viernes, 10 de octubre de 2014

Desvaríos absurdos sobre una manzana






Octubre de 2014, en el mundo, mientras comía una manzana.


Una manzana. Comiendo una manzana comencé a pensar. Con cada dentellada (con cada observación de esa dentellada) iban y venían ideas cada vez más extrañas que, sin motivo de apariencia, paseaban por las calles de mi enmarañado cerebro como quien pasea en una soleada (o lluviosa) tarde de domingo. Todo empezó al estudiar las redondeadas formas de la manzana, interrumpidas por mis voraces mordiscos que giraban en torno a  su eje. Entonces pensé qué ocurriría si la manzana fuera cuadrada. Es ese caso el mundo también sería cuadrado y habría cuatro horizontes… Después di la vuelta a la manzana (que yo ya veía, como digo, cuadrada) de tal forma que el tallo mirara hacia el suelo. Entonces pensé qué sucedería si las manzanas, además de ser cuadradas, crecieran del revés. Probablemente el mundo, además de ser cuadrado, también estaría boca abajo, así que el hemisferio sur sería el hemisferio norte y al contrario. De esta manera, si el hemisferio norte fuera el hemisferio sur lo países ricos serían los países tercermundistas, y los países tercermundistas serían los países ricos. Todo estaría del revés, como la manzana.


Pero entonces, si todo fuera al contrario, naceríamos viejos y moriríamos niños, o puede que muriésemos antes de nacer. Los adultos serían críos y los críos serían adultos, pero ninguno sería racional, porque el ser humano sería la especie más estúpida del planeta y caminaríamos a cuatro patas. El hombre sería el mejor amigo del perro, y no el perro el mejor amigo del hombre (como tal, los perros nos pasearían por parques con cuatro horizontes).


Los gusanos serían las criaturas más inteligentes y seguramente crearían una sociedad justa y democrática. La libertad de verdad sería libertad y la verdad sería libre. La política sería participación y la participación sería conjunta, de todos los gusanos que habitaran sobre las cuatro faces de la Tierra. El delito, sería delito y la honradez sería verdaderamente honrada. Eso supondría que la Justicia sería justa, y por ende, independiente. En este mundo cuadrado y del revés los gusanos ambiciosos y podridos no estarían en las altas esferas del poder, y sí los gusanos con intención de mejorar este planeta cuadrado, que no estarían silenciados o entre rejas, como sería lo lógico. El cambio sería un cambio a mejor y las promesas serían cumplidas, y por supuesto, no se haría lo contrario a lo previamente prometido. En esta sociedad sin sentido ningún gusano sería discriminado y los gusanos hembra serían iguales que los gusanos macho. El hambre no saldría por televisión porque no existiría, y la televisión no sería una caja tonta porque la información periodística sería información y no sensacionalismo o morbo...


Tras haber llegado a este punto, en  el que el desvarío de mis pensamientos  había llegado ya a las lindes de la locura más suprema, terminé de comer mi manzana (que ya no era redonda ni cuadrada). Me dio la risa al reflexionar sobre el mundo tan absurdo que mi cabeza había creado en un momento y lo comparé durante largo rato con el mundo real en el que vivía… Finalmente, tras pensarlo muy bien y con mucho detenimiento, llegué a la conclusión de que después de todo, el mundo cuadrado que había imaginado no era tan absurdo como el que mis pies pisaban en ese mismo instante…


Todo esto a raíz de una manzana.



Noelia Toribio García


jueves, 18 de septiembre de 2014

Vacío de nadas



Vacía.
Me siento vacía.
Como el aire encerrado en la espuma
o la esquina sin pintar de un cuadro.
Vacía.
Me siento vacía.


Nada.
Ahora no hay nada.
Ni una emoción ni un pensamiento,
no urge el viento ni estalla el ruido.
Nada, ahora no hay nada,
ni siquiera quietud o silencio.


Vacía.
Me siento vacía.
No tengo amor ni dolor ni odio,
no tengo metáforas y apenas rimas.
Vacía.
Me siento vacía.


En este lugar, en este momento, en este instante,
nada me agarra, nada me atañe,
nada me rompe ni me repara,
nada me alumbra ni me oscurece.
No hay nada, ni siquiera sombras,


Vacía.
Por primera vez
me siento vacía.
Nada.
Ahora no hay nada.
Y eso...


Eso es lo más triste de todo.


Noelia Toribio

domingo, 29 de junio de 2014

Adiós, cebolla



A todas las mujeres, sobre todo a las
que luchan contra el cáncer de mama 


Adiós, cebolla.
Cebolla asquerosa y repulsiva,
cebolla podrida y pestilente
de hedores nauseabundos
y de formas deformadas.


Adiós, cebolla.
Cebolla con pelo y espinas,
cebolla sucia y repugnante
como una cucaracha desangrada
como una herida que supura larvas.


Adiós, cebolla.
Parásito inmundo clavado en mi carne,
que me carcomías el pecho para hacerte más grande,
que me carcomías la cabeza para debilitar mi fuerza
con pensamientos paranoicos que daban mil vueltas
con el fin de desentrañar tus negras conspiraciones.


Adiós, cebolla.
Cebolla mugrienta y putrefacta,
cebolla abominable y odiosa
de capas densas y pegajosas
recubiertas de moho.


Adiós, cebolla.
Cebolla dolorosa y endiablada,
cebolla negra y emponzoñada
con bubas venenosas
donde los gusanos se bañan.


Adiós, cebolla.
Porque no volveré a pensar en tu horroroso ser,
porque no volveré a una camilla por tu culpa,
porque no volverás a contaminar mi piel,
porque no me harás derramar una lágrima más...
Porque, a pesar de todo, yo fui más fuerte que tú.
Adiós, cebolla, adiós...


Noelia Toribio García


lunes, 5 de mayo de 2014

Versos sin palabras

2º Premio del V Certamen de Cuentos Bólido

Versos... Los versos no son palabras, los versos no son de los poetas, aunque pocos lo recuerdan. Los versos se esconden en los espejos de las pupilas infinitas que esculpen en lágrimas y sonrisas toda nuestra poesía. Pero tú tampoco lo recuerdas, no sabes los versos tan hermosos que estás dejando de leer por estar ahí parado, mirándome los pies.

Noelia Toribio

domingo, 30 de marzo de 2014

El papel está en blanco



Acuarela "Lágrimas", de Eva Fajardo

El papel está en blanco.
El papel está en banco y mi lápiz solo teje garabatos,
sin saber a dónde ir, sin saber qué letra perfilar,
sin saber que triste verso componer en esta noche
donde la luna se apaga en su frialdad.
 

El papel está en blanco.
El papel está en blanco y mi lengua se ha trabado,
sin saber qué decir, sin saber qué callar,
sin saber qué lamento entonar en esta noche
donde el viento gime en un canto sepulcral.
 

El papel está en blanco.
El papel está en blanco y me mente se ha colapsado,
sin saber qué pensar, sin saber si esto es delirar,
sin saber qué es locura o realidad en esta noche
donde los viejos monstruos aúllan sin cesar.
 

El papel está en blanco.
El papel está en blanco y mi lápiz solo teje garabatos.
El papel está en blanco y mi lengua se ha trabado.
El papel está en blanco y mi mente se ha colapsado.
 

El papel está en blanco.
El papel esta en blanco, pero mi alma se ha desvelado,
y no sabe componer, pero sabe que los versos duelen.
y no sabe hablar, pero sabe que las palabras hieren,
y no sabe pensar, pero sabe que el sentimiento le puede.
 

El papel está en blanco.
El papel está en blanco porque la tinta aquí dentro se ha quedado,
y es tanto lo que lleva, y es tanto lo que arrastra,
que los versos no bastan para expresar en esta noche
el sentir que me desvela: este amor que me atormenta.


Noelia Toribio

miércoles, 12 de febrero de 2014

La Sombra y el Lucero




“Porque el amor cuando no muere, mata”
Joaquín Sabina

Debajo de la realidad hay un mundo místico que apenas se percibe, no porque esté oculto sino porque no se observa lo suficiente. Es un mundo sumergido en el misterio y es tan etéreo como los susurros que moran en la brisa, pero no es invisible. Allí todo lo envuelve un silencio tan profundo que ni siquiera se advierte su presencia, lo que aleja aún más a este mundo de la realidad, aunque esté muy cerca. Es oscuro como un cielo nocturno sin luna y abstracto, pues allí no hay líneas ni formas, pero todo ello no entorpece a su negra y singular hermosura. Este es el mundo de las Sombras.

Las sombras que moran bajo la materialidad de las cosas, a los pies de una hormiga, de una flor, de una piedra en el río, de un árbol, de una montaña, de un edificio que araña el cielo e incluso a nuestros propios pies. Las sombras se estiran y se encogen adaptándose a aquello que las sustentan y se desplazan calladas de un ente a otro en libertad. Durante la noche duermen arropadas en su oscuridad, salvo que la luna llena o alguna luz perdida las desvele, y al día despiertan para bailar de nuevo bajo la realidad. Para garantizar su supervivencia solo dos normas imperan sobre este mundo de las sombras: primero, no te desplaces si no hay otro ente al que aferrarte y segundo, jamás te acerques a la luz.

Aquí, en este reino de penumbras, tuvo lugar la historia de una pequeña sombra que existió antes de lo que el tiempo pueda recordar. La Sombra habitaba a la orilla de un claro de agua oculto en el corazón de un frondoso bosque, donde las sombras corrían veloces a través de las hojas, las ramas, las piedras y toda la multitud de elementos que conformaban aquel inmenso paraje. Si bien la joven Sombra era aún inexperta y apenas se había movido de los pies del pequeño árbol donde se sustentaba salvo para correr un poco por las cercanías junto a las demás sombras.

Cuando llegaba la noche dormía en su oscuridad, como era costumbre, excepto en las noches de luna llena cuando las sombras se alzaban hacia la luz azulada mientras bailaban sin cesar al son de la brisa nocturna que agitaba las ramas de los árboles. Cómo adoraba la Sombra aquellas desveladas noches donde podía disfrutar del brillo de la luna, tan diferente de su oscura naturaleza. Era ella la que intentaba estirarse lo máximo posible para poder al menos rozar el reflejo de aquella luz a la orilla del agua, teniendo 
cuidado para no desprenderse de los pies de su pequeño árbol. La Sombra admiraba y envidiaba la belleza de aquellas luces tenues que flotaban suspendidas en el aire, independientes de cualquier ente. Ellas podían vivir con su propio brillo mientras que las sombras solo existían a raíz de los objetos materiales y de la propia luz. En cuántas noches de aquellas lunas llenas la Sombra deseó convertirse en uno de esos haces que teñían el agua de azul. Y cuántas veces repudió el mundo al que pertenecía por mantenerla prisionera en su oscuridad cuando se daba cuenta de que jamás podría abandonarlo.

Cada vez que regresaban las noches de luna llena la Sombra se sentía más desdichada al recordar su condición, hasta tal punto que en una de aquellas noches se escondió tanto en su negra amargura que se paralizó. Se quedó estática a los pies de su árbol, sin desplazarse y sin volver a bailar al ritmo del viento que sacudía las hojas, ni siquiera en las noches de luz. Era una sombra muerta y carcomida por la pena.

Así pasó el tiempo hasta que un día sucedió algo que jamás había sucedido antes. Un pequeño pero intenso resplandor despertó a todas las sombras del claro en una inusual noche de luna nueva, la más oscura de todas. Aquella luz blanca, tan distinta a la azulada luz de la luna desconcertó tanto a las sombras que el viento las alborotó a todas cuando cruzó por el paraje. La Sombra también se desprendió de su sueño cuando aquel brillo la acarició. Al principio optó por ignorar aquel resplandor y a las demás sombras, inmóvil como estaba en su inconsolable tristeza. Pero pronto aquella luz tan especial y el desconcierto de las sombras alentaron su curiosidad y, aunque por un momento intentó resistirse, acabó abandonando su firme quietud para descubrir lo que ocurría.

La Sombra se estiró todo lo que pudo hacia la orilla del claro de agua, de donde procedía el pálido fulgor. Allí, en el centro de la laguna, un lucero se suspendía levemente en el aire, casi acariciando el agua que había convertido en plata líquida con su etérea luz. La Sombra quedó maravillada, jamás había visto una luz tan hermosa y pura como aquella y aún menos de tan cerca. Era una luz tan delicada, tan radiante que sobrecogió a la pequeña Sombra desalojando todas sus penas para sustituirlas por un único deseo: llegar hasta aquel Lucero. A lo largo de la noche las sombras acabaron por acostumbrarse al nuevo resplandor y dejaron de prestarle atención, pero la Sombra permaneció estirada  hacia la luz, contemplándola con la misma fascinación durante toda la noche, hasta que se desvaneció poco a poco con las primeras luces del alba. Cuando llegó el día la Sombra sintió un profundo temor por que el Lucero no volviera a aparecer y durante toda la jornada se mantuvo lo más cerca posible de la orilla del agua, esperando a que el Lucero regresara. Pero no lo hizo. Cuando el cielo oscureció, la Sombra cayó en su sueño implorando que el Lucero la despertara como la noche anterior. Pero tampoco ocurrió así.

Desde entonces, la Sombra se mantuvo alerta durante todos los días, buscando en la laguna el más mínimo atisbo del Lucero. Cada vez que detectaba un pequeño brillo en el agua se sobresaltaba ante idea de que fuera él, pero siempre resultaba ser un reflejo que el sol había dejado caer sobre alguna de las ondas de la laguna. A cada anochecer, la Sombra se impacientaba más y su miedo por no volver a ver a aquel Lucero que la había liberado de su infernal letargo crecía desesperadamente… Una noche, la Sombra despertó ante un resplandor que no había brillado en las anteriores noches. ¡Ahí estaba el Lucero! Tenía que ser él. La Sombra se movió más veloz que un rayo hacia la orilla del claro, donde también habían acudido las demás sombras. Pero su ilusión se desvaneció como el humo cuando vio que solo se trataba de otra luna llena. La Sombra se envolvió en su tremenda desesperanza y volvió a acurrucarse a los pies de su árbol, encogiéndose todo cuanto pudo mientras las demás sombras disfrutaban y bailaban a la luz de la luna. En otros días la Sombra también habría danzado alegre mientras admiraba aquella luz azul, sin embargo, ahora le parecía extremadamente pobre e insignificante comparada con la pureza y el fulgor del Lucero. Oh, el Lucero… Ya nada había que mereciera la pena para la Sombra que no fuera aquella luz, pero desgraciadamente jamás regresaría. La tristeza volvió a inmovilizar a la Sombra y esta vez fue tan honda que creyó que se consumiría de dolor.

Los días y las noches se sucedieron largos, amargos y vacíos. La Sombra continuaba encerrada en sí misma, temblando de congoja y perdida en una tempestuosa marea de sentimientos negativos. Todo carecía de sentido, daba igual si brillaba el sol o la luna, si el viento agitaba a las sombras o si permanecían tranquilas, si de la laguna se desprendían o no hermosos reflejos... Nada de lo que pudiera ocurrir arrancaría la pena de su negro corazón.

La Sombra se despertó una noche más, como otras tantas. La luz dibujaba su oscura y adoptada silueta de árbol, pero ella, una vez más, lo ignoró. Después de todo, solo se trataba de otra luna llena. Sin embargo, pronto notó que el alboroto de las demás sombras del claro era mayor del habitual, y también tuvo la sensación de que el brillo que la recortaba era más blanco que el de otras noches… Entonces una chispa de la esperanza perdida brotó en el vacío de la Sombra y a punto estuvo de correr hasta la orilla como las demás, pero se contuvo en el último instante. Sabía que si acudía a la laguna y de nuevo aquella luz no resultaba ser la del Lucero el golpe del desengaño sería tan fuerte que esta vez no podría soportarlo. Por lo tanto, antes de moverse la Sombra se concienció de que lo más seguro fuera que el resplandor no perteneciera al Lucero.


Acudió a la orilla despacio, muy despacio, repitiéndose una y otra vez que esaluz no era la que ella esperaba para evitar caer en los brazos de la desilusión. Pero cuando llegó hasta la laguna la coraza en la que se había enfundado para protegerse se destruyó. Allí, en el centro de la laguna, el Lucero brillaba sobre el agua incluso más esplendoroso que la primera vez que lo vio. Apenas podía creerlo, de verdad era él, su precioso Lucero… La emoción y la alegría sacudieron a la pequeña Sombra, que se estiró y se estiró para estar lo más cerca posible de aquella hermosa luz que avivaba su existencia. Durante toda la noche dejó que el resplandor del Lucero acariciara su densa oscuridad, se deleitó contemplando su ligereza y su espiritualidad, se empapó de su calidez y admiró su belleza como ninguna otra sombra lo hizo jamás…

Pero la noche no duró eternamente, los primeros rayos del amanecer despuntaron mucho más pronto de lo que la Sombra hubiera deseado y el Lucero comenzó a desvanecerse como lo había hecho la última vez. El pavor inundó a la Sombra. No podía permitir que el alba volviera a arrebatarle a su Lucero. ¿Cuánto tiempo tardaría en aparecer de nuevo? ¿Y si no regresaba nunca más? La sola idea aterraba a la Sombra, pero ¿qué podía hacer ella si estaba anclada a los pies de aquel árbol? La Sombra cada vez se sentía más nerviosa e impotente mientras observaba como la luz del Lucero se iba debilitando, y repudió su naturaleza con toda sus fuerzas, y deseo más que nunca convertirse en luz para seguir al Lucero a dónde quiera que fuese… Y entonces hizo algo que una sombra jamás debería haber hecho. Se desató de su ente, de los pies del árbol, para correr por la superficie del agua, donde no había ningún elemento al que asirse. Se deslizó entre las ondas de la laguna para llegar hasta el Lucero y no separarse de él nunca más. Pero cuanto más se acercaba, la luz iba destruyendo lentamente su oscuridad. Sin embargo, la Sombra ni si quiera se dio cuenta de que su esencia se consumía y continúo su camino mientras la alegría la embargaba al sentir que cada vez estaba más cerca del Lucero…

Cuando la Sombra llegó al centro de la laguna, reducida ya a su mínima expresión, se dejó caer en el ardiente y reconfortante abrazo del Lucero. En ella ya no había angustia ni dolor ni miedo, no pensó en la vida ni en la muerte ni en ser sombra o luz. Lo único que ahora la llenaba era una rebosante y absoluta felicidad. Así, lentamente, la Sombra desapareció para siempre bajo la luz de su amado Lucero.

Noelia Toribio

sábado, 7 de diciembre de 2013

El camino

 

Hace tiempo…

Hace tiempo el camino era un paseo prendido del amanecer,

por sus orillas rectas caminaba sin saber que caminaba,
mirando todo, pensando en nada (tampoco en el final del camino).
Hace tiempo mis pasos eran firmes en una ruta llana,
tropezar era imposible sobre aquella tierra fina y blanca,
y si tropezaba, alguien siempre había para ponerme en pie.


Hace tiempo,
el camino era tan claro, tan recto, tan fácil…


Pero un día…
Un día el amanecer oscureció y perdí todas las luces,
dejé de caminar y descubrí que tenía que caminar,
sin ver nada, pensando en todo (también en el final del camino).
Un día el camino se curvó en todas las direcciones,
la tierra creció en rocas puntiagudas y enormes,
y tropecé mil veces, y sangré y lloré y me magullé,
y nadie vino a darme su mano para ponerme en pie.


Un día,
el camino se volvió tan oscuro, tan retorcido, tan difícil…


Ahora…
Ahora camino a tientas con los ojos cerrados para olvidar
la oscuridad que me aprisiona y la soledad que me rodea.
Ahora los ojos abro de vez en cuando y me doy cuenta
de que en realidad no los tenía cerrados y la oscuridad es real.
Entonces recuerdo cómo hace tiempo el camino fue claro, recto, fácil,
Pero un día se volvió tan oscuro, tan retorcido…


Tan difícil.



Noelia Toribio


martes, 3 de diciembre de 2013

Princesas Disney: Sed vosotras mismas, pero perfectas


Este fin de semana ha llegado a los cines españoles la nueva película de Disney: “Frozen, el reino de hielo”, con dos protagonistas femeninas que rezuman todo el carácter y la personalidad que Disney ha atribuido a sus últimas princesas. 


Hablamos de señoritas que no esperan a que un príncipe azul emprenda un largo, duro y complicado viaje lleno de peligros e incomodidades para que las rescate con un casto y empalagoso beso de “amor verdadero” mientras ellas esperan dormidas o sentadas. Hablamos de protagonistas que no se empeñan en aparentar lo que no son, que toman la iniciativa, que buscan aventuras y, sobre todo, que resuelven sus problemas ellas solitas.



Si pensamos en las niñas que ven estas películas y toman a las princesas como modelos a seguir, este cambio ha sido muy positivo. Mientras que las niñas que crecieron con Blancanieves, la Cenicienta y la Bella Durmiente jugaban a ser frágiles y delicadas princesitas en apuros, las niñas de ahora aprenden a valerse por sí mismas y no se conforman con esperar en un rincón del patio a que alguien la rescate de su madrastra o de una bruja malvada.


Ahora las niñas tienen un buen ejemplo que seguir en cuanto a conducta, pero aun así las princesas Disney todavía tienen un fallo terriblemente gordo que no se ha corregido y que también condiciona a las niñas: el aspecto físico. ¿Recordáis a alguna princesa Disney fea, rellenita, con algún grano, con los ojos pequeños, con las cejas muy gruesas…? No. Todas son perfectas, delgadas (por no decir esqueléticas), con la piel inmaculada, con los ojos grandes y brillantes, con un pelo maravilloso… Sí, esto también es un ejemplo para las niñas.


De poco sirve inculcar a las niñas que sean ellas mismas, que se atrevan a resolver sus problemas si viven acomplejadas porque no están tan delgadas como Rapunzel o porque no tienen el pelo tan bonito como Elsa, una de las protagonistas de esta nueva película. Disney solo ha hecho un intento de princesa “no perfecta”: Mérida, de la película “Brave”. Sin embargo, Disney intentó idealizar a esta princesa poniéndole alguna que otra curva de más en cuanto tuvo un poco de tiempo libre. Las quejas de más de 200.000 personas y de la propia creadora por el cambio de imagen de Mérida obligaron a la compañía a retirar esta impecable versión de la princesa.


Disney ha trabajado para cambiar a las protagonistas de sus películas animadas. Nada tiene que ver la personalidad de la Bella Durmiente con la de Rapunzel, pero si solo nos fijamos en su aspecto veremos que por fuera son exactamente iguales. Disney ha conseguido cambiar el interior de sus princesas, pero los estereotipos físicos siguen todavía muy presentes. Las niñas deben ser ellas mismas, tanto por dentro como por fuera. Así que Disney, no te cruces de brazos porque todavía te queda la mitad del trabajo por hacer.
Noelia

domingo, 10 de noviembre de 2013

Estoy aquí, contigo




Estoy aquí, contigo, en esta noche fría de noviembre,
aunque no me veas, ni me oigas, ni me sientas.
Permanezco en el susurro del silencio que te arropa,
a la orilla de tu cama, donde el sueño te mece lentamente.

Mi mano , la poso en las tormentas de tu cálida frente,
para apaciguar las inquietudes que te desvelan.
Muy despacio, te deslizas por la tranquilidad del sueño,
mientras se calman las penas y tu tempestad desaparece...

Estoy aquí, contigo, en esta noche fría de noviembre,
aunque no me veas, ni me oigas, ni me sientas.
Soy un pensamiento oculto en el susurro del silencio
y solo deseo que esta noche duermas plácidamente.


Noelia Toribio

viernes, 6 de septiembre de 2013

Poema a la inocencia




Su risa es tan pura que camina sobre el viento, 
tan clara, como el reflejo de una nube en el agua,
y tan limpia, como la lluvia que regala el cielo.
Cuando ríe, la estrella de sus ojos se abre y se enciende,
con ese fulgor vidrioso que solo los niños tienen,
sin esas oscuras sombras que lo eclipsan cuando crecen.

Cuando sus ojos se abren, en ellos su alma se aprecia,
blanca, como la nieve del invierno cuando cuaja,
tranquila y sosegada, como la marea en calma,
feliz y en paz con todo lo que, sin saberlo, ama...
Es este el bello retrato de la efímera inocencia.

Noelia Toribio



sábado, 31 de agosto de 2013

En un puente de Venecia




En un puente de Venecia me acordé de ti.
Bajo el puente tiritaba el agua, 
porque el sol, con su reflejo, la acariciaba.
Suavemente, muy suavemente la acariciaba.
Encandilada, entonó la marea un canto de porcelana,
arrulladores susurros con los que la luz de poniente bailaba.
Lentamente, muy lentamente bailaba.

En un puente de Venecia me acordé de ti.
Bajo el puente pasaba una góndola,
sin apenas despertar al agua, con su belleza, navegaba.
Levemente, muy levemente navegaba.
En ella, dos amantes hacia la luz del ocaso viajaban,
mientras sus ojos y sus labios, entre suspiros, se besaban.
Tiernamente, muy tiernamente se besaban.

Dos lágrimas pulcras regalaron mis ojos al agua,
porque al respirar el romance, nace también la añoranza.
En un puente de Venecia, en un puente de Venecia...
Yo a ti te recordaba.

Noelia Toribio

jueves, 4 de julio de 2013

La cerveza amarga

 

Basado en un hombre que bebía una cerveza




El calor me hace sudar aunque esté a la sombra, sentado en cualquier terraza de cualquier triste bar del centro de la ciudad. La mesa que he escogido es pequeña, cuadrada y metálica, acompañada por dos sillas enfrentadas. La mitad de la mesa y la silla donde yo me encuentro están en la penumbra. La otra mitad de la mesa y la otra silla brillan al sol con un ardiente resplandor de plata. No ha sido una elección muy adecuada, pero no he tenido más remedio que conformarme con una mesa de dos sillas aunque no tenga acompañante, como todos los días, como en todos los bares, aunque busque nunca encuentro una mesa apropiada para mí, una mesa con una silla.


 



La camarera aparece a mi espalda con la cerveza que he pedido y un cuenco de patatas fritas. Lo deja todo en la mitad en sombra de la mesa y vuelve a entrar en el bar. La espuma se desborda por la jarra y las burbujas de gas bailan en la oscura bebida haciéndola apetecible. La cojo sintiendo el grato contraste entre la fría jarra y mis manos calientes. El primer sorbo también es ligeramente agradable, pero luego la jarra y mis manos adquieren la misma temperatura y mi paladar se acostumbra hasta saborear con indiferencia una cerveza amarga, demasiado amarga.




El sol alcanza su cenit de medio día y el calor aumenta. Los transeúntes van de un lado para otro buscando los rincones con sombra y el asfalto de la carretera quema como una brasa al rojo vivo. La silla de enfrente me mira vacía mientras como patatas en silencio. La cerveza ya está más caliente que fresca, ni siquiera me gusta. Sabe agria, áspera y ácida como la soledad. En un breve vistazo, observó las dos cervezas que reposan en la mesa de al lado, una mesa con dos sillas ocupadas. Son más claras que la mía y también parecen frescas y sabrosas aunque haga calor, porque los que las sostienen beben con avidez entre su conversación y sus carcajadas. Miro al frente con un suspiro y me topo de nuevo con la silla vacía y mi cerveza caliente. La silla parece reírse de mí mientras me mira y la asquerosa y oscura cerveza me recuerda toda la esencia de mi amargura.




No lo soporto más. Pido la cuenta a la camarera en cuanto tengo la oportunidad, pago y me levanto abandonando esa maldita terraza. Mañana, al mediodía, volveré a buscar una mesa con una sola silla y me beberé otra cerveza amarga.




Noelia Toribio