un cruel paraíso por el precio de cuatro golpes seguidos en la entrada. Ella la abría y subíamos por unas empinadas escaleras hasta el cuartucho donde se preparaba para el espectáculo. Allí las luces de su espejo era frías y teñían su piel y sus labios de azul, incluso su vestido parecía más morado que rojo. Su boca volvía a estar cerrada y seria, siempre cerrada y seria. Allí es donde me daba cuenta de que la felicidad y el calor del escenario eran una bella máscara.


Ella me cautivaba y yo la amaba nada más que por eso. Entre las ondas de su cabello negro se perdían los problemas y las deudas que me asfixiaban. Ella y aquel cuarto eran un limbo alejado de cualquier otro mundo, y ella me dejaba formar parte de él sin más. Ella dejaba que la hablara, que la contemplara y que la amara cada una de esas noches. Aún no sé muy bien por qué. Sin embargo, ella no permitía que una pizca de mi calor entrará en su pecho. Toda ella era una fortificación, una ciudad amurallada que no dependía de nadie más que de sí misma. Una mujer que se autoabastecía para sobrevivir y se protegía para no ser dañada. Una ciudad cruel, una ciudad de hielo en la que la nieve azotaba a todo aquel que se atreviera a recorrer sus calles. Una ciudad contaminada y desgraciada en la que el dolor había cerrado cada puerta y apagado cada llama.


Supongo que siempre me ha gustado caminar sobre la nieve.


Al amanecer regresaba a mi casa esperando que aún no me hubieran desahuciado, y aguardaba al próximo viernes para volver a verla. Y allí estaba, cada semana, con su vestido rojo y su preciosa máscara. Con su falsa y pícara sonrisa y su gracioso baile. Con sus cálidas luces rojizas y anaranjadas. Con su inocencia marchita y su felicidad quebrada…


Era una gran artista, era una gran actriz.


Al acabar la función yo regresaba a la frialdad de su cobijo y acariciaba su piel azul y la boca que en escena había sido roja. Abrazarla era como abrazar el viento helado que corría las por calles de un día de invierno. Mientras, ella se mantenía fría, dolida y cruel como la mejor de las ciudades. No importaba lo que yo, un pobre vagabundo, hiciera para resucitar su verano. Estaba claro que antes de que yo llegara al interior de su ciudad una ventisca mucho más poderosa lo había arrasado y congelado todo. En ella yo solo era la triste llama de un mechero que apaga el invierno. Supongo que con eso me bastaba.


Aquel viernes 24 de diciembre por fin me echaron de casa. Era algo que sabía que sucedería, pero aún así el pánico me envolvió al verme vagar por las calles de aquella ciudad fría y despiadada. Corrí hasta la puerta oxidada en busca de aquel limbo donde los problemas esperaban a la puerta, pero nadie contestó a mis cuatro golpes. Insistí, insistí varias veces y la llamé desesperado, pero no hubo respuesta. También me habían desahuciado de mi cruel paraíso. Fui hasta la puerta principal del garito y pregunté por ella, pero nadie sabía dónde estaba…


Se había marchado. Había desaparecido con sus maletas llenas de independencia y su pecho helado.


Ese día, caminé solo y desesperado por el desierto blanco que cubría de nieve las calles y las carreteras. Era un noche terrorífica. Pero entonces alcé la vista hacia las luces navideñas y también me pareció una noche bella… Y la calma me invadió, y de repente me sentí cautivado al igual que cuando visitaba el limbo. La veía cantar y bailar en esas luces navideñas, en ese artificio dulce y falso de colores mientras su fría y verdadera esencia me congelaba en la acera de aquella ciudad helada.


Ya por entonces sentía los pies fríos, pero aquello era un detalle sin importancia, creo que ya estaba acostumbrado. Después de todo, aquella noche estaba con ella, en aquel engaño de luces navideñas y  calles congeladas. Aquella noche estaba dentro de su ciudad helada. 


Noelia Toribio 

miércoles, 12 de febrero de 2014

La Sombra y el Lucero




“Porque el amor cuando no muere, mata”
Joaquín Sabina

Debajo de la realidad hay un mundo místico que apenas se percibe, no porque esté oculto sino porque no se observa lo suficiente. Es un mundo sumergido en el misterio y es tan etéreo como los susurros que moran en la brisa, pero no es invisible. Allí todo lo envuelve un silencio tan profundo que ni siquiera se advierte su presencia, lo que aleja aún más a este mundo de la realidad, aunque esté muy cerca. Es oscuro como un cielo nocturno sin luna y abstracto, pues allí no hay líneas ni formas, pero todo ello no entorpece a su negra y singular hermosura. Este es el mundo de las Sombras.

Las sombras que moran bajo la materialidad de las cosas, a los pies de una hormiga, de una flor, de una piedra en el río, de un árbol, de una montaña, de un edificio que araña el cielo e incluso a nuestros propios pies. Las sombras se estiran y se encogen adaptándose a aquello que las sustentan y se desplazan calladas de un ente a otro en libertad. Durante la noche duermen arropadas en su oscuridad, salvo que la luna llena o alguna luz perdida las desvele, y al día despiertan para bailar de nuevo bajo la realidad. Para garantizar su supervivencia solo dos normas imperan sobre este mundo de las sombras: primero, no te desplaces si no hay otro ente al que aferrarte y segundo, jamás te acerques a la luz.

Aquí, en este reino de penumbras, tuvo lugar la historia de una pequeña sombra que existió antes de lo que el tiempo pueda recordar. La Sombra habitaba a la orilla de un claro de agua oculto en el corazón de un frondoso bosque, donde las sombras corrían veloces a través de las hojas, las ramas, las piedras y toda la multitud de elementos que conformaban aquel inmenso paraje. Si bien la joven Sombra era aún inexperta y apenas se había movido de los pies del pequeño árbol donde se sustentaba salvo para correr un poco por las cercanías junto a las demás sombras.

Cuando llegaba la noche dormía en su oscuridad, como era costumbre, excepto en las noches de luna llena cuando las sombras se alzaban hacia la luz azulada mientras bailaban sin cesar al son de la brisa nocturna que agitaba las ramas de los árboles. Cómo adoraba la Sombra aquellas desveladas noches donde podía disfrutar del brillo de la luna, tan diferente de su oscura naturaleza. Era ella la que intentaba estirarse lo máximo posible para poder al menos rozar el reflejo de aquella luz a la orilla del agua, teniendo 
cuidado para no desprenderse de los pies de su pequeño árbol. La Sombra admiraba y envidiaba la belleza de aquellas luces tenues que flotaban suspendidas en el aire, independientes de cualquier ente. Ellas podían vivir con su propio brillo mientras que las sombras solo existían a raíz de los objetos materiales y de la propia luz. En cuántas noches de aquellas lunas llenas la Sombra deseó convertirse en uno de esos haces que teñían el agua de azul. Y cuántas veces repudió el mundo al que pertenecía por mantenerla prisionera en su oscuridad cuando se daba cuenta de que jamás podría abandonarlo.

Cada vez que regresaban las noches de luna llena la Sombra se sentía más desdichada al recordar su condición, hasta tal punto que en una de aquellas noches se escondió tanto en su negra amargura que se paralizó. Se quedó estática a los pies de su árbol, sin desplazarse y sin volver a bailar al ritmo del viento que sacudía las hojas, ni siquiera en las noches de luz. Era una sombra muerta y carcomida por la pena.

Así pasó el tiempo hasta que un día sucedió algo que jamás había sucedido antes. Un pequeño pero intenso resplandor despertó a todas las sombras del claro en una inusual noche de luna nueva, la más oscura de todas. Aquella luz blanca, tan distinta a la azulada luz de la luna desconcertó tanto a las sombras que el viento las alborotó a todas cuando cruzó por el paraje. La Sombra también se desprendió de su sueño cuando aquel brillo la acarició. Al principio optó por ignorar aquel resplandor y a las demás sombras, inmóvil como estaba en su inconsolable tristeza. Pero pronto aquella luz tan especial y el desconcierto de las sombras alentaron su curiosidad y, aunque por un momento intentó resistirse, acabó abandonando su firme quietud para descubrir lo que ocurría.

La Sombra se estiró todo lo que pudo hacia la orilla del claro de agua, de donde procedía el pálido fulgor. Allí, en el centro de la laguna, un lucero se suspendía levemente en el aire, casi acariciando el agua que había convertido en plata líquida con su etérea luz. La Sombra quedó maravillada, jamás había visto una luz tan hermosa y pura como aquella y aún menos de tan cerca. Era una luz tan delicada, tan radiante que sobrecogió a la pequeña Sombra desalojando todas sus penas para sustituirlas por un único deseo: llegar hasta aquel Lucero. A lo largo de la noche las sombras acabaron por acostumbrarse al nuevo resplandor y dejaron de prestarle atención, pero la Sombra permaneció estirada  hacia la luz, contemplándola con la misma fascinación durante toda la noche, hasta que se desvaneció poco a poco con las primeras luces del alba. Cuando llegó el día la Sombra sintió un profundo temor por que el Lucero no volviera a aparecer y durante toda la jornada se mantuvo lo más cerca posible de la orilla del agua, esperando a que el Lucero regresara. Pero no lo hizo. Cuando el cielo oscureció, la Sombra cayó en su sueño implorando que el Lucero la despertara como la noche anterior. Pero tampoco ocurrió así.

Desde entonces, la Sombra se mantuvo alerta durante todos los días, buscando en la laguna el más mínimo atisbo del Lucero. Cada vez que detectaba un pequeño brillo en el agua se sobresaltaba ante idea de que fuera él, pero siempre resultaba ser un reflejo que el sol había dejado caer sobre alguna de las ondas de la laguna. A cada anochecer, la Sombra se impacientaba más y su miedo por no volver a ver a aquel Lucero que la había liberado de su infernal letargo crecía desesperadamente… Una noche, la Sombra despertó ante un resplandor que no había brillado en las anteriores noches. ¡Ahí estaba el Lucero! Tenía que ser él. La Sombra se movió más veloz que un rayo hacia la orilla del claro, donde también habían acudido las demás sombras. Pero su ilusión se desvaneció como el humo cuando vio que solo se trataba de otra luna llena. La Sombra se envolvió en su tremenda desesperanza y volvió a acurrucarse a los pies de su árbol, encogiéndose todo cuanto pudo mientras las demás sombras disfrutaban y bailaban a la luz de la luna. En otros días la Sombra también habría danzado alegre mientras admiraba aquella luz azul, sin embargo, ahora le parecía extremadamente pobre e insignificante comparada con la pureza y el fulgor del Lucero. Oh, el Lucero… Ya nada había que mereciera la pena para la Sombra que no fuera aquella luz, pero desgraciadamente jamás regresaría. La tristeza volvió a inmovilizar a la Sombra y esta vez fue tan honda que creyó que se consumiría de dolor.

Los días y las noches se sucedieron largos, amargos y vacíos. La Sombra continuaba encerrada en sí misma, temblando de congoja y perdida en una tempestuosa marea de sentimientos negativos. Todo carecía de sentido, daba igual si brillaba el sol o la luna, si el viento agitaba a las sombras o si permanecían tranquilas, si de la laguna se desprendían o no hermosos reflejos... Nada de lo que pudiera ocurrir arrancaría la pena de su negro corazón.

La Sombra se despertó una noche más, como otras tantas. La luz dibujaba su oscura y adoptada silueta de árbol, pero ella, una vez más, lo ignoró. Después de todo, solo se trataba de otra luna llena. Sin embargo, pronto notó que el alboroto de las demás sombras del claro era mayor del habitual, y también tuvo la sensación de que el brillo que la recortaba era más blanco que el de otras noches… Entonces una chispa de la esperanza perdida brotó en el vacío de la Sombra y a punto estuvo de correr hasta la orilla como las demás, pero se contuvo en el último instante. Sabía que si acudía a la laguna y de nuevo aquella luz no resultaba ser la del Lucero el golpe del desengaño sería tan fuerte que esta vez no podría soportarlo. Por lo tanto, antes de moverse la Sombra se concienció de que lo más seguro fuera que el resplandor no perteneciera al Lucero.


Acudió a la orilla despacio, muy despacio, repitiéndose una y otra vez que esaluz no era la que ella esperaba para evitar caer en los brazos de la desilusión. Pero cuando llegó hasta la laguna la coraza en la que se había enfundado para protegerse se destruyó. Allí, en el centro de la laguna, el Lucero brillaba sobre el agua incluso más esplendoroso que la primera vez que lo vio. Apenas podía creerlo, de verdad era él, su precioso Lucero… La emoción y la alegría sacudieron a la pequeña Sombra, que se estiró y se estiró para estar lo más cerca posible de aquella hermosa luz que avivaba su existencia. Durante toda la noche dejó que el resplandor del Lucero acariciara su densa oscuridad, se deleitó contemplando su ligereza y su espiritualidad, se empapó de su calidez y admiró su belleza como ninguna otra sombra lo hizo jamás…

Pero la noche no duró eternamente, los primeros rayos del amanecer despuntaron mucho más pronto de lo que la Sombra hubiera deseado y el Lucero comenzó a desvanecerse como lo había hecho la última vez. El pavor inundó a la Sombra. No podía permitir que el alba volviera a arrebatarle a su Lucero. ¿Cuánto tiempo tardaría en aparecer de nuevo? ¿Y si no regresaba nunca más? La sola idea aterraba a la Sombra, pero ¿qué podía hacer ella si estaba anclada a los pies de aquel árbol? La Sombra cada vez se sentía más nerviosa e impotente mientras observaba como la luz del Lucero se iba debilitando, y repudió su naturaleza con toda sus fuerzas, y deseo más que nunca convertirse en luz para seguir al Lucero a dónde quiera que fuese… Y entonces hizo algo que una sombra jamás debería haber hecho. Se desató de su ente, de los pies del árbol, para correr por la superficie del agua, donde no había ningún elemento al que asirse. Se deslizó entre las ondas de la laguna para llegar hasta el Lucero y no separarse de él nunca más. Pero cuanto más se acercaba, la luz iba destruyendo lentamente su oscuridad. Sin embargo, la Sombra ni si quiera se dio cuenta de que su esencia se consumía y continúo su camino mientras la alegría la embargaba al sentir que cada vez estaba más cerca del Lucero…

Cuando la Sombra llegó al centro de la laguna, reducida ya a su mínima expresión, se dejó caer en el ardiente y reconfortante abrazo del Lucero. En ella ya no había angustia ni dolor ni miedo, no pensó en la vida ni en la muerte ni en ser sombra o luz. Lo único que ahora la llenaba era una rebosante y absoluta felicidad. Así, lentamente, la Sombra desapareció para siempre bajo la luz de su amado Lucero.

Noelia Toribio