“Porque el amor cuando no muere, mata”
Joaquín Sabina
Debajo de la realidad hay un
mundo místico que apenas se percibe, no porque esté oculto sino porque no se
observa lo suficiente. Es un mundo sumergido en el misterio y es tan etéreo
como los susurros que moran en la brisa, pero no es invisible. Allí todo lo
envuelve un silencio tan profundo que ni siquiera se advierte su presencia, lo
que aleja aún más a este mundo de la realidad, aunque esté muy cerca. Es oscuro
como un cielo nocturno sin luna y abstracto, pues allí no hay líneas ni formas,
pero todo ello no entorpece a su negra y singular hermosura. Este es el mundo
de las Sombras.
Las sombras que moran bajo la
materialidad de las cosas, a los pies de una hormiga, de una flor, de una
piedra en el río, de un árbol, de una montaña, de un edificio que araña el
cielo e incluso a nuestros propios pies. Las sombras se estiran y se encogen
adaptándose a aquello que las sustentan y se desplazan calladas de un ente a
otro en libertad. Durante la noche duermen arropadas en su oscuridad, salvo que
la luna llena o alguna luz perdida las desvele, y al día despiertan para bailar
de nuevo bajo la realidad. Para garantizar su supervivencia solo dos normas
imperan sobre este mundo de las sombras: primero, no te desplaces si no hay
otro ente al que aferrarte y segundo, jamás te acerques a la luz.
Aquí, en este reino de penumbras,
tuvo lugar la historia de una pequeña sombra que existió antes de lo que el
tiempo pueda recordar. La Sombra habitaba a la orilla de un claro de agua oculto
en el corazón de un frondoso bosque, donde las sombras corrían veloces a través
de las hojas, las ramas, las piedras y toda la multitud de elementos que
conformaban aquel inmenso paraje. Si bien la joven Sombra era aún inexperta y
apenas se había movido de los pies del pequeño árbol donde se sustentaba salvo
para correr un poco por las cercanías junto a las demás sombras.
Cuando llegaba la noche dormía en
su oscuridad, como era costumbre, excepto en las noches de luna llena cuando
las sombras se alzaban hacia la luz azulada mientras bailaban sin cesar al son
de la brisa nocturna que agitaba las ramas de los árboles. Cómo adoraba la
Sombra aquellas desveladas noches donde podía disfrutar del brillo de la luna,
tan diferente de su oscura naturaleza. Era ella la que intentaba estirarse lo
máximo posible para poder al menos rozar el reflejo de aquella luz a la orilla
del agua, teniendo
cuidado para no desprenderse de los pies de su pequeño
árbol. La Sombra admiraba y envidiaba la belleza de aquellas luces tenues que
flotaban suspendidas en el aire, independientes de cualquier ente. Ellas podían
vivir con su propio brillo mientras que las sombras solo existían a raíz de los
objetos materiales y de la propia luz. En cuántas noches de aquellas lunas
llenas la Sombra deseó convertirse en uno de esos haces que teñían el agua de
azul. Y cuántas veces repudió el mundo al que pertenecía por mantenerla
prisionera en su oscuridad cuando se daba cuenta de que jamás podría
abandonarlo.
Cada vez que regresaban las
noches de luna llena la Sombra se sentía más desdichada al recordar su
condición, hasta tal punto que en una de aquellas noches se escondió tanto en
su negra amargura que se paralizó. Se quedó estática a los pies de su árbol, sin
desplazarse y sin volver a bailar al ritmo del viento que sacudía las hojas, ni
siquiera en las noches de luz. Era una sombra muerta y carcomida por la pena.
Así pasó el tiempo hasta que un
día sucedió algo que jamás había sucedido antes. Un pequeño pero intenso
resplandor despertó a todas las sombras del claro en una inusual noche de luna
nueva, la más oscura de todas. Aquella luz blanca, tan distinta a la azulada
luz de la luna desconcertó tanto a las sombras que el viento las alborotó a
todas cuando cruzó por el paraje. La Sombra también se desprendió de su sueño
cuando aquel brillo la acarició. Al principio optó por ignorar aquel resplandor
y a las demás sombras, inmóvil como estaba en su inconsolable tristeza. Pero
pronto aquella luz tan especial y el desconcierto de las sombras alentaron su
curiosidad y, aunque por un momento intentó resistirse, acabó abandonando su firme
quietud para descubrir lo que ocurría.
La Sombra se estiró todo lo que
pudo hacia la orilla del claro de agua, de donde procedía el pálido fulgor.
Allí, en el centro de la laguna, un lucero se suspendía levemente en el aire,
casi acariciando el agua que había convertido en plata líquida con su etérea
luz. La Sombra quedó maravillada, jamás había visto una luz tan hermosa y pura como
aquella y aún menos de tan cerca. Era una luz tan delicada, tan radiante que
sobrecogió a la pequeña Sombra desalojando todas sus penas para sustituirlas
por un único deseo: llegar hasta aquel Lucero. A lo largo de la noche las
sombras acabaron por acostumbrarse al nuevo resplandor y dejaron de prestarle
atención, pero la Sombra permaneció estirada hacia la luz, contemplándola con la misma
fascinación durante toda la noche, hasta que se desvaneció poco a poco con las
primeras luces del alba. Cuando llegó el día la Sombra sintió un profundo temor
por que el Lucero no volviera a aparecer y durante toda la jornada se mantuvo
lo más cerca posible de la orilla del agua, esperando a que el Lucero
regresara. Pero no lo hizo. Cuando el cielo oscureció, la Sombra cayó en su
sueño implorando que el Lucero la despertara como la noche anterior. Pero
tampoco ocurrió así.
Desde entonces, la Sombra se
mantuvo alerta durante todos los días, buscando en la laguna el más mínimo
atisbo del Lucero. Cada vez que detectaba un pequeño brillo en el agua se
sobresaltaba ante idea de que fuera él, pero siempre resultaba ser un reflejo
que el sol había dejado caer sobre alguna de las ondas de la laguna. A cada
anochecer, la Sombra se impacientaba más y su miedo por no volver a ver a aquel
Lucero que la había liberado de su infernal letargo crecía desesperadamente…
Una noche, la Sombra despertó ante un resplandor que no había brillado en las
anteriores noches. ¡Ahí estaba el Lucero! Tenía que ser él. La Sombra se movió
más veloz que un rayo hacia la orilla del claro, donde también habían acudido
las demás sombras. Pero su ilusión se desvaneció como el humo cuando vio que
solo se trataba de otra luna llena. La Sombra se envolvió en su tremenda
desesperanza y volvió a acurrucarse a los pies de su árbol, encogiéndose todo
cuanto pudo mientras las demás sombras disfrutaban y bailaban a la luz de la
luna. En otros días la Sombra también habría danzado alegre mientras admiraba
aquella luz azul, sin embargo, ahora le parecía extremadamente pobre e
insignificante comparada con la pureza y el fulgor del Lucero. Oh, el Lucero…
Ya nada había que mereciera la pena para la Sombra que no fuera aquella luz,
pero desgraciadamente jamás regresaría. La tristeza volvió a inmovilizar a la Sombra y esta vez fue tan
honda que creyó que se consumiría de dolor.
Los días y las noches se
sucedieron largos, amargos y vacíos. La Sombra continuaba encerrada en sí
misma, temblando de congoja y perdida en una tempestuosa marea de sentimientos
negativos. Todo carecía de sentido, daba igual si brillaba el sol o la luna, si
el viento agitaba a las sombras o si permanecían tranquilas, si de la laguna se
desprendían o no hermosos reflejos... Nada de lo que pudiera ocurrir arrancaría
la pena de su negro corazón.
La Sombra se despertó una noche
más, como otras tantas. La luz dibujaba su oscura y adoptada silueta de árbol,
pero ella, una vez más, lo ignoró. Después de todo, solo se trataba de otra
luna llena. Sin embargo, pronto notó que el alboroto de las demás sombras del claro
era mayor del habitual, y también tuvo la sensación de que el brillo que la
recortaba era más blanco que el de otras noches… Entonces una chispa de la esperanza
perdida brotó en el vacío de la Sombra y a punto estuvo de correr hasta la
orilla como las demás, pero se contuvo en el último instante. Sabía que si
acudía a la laguna y de nuevo aquella luz no resultaba ser la del Lucero el
golpe del desengaño sería tan fuerte que esta vez no podría soportarlo. Por lo
tanto, antes de moverse la Sombra se concienció de que lo más seguro fuera que
el resplandor no perteneciera al Lucero.
Acudió a la orilla despacio, muy
despacio, repitiéndose una y otra vez que esaluz no era la que ella esperaba
para evitar caer en los brazos de la desilusión. Pero cuando llegó hasta la
laguna la coraza en la que se había enfundado para protegerse se destruyó.
Allí, en el centro de la laguna, el Lucero brillaba sobre el agua incluso más
esplendoroso que la primera vez que lo vio. Apenas podía creerlo, de verdad era
él, su precioso Lucero… La emoción y la alegría sacudieron a la pequeña Sombra,
que se estiró y se estiró para estar lo más cerca posible de aquella hermosa
luz que avivaba su existencia. Durante toda la noche dejó que el resplandor del
Lucero acariciara su densa oscuridad, se deleitó contemplando su ligereza y su
espiritualidad, se empapó de su calidez y admiró su belleza como ninguna otra
sombra lo hizo jamás…
Pero la noche no duró
eternamente, los primeros rayos del amanecer despuntaron mucho más pronto de lo
que la Sombra hubiera deseado y el Lucero comenzó a desvanecerse como lo había
hecho la última vez. El pavor inundó a la Sombra. No podía permitir que el alba
volviera a arrebatarle a su Lucero. ¿Cuánto tiempo tardaría en aparecer de
nuevo? ¿Y si no regresaba nunca más? La sola idea aterraba a la Sombra, pero
¿qué podía hacer ella si estaba anclada a los pies de aquel árbol? La Sombra
cada vez se sentía más nerviosa e impotente mientras observaba como la luz del
Lucero se iba debilitando, y repudió su naturaleza con toda sus fuerzas, y
deseo más que nunca convertirse en luz para seguir al Lucero a dónde quiera que
fuese… Y entonces hizo algo que una sombra jamás debería haber hecho. Se desató
de su ente, de los pies del árbol, para correr por la superficie del agua,
donde no había ningún elemento al que asirse. Se deslizó entre las ondas de la
laguna para llegar hasta el Lucero y no separarse de él nunca más. Pero cuanto
más se acercaba, la luz iba destruyendo lentamente su oscuridad. Sin embargo,
la Sombra ni si quiera se dio cuenta de que su esencia se consumía y continúo
su camino mientras la alegría la embargaba al sentir que cada vez estaba más
cerca del Lucero…
Cuando la Sombra llegó al centro
de la laguna, reducida ya a su mínima expresión, se dejó caer en el ardiente y
reconfortante abrazo del Lucero. En ella ya no había angustia ni dolor ni
miedo, no pensó en la vida ni en la muerte ni en ser sombra o luz. Lo único que
ahora la llenaba era una rebosante y absoluta felicidad. Así, lentamente, la
Sombra desapareció para siempre bajo la luz de su amado Lucero.
Noelia Toribio
Debajo de la realidad hay un mundo místico que apenas se percibe, no porque esté oculto sino porque no se observa lo suficiente. Es un mundo sumergido en el misterio y es tan etéreo como los susurros que moran en la brisa, pero no es invisible. Allí todo lo envuelve un silencio tan profundo que ni siquiera se advierte su presencia, lo que aleja aún más a este mundo de la realidad, aunque esté muy cerca. Es oscuro como un cielo nocturno sin luna y abstracto, pues allí no hay líneas ni formas, pero todo ello no entorpece a su negra y singular hermosura. Este es el mundo de las Sombras.
Las sombras que moran bajo la materialidad de las cosas, a los pies de una hormiga, de una flor, de una piedra en el río, de un árbol, de una montaña, de un edificio que araña el cielo e incluso a nuestros propios pies. Las sombras se estiran y se encogen adaptándose a aquello que las sustentan y se desplazan calladas de un ente a otro en libertad. Durante la noche duermen arropadas en su oscuridad, salvo que la luna llena o alguna luz perdida las desvele, y al día despiertan para bailar de nuevo bajo la realidad. Para garantizar su supervivencia solo dos normas imperan sobre este mundo de las sombras: primero, no te desplaces si no hay otro ente al que aferrarte y segundo, jamás te acerques a la luz.
Aquí, en este reino de penumbras, tuvo lugar la historia de una pequeña sombra que existió antes de lo que el tiempo pueda recordar. La Sombra habitaba a la orilla de un claro de agua oculto en el corazón de un frondoso bosque, donde las sombras corrían veloces a través de las hojas, las ramas, las piedras y toda la multitud de elementos que conformaban aquel inmenso paraje. Si bien la joven Sombra era aún inexperta y apenas se había movido de los pies del pequeño árbol donde se sustentaba salvo para correr un poco por las cercanías junto a las demás sombras.
Cuando llegaba la noche dormía en su oscuridad, como era costumbre, excepto en las noches de luna llena cuando las sombras se alzaban hacia la luz azulada mientras bailaban sin cesar al son de la brisa nocturna que agitaba las ramas de los árboles. Cómo adoraba la Sombra aquellas desveladas noches donde podía disfrutar del brillo de la luna, tan diferente de su oscura naturaleza. Era ella la que intentaba estirarse lo máximo posible para poder al menos rozar el reflejo de aquella luz a la orilla del agua, teniendo
Cada vez que regresaban las noches de luna llena la Sombra se sentía más desdichada al recordar su condición, hasta tal punto que en una de aquellas noches se escondió tanto en su negra amargura que se paralizó. Se quedó estática a los pies de su árbol, sin desplazarse y sin volver a bailar al ritmo del viento que sacudía las hojas, ni siquiera en las noches de luz. Era una sombra muerta y carcomida por la pena.
Así pasó el tiempo hasta que un día sucedió algo que jamás había sucedido antes. Un pequeño pero intenso resplandor despertó a todas las sombras del claro en una inusual noche de luna nueva, la más oscura de todas. Aquella luz blanca, tan distinta a la azulada luz de la luna desconcertó tanto a las sombras que el viento las alborotó a todas cuando cruzó por el paraje. La Sombra también se desprendió de su sueño cuando aquel brillo la acarició. Al principio optó por ignorar aquel resplandor y a las demás sombras, inmóvil como estaba en su inconsolable tristeza. Pero pronto aquella luz tan especial y el desconcierto de las sombras alentaron su curiosidad y, aunque por un momento intentó resistirse, acabó abandonando su firme quietud para descubrir lo que ocurría.
La Sombra se estiró todo lo que pudo hacia la orilla del claro de agua, de donde procedía el pálido fulgor. Allí, en el centro de la laguna, un lucero se suspendía levemente en el aire, casi acariciando el agua que había convertido en plata líquida con su etérea luz. La Sombra quedó maravillada, jamás había visto una luz tan hermosa y pura como aquella y aún menos de tan cerca. Era una luz tan delicada, tan radiante que sobrecogió a la pequeña Sombra desalojando todas sus penas para sustituirlas por un único deseo: llegar hasta aquel Lucero. A lo largo de la noche las sombras acabaron por acostumbrarse al nuevo resplandor y dejaron de prestarle atención, pero la Sombra permaneció estirada hacia la luz, contemplándola con la misma fascinación durante toda la noche, hasta que se desvaneció poco a poco con las primeras luces del alba. Cuando llegó el día la Sombra sintió un profundo temor por que el Lucero no volviera a aparecer y durante toda la jornada se mantuvo lo más cerca posible de la orilla del agua, esperando a que el Lucero regresara. Pero no lo hizo. Cuando el cielo oscureció, la Sombra cayó en su sueño implorando que el Lucero la despertara como la noche anterior. Pero tampoco ocurrió así.
Desde entonces, la Sombra se mantuvo alerta durante todos los días, buscando en la laguna el más mínimo atisbo del Lucero. Cada vez que detectaba un pequeño brillo en el agua se sobresaltaba ante idea de que fuera él, pero siempre resultaba ser un reflejo que el sol había dejado caer sobre alguna de las ondas de la laguna. A cada anochecer, la Sombra se impacientaba más y su miedo por no volver a ver a aquel Lucero que la había liberado de su infernal letargo crecía desesperadamente… Una noche, la Sombra despertó ante un resplandor que no había brillado en las anteriores noches. ¡Ahí estaba el Lucero! Tenía que ser él. La Sombra se movió más veloz que un rayo hacia la orilla del claro, donde también habían acudido las demás sombras. Pero su ilusión se desvaneció como el humo cuando vio que solo se trataba de otra luna llena. La Sombra se envolvió en su tremenda desesperanza y volvió a acurrucarse a los pies de su árbol, encogiéndose todo cuanto pudo mientras las demás sombras disfrutaban y bailaban a la luz de la luna. En otros días la Sombra también habría danzado alegre mientras admiraba aquella luz azul, sin embargo, ahora le parecía extremadamente pobre e insignificante comparada con la pureza y el fulgor del Lucero. Oh, el Lucero… Ya nada había que mereciera la pena para la Sombra que no fuera aquella luz, pero desgraciadamente jamás regresaría. La tristeza volvió a inmovilizar a la Sombra y esta vez fue tan honda que creyó que se consumiría de dolor.
Los días y las noches se sucedieron largos, amargos y vacíos. La Sombra continuaba encerrada en sí misma, temblando de congoja y perdida en una tempestuosa marea de sentimientos negativos. Todo carecía de sentido, daba igual si brillaba el sol o la luna, si el viento agitaba a las sombras o si permanecían tranquilas, si de la laguna se desprendían o no hermosos reflejos... Nada de lo que pudiera ocurrir arrancaría la pena de su negro corazón.
La Sombra se despertó una noche más, como otras tantas. La luz dibujaba su oscura y adoptada silueta de árbol, pero ella, una vez más, lo ignoró. Después de todo, solo se trataba de otra luna llena. Sin embargo, pronto notó que el alboroto de las demás sombras del claro era mayor del habitual, y también tuvo la sensación de que el brillo que la recortaba era más blanco que el de otras noches… Entonces una chispa de la esperanza perdida brotó en el vacío de la Sombra y a punto estuvo de correr hasta la orilla como las demás, pero se contuvo en el último instante. Sabía que si acudía a la laguna y de nuevo aquella luz no resultaba ser la del Lucero el golpe del desengaño sería tan fuerte que esta vez no podría soportarlo. Por lo tanto, antes de moverse la Sombra se concienció de que lo más seguro fuera que el resplandor no perteneciera al Lucero.
Acudió a la orilla despacio, muy despacio, repitiéndose una y otra vez que esaluz no era la que ella esperaba para evitar caer en los brazos de la desilusión. Pero cuando llegó hasta la laguna la coraza en la que se había enfundado para protegerse se destruyó. Allí, en el centro de la laguna, el Lucero brillaba sobre el agua incluso más esplendoroso que la primera vez que lo vio. Apenas podía creerlo, de verdad era él, su precioso Lucero… La emoción y la alegría sacudieron a la pequeña Sombra, que se estiró y se estiró para estar lo más cerca posible de aquella hermosa luz que avivaba su existencia. Durante toda la noche dejó que el resplandor del Lucero acariciara su densa oscuridad, se deleitó contemplando su ligereza y su espiritualidad, se empapó de su calidez y admiró su belleza como ninguna otra sombra lo hizo jamás…
Pero la noche no duró
eternamente, los primeros rayos del amanecer despuntaron mucho más pronto de lo
que la Sombra hubiera deseado y el Lucero comenzó a desvanecerse como lo había
hecho la última vez. El pavor inundó a la Sombra. No podía permitir que el alba
volviera a arrebatarle a su Lucero. ¿Cuánto tiempo tardaría en aparecer de
nuevo? ¿Y si no regresaba nunca más? La sola idea aterraba a la Sombra, pero
¿qué podía hacer ella si estaba anclada a los pies de aquel árbol? La Sombra
cada vez se sentía más nerviosa e impotente mientras observaba como la luz del
Lucero se iba debilitando, y repudió su naturaleza con toda sus fuerzas, y
deseo más que nunca convertirse en luz para seguir al Lucero a dónde quiera que
fuese… Y entonces hizo algo que una sombra jamás debería haber hecho. Se desató
de su ente, de los pies del árbol, para correr por la superficie del agua,
donde no había ningún elemento al que asirse. Se deslizó entre las ondas de la
laguna para llegar hasta el Lucero y no separarse de él nunca más. Pero cuanto
más se acercaba, la luz iba destruyendo lentamente su oscuridad. Sin embargo,
la Sombra ni si quiera se dio cuenta de que su esencia se consumía y continúo
su camino mientras la alegría la embargaba al sentir que cada vez estaba más
cerca del Lucero…Cuando la Sombra llegó al centro de la laguna, reducida ya a su mínima expresión, se dejó caer en el ardiente y reconfortante abrazo del Lucero. En ella ya no había angustia ni dolor ni miedo, no pensó en la vida ni en la muerte ni en ser sombra o luz. Lo único que ahora la llenaba era una rebosante y absoluta felicidad. Así, lentamente, la Sombra desapareció para siempre bajo la luz de su amado Lucero.
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