sábado, 9 de febrero de 2013
El delirio del escritor. Parte 1
"El terror de mis relatos proviene de la densa oscuridad de mi corazón" Edgar Allan Poe
<< La oscura y tenebrosa noche ya hacía tiempo que había aniquilado al último rayo de sol cuando la Sra. Black regresaba de la fascinante fiesta de sociedad que habían organizado los Walters, una de las familias más influyentes de Londres. La Sra. Black se dirigió orgullosa a su carruaje después de despedirse cordial y encantadoramente de la Sra. Walter, pensando, sin lugar a dudas, que su recién entablada amistad sería de gran utilidad para ascender en la escala social londinense. Durante todo el trayecto que hizo desde las empedradas calles del barrio más rico de la ciudad hasta su casa solo fue capaz de pensar en esa idea sin ni tan siquiera percatarse de que el reloj ya había marcado más de las doce.
Lo único que lamentaba la Sra. Black era que su marido no la hubiera acompañado al importante festejo, pues su buena imagen se hubiera visto reforzada con su presencia. El Sr. Black, al contrario que su esposa, era un hombre que rara vez salía de casa, permanecía horas en su estudio ocupándose de sus asuntos sin que le importara nada más ajeno a aquel espacio. Mientras, la Sra. Black siempre iba y venía de un lado para otro, procurando ser invitada a todo acontecimiento de sociedad, ya fuera tomar el té en casa de alguna de sus amigas o acudir a una gran fiesta como a la que había asistido aquella noche, siempre obsesionada con alcanzar la máxima posición social que le fuera posible. Su matrimonio acababa de cumplir una década, y si bien al principio se había tratado de una unión encantadora ahora su matrimonio estaba desgastado y muerto. Sin embargo, esto a la Sra. Black poco o nada le preocupaba…>>
-¡Charles!- mi pluma deja de bailar sobre el papel y levanto la cabeza molestamente sobresaltado. Delante de mí, mi esposa me mira con el ceño fruncido mientras pone sus brazos en jarra. No la he oído entrar por la puerta. -Ya es la quinta vez que te llamo ¡por el amor de Dios!, parece que estás absorbido por tu propia historia cuando escribes- resignado, suelto la pluma dejándola caer sobre el escritorio de madera barnizada. Aún con un pie en la realidad y otro en mi escrito pregunto:
-¿Qué es lo que quieres, querida?
-Que bajes a cenar, la sirvienta ha venido a avisarte pero imagino que a lo mejor ni te has enterado de que tenemos una.
-Enseguida bajo…
-Está bien.
Mi esposa sale del estudio arrastrando su larga falda por la alfombra y cierra la puerta. En el silencio sepulcral que envuelve la estancia me doy cuenta de que la noche ya penetra por la ventana. Es una noche gélida y solitaria, la neblina oculta a la luna y los árboles parecen lamentarse y retorcerse con la sacudida del viento. El reloj de pared marca gravemente las nueve en punto. Casi sin darme cuenta la maquinaria subconsciente de mi cerebro sigue absorta en la historia de la desdichada Sra. Black… Me levanto de mi sillón como una marioneta. La Sra. Black… La Sra. Black… ¿Qué le ocurre después a la Sra. Black? Por fin baja de su carruaje aún con la mente ocupada, tan ocupada que ni siquiera percibe nada más a su alrededor excepto el gélido frío de la noche, sí, siente que esa noche es más escalofriante que cualquier otra pero no se pregunta el motivo, no es consciente de nada, de nada en absoluto.
-¿Sabes qué, Charles?
De repente me doy cuenta de que estoy cenando junto a mi esposa. Ya me he tomado la mitad del pavo sin haberlo saboreado. Levanto la vista hacia mi mujer que se sitúa enfrente de mí, justo al otro lado de la mesa.
-Hoy he tomado el té con la Sra. Brown en su casa y no te imaginas lo descuidada que tenía su sala de estar, ¡por no decir que su servicio ha disminuido enormemente! ¿Y sus prendas? ¡Oh, Dios mío! Parecía una pobre con el bajo de su falda remendado. También estaba la Sra. Brooks, que me contó que los Brown habían malgastado toda su fortuna porque esperaban recibir toda la herencia del anciano padre del Sr. Brown, pero el viejo ha debido dejárselo todo a su hermano, por lo que ahora no pueden pagar sus deudas ¡y están sin un penique!...
La Sra. Black entrará en su casa y mirará la hora del reloj del hall percatándose por primera vez de lo tarde que es. Sí, toda la casa está a oscuras y en silencio, ella piensa que su marido estará dormido. Apenas hay una pizca de temor en sus venas, ni una sola sospecha, solo un leve y extraño presentimiento. Su instinto está atrofiado por el ego de sus pensamientos…
-Charles, ¿me estás escuchando? Digo que no debería volver a dirigirle la palabra a la Sra. Brown, sin duda su mala imagen podría perjudicar la nuestra propia si siguiéramos manteniendo una relación.
Sin apenas oír lo que mi esposa está diciendo me doy cuenta de ya he terminado de cenar. Debo continuar con la historia de la Sra. Black.
-Sí, sí… perdona, querida, pero tengo que subir a mi estudio.
-Pero Charles…
La Sra. Black, la Sra. Black, la Sra. Black corre un grave peligro…
<<… y bajó del carruaje sintiendo el crujir de la nieve bajo sus botas de piel. La Sra. Black cuidó bien de abrigarse el cuello al sentir de inmediato el frío aliento de aquella noche mientras se dirigía hacia la puerta de su casa. Ni una solitaria alma vagaba por las calles, pero ella no encontró nada de extraño en ello, así que abrazándose a sí misma en un intento inútil por sentir más calor caminó aún pensando en la maravillosa fiesta a través de aquella noche tan gélida como la muerte…>>
- …en la sala del piano.
-¿Qué?- mi pluma vuelve a detenerse, lo que me traslada de nuevo a mi corriente estudio. Otra vez encuentro a mi esposa delante de mí sin que la haya percibido entrar en la estancia.
-Digo que si quieres algo estaré en la sala del piano, ya que tú no me escuchas tocaré algo de música.
-Oh, sí, sí, claro, Sra. Black…
-¿Sra. Black…?
Noelia Toribio García
Continúa en El Delirio del escritor. Parte 2
viernes, 1 de febrero de 2013
Luz de Luna
Luz de Luna...
Pureza azul que se desliza
por las celestiales cascadas.
Entre las nubes que de plata tiñe
como un río fluye sin apenas tocarlas.
Luz de Luna...
Tenue fulgor que a la noche cubre
como un tul que tirita cuando el viento canta.
Trémulo baile de azulados haces
que a las tibias mareas sin querer encanta.
Luz de Luna...
Magia que hasta mi ventana desciende
en polvos de brillante porcelana.
La intangible caricia de tu halo azul
de poesía llena mi adormecida alma.
Oh, Luz de Luna...
Qué pobre loco no quedaría
prendado de tu singular hermosura.
Noelia Toribio
Etiquetas:
corto,
luna,
luz de luna,
poesía
miércoles, 16 de enero de 2013
Cortometraje: Esclavos de ciudad
"Dicen que el estrés es un asesino..."
Cristina es una joven y alegre estudiante que lleva una vida como cualquier muchacha de su edad. Sin embargo, pronto se encuentra atrapada en una espiral de estrés y de esclavitud tejida por la ajetreada y desesperante vida que impone la sociedad. De esta forma, Cristina se convierte poco a poco en una chica egoísta y desagradable que solo tiene tiempo de pensar en el programa de las numerosas actividades que tiene que realizar todos los días. Hasta que finalmente, esta forma de vida impuesta haga de Cristina una máquina sin tiempo que dedicar a ella misma ni a los de su alrederor.
Esclavos de ciudad es una metáfora que refleja como el incesante ritmo de vida que se lleva hoy en día acaba consumiéndonos poco a poco sin que nos demos cuenta.
Este proyecto está basado en la historia de "Esclavos de ciudad", un relato que se puede encontrar en este mismo blog. Su realización se ha llevado a cabo gracias a mis compañeras: Soraya Pedrero, Marta Marinero, Paula Zurimendi y Alba Rodríguez.
Etiquetas:
corto,
esclavos de ciudad
sábado, 8 de diciembre de 2012
Por mi anhelo y tu ausencia
Silencio de palabras sepultadas
tras las puertas de los labios taciturnos.
Hondo suspiro del dichoso anhelo
que eterna hace la insufrible espera.
Soledad profunda entre las sábanas
de blanco inmaculado manchado de lágrimas.
Pesar de la amarga ausencia
que lejos de mitigar el recuerdo alienta.
¡Ay!
Amenaza de las fauces abiertas
por las que ruge el monstruo de la tristeza.
Fantasma del miedo que despierta
dejando a la noche en vela.
Dolor profundo que esta noche
en el lecho de mi alma se hospeda.
Y todo por mi dichoso anhelo
y tu amarga ausencia
Todo por mi dichoso anhelo
y tu amarga ausencia...
Noelia Toribio
viernes, 16 de noviembre de 2012
Esclavos de ciudad
Vídeo: Rhapsody in blue
La noche expira disolviéndose en el viejo humo que viste el cielo de la ciudad. Sin embargo, aún no ha desaparecido la última pincelada de la noche cuando mi despertador resuena en mis oídos insistentemente igual que una máquina del infierno: ¡riiiiiing! ¡riiiiiing! ¡riiiiiing…! Un pequeño pájaro que aún tiene el valor de vivir entre estos humos huye despavorido desde el alfeizar de mi ventana. El revoleteo de sus alas suena a libertad lejana.
Todavía medio dormida apago la máquina del infierno y me acurruco entre las sábanas para percibir su calor y su deliciosa suavidad, me siento como un polluelo en su nido, con la calma reposando en cada una de sus plumas… Y así me quedo un minuto, dos, tres, cuatro, cinco… Hasta que al inocente polluelo se le ocurre abrir los ojos para ver el controlado medidor de su tiempo. ¡Mierda! Llego tarde.
La tranquilidad se escurre como el agua entre las manos, las prisas me aprisionan y me convierten en una marioneta de movimientos rápidos y mecanizados. Hago que mis sábanas echen a volar y me incorporo tan veloz como un águila. Qué lástima que este polluelo abandone su nido para volar hacia una jaula.
Rápidamente me dirijo al cuarto de baño para asearme y hacer mis necesidades, después corro hacia mi habitación y me visto en menos de veinte segundos sin mirar apenas lo que me pongo, luego cojo mi carpeta, mi bolso y las llaves y salgo rápidamente por la puerta de casa con un bollo de leche entre los dientes que engullo sin saborear antes de que llegue el ascensor. Monto, doy al cero, espero impacientemente, bajo y salgo por el portal. Todo es mecánico.
El frescor de la mañana me pule la piel del rostro mientras corro hacia la parada del autobús pero apenas soy consciente de ello, no me da tiempo a ser consciente de ello. No sé si el día es frío o cálido, no sé si llueve o arde el sol, todo es imperceptible bajo estos humos de estrés y contaminación que organizan mi tiempo y nublan mi vista.
Al final consigo coger el autobús, incluso el tiempo me concede el lujo de situarme en la cola. Tomo aire mientras escucho el continuado pitido de las tarjetas de autobús que se abrasan en la máquina como si estuvieran en un microondas. No me entusiasma demasiado coger el autobús, pero reconozco que el tiempo que paso en él es el que más dedico a mi misma en todo el día. Llega mi turno, introduzco mi tarjeta en el microondas y saludo al conductor sin ni tan siquiera mirarle, su contestación es apenas un gruñido pero no le presto atención. De hecho, si al volante hubiera estado un perro ni siquiera me habría dado cuenta. Seguro que cualquier día un autobús sufrirá un fatídico accidente porque sus pasajeros no se fijaron en que el conductor había sido sustituido por un animal.
Mi cabeza da vueltas mientras me sumerjo en la grisácea marea de humanos robotizados, esto parece la cámara de gas de un campo de concentración nazi, tranquilamente podrían asesinarnos a todos sin que no nos diéramos ni cuenta. Un hombre trajeado y con el pelo engominado me obsequia con un tremendo pisotón, retengo una exclamación ahogada mientras me fijo en él, pero lejos de pedir una disculpa ni si quiera me dirige una mirada… Después de todo, las máquinas no tienen sentimientos… Las máquinas no tienen sentimientos… Entonces me doy cuenta de que de entre las decenas de personas que estamos atrapadas en las entrañas de este gusano de metal no hay ninguna que esté sonriendo y aquellas que intentan estirar sus comisuras lo hacen meramente por compromiso. En todos se aprecian las arrugas que la falta de tiempo dibuja en sus rostros y consumen la luz de sus ojos; hombres con maletines, mujeres con tacones, estudiantes con sus móviles, niños con sus pesadas mochilas…Todos tienen el rostro color ceniza, todos están contaminados por los humos de la ciudad, todos son iguales entre sí. De repente, me siento incómoda y atrapada en una cárcel en forma de espiral que está hecha con esclavos de la sociedad.
A duras penas consigo hacerme un hueco frente a la ventana para observar algo que no sean esas aterradoras máquinas robotizadas con pinta de humanos. Desde el sucio ventanal observo el escaparate de la sociedad, una película de terror donde todos corren como ovejas. Entonces pienso que podría preguntarme qué es lo que quiero hacer hoy, pero de qué me sirviría... El mundo ha programado nuestras vidas segundo a segundo, me siento como Charles Chaplin en "Tiempos Modernos". Ahora comprendo muy bien a lo que se refería Dámaso Alonso con aquello de “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”… Estamos en la misma categoría que los zombis, ellos son muertos vivientes y nosotros somos vividores muertos…
¡Pi-pi-pi-pi! ¡Pi-pi-pi-pi! ¡Pi-pi-pi-pi! Me sobresalto. La alarma de mi reloj interrumpe mis profundos pensamientos avisándome de ya debería estar entrando en la facultad y eso que aún tengo que pasar por la biblioteca… Los músculos de mi cuerpo se tensan, el estrés colapsa toda comunicación con mi ser racional, me preparo para convertirme de nuevo en máquina, las puertas de acceso de mi mente se cierran a todo pensamiento, a mis electrónicas neuronas ya solo les importa el programa de mis actividades de hoy.
El autobús llega a mi parada, navego entre los caras grises, bajo y echo a correr hacia la biblioteca deslizándome por la interminable espiral de una sociedad llena de ovejas. Todos mis movimientos vuelven a ser mecánicos. Ya he olvidado el pájaro de mi ventana y mis pensamientos, me ahogo en la contaminación urbana sin saber todavía si llueve o hace sol, pero no me importa. Corro veloz por las calles como un ratón de laboratorio por un laberinto. Soy una esclava de la ciudad.
Noelia
Etiquetas:
esclavos de ciudad,
relato,
rutina
viernes, 26 de octubre de 2012
Miedo
Miedo,
vil fantasma que estrangula mi alma
con las cadenas de la incertidumbre,
tu semilla maldita prospera
regada con agua de mis lagunas,
y tu esencia se aferra a mí
como a las ruinas se aferra la yedra.
¡Oh, Miedo!
Cómo alimentas la llama del dolor
de las destempladas noches en vela...
Tus tinieblas ensombrecen las luces
del pensamiento que alumbran mis pasos
y me hacen deambular con ojos de ciego errante
por la siniestra maraña de tus profundidades.
¡Ay, Miedo!
¡Insufrible parásito que me carcome por dentro,
deja ya de chupar la sangre de mi cordura
o juro que tomaré en mi mano el puñal de la locura
y extraeré la vida de mi alma enajenada!
¡Ay, Miedo!
Ay, Miedo...
Cómo aprisionas a los hombres
en jaulas hechas desde sus propios corazones...
Noelia Toribio
miércoles, 29 de agosto de 2012
La libertad se muere
La libertad se muere en la celda del olvido,
con la boca cosida y el alma encadenada.
La libertad se muere en la celda del olvido,
agazapada sobre el yugo del silencio opresivo
con los ojos vendados y el corazón encogido.
La celda, la celda tiene forma de barrotes de ventana
por donde la vida corre y pasa ¡y se desangra!
a través de los ojos que lloran y miran sin ver nada.
El yugo, el yugo tiene ojos de padre enfurecido
que con gritos de demonio encolerizado
acalla los llantos de un aterrorizado niño.
La libertad… ¡Yo soy la libertad esclavizada!
¡que llora y se retuerce y se desgarra!
¡mientras mira como su vida corre y pasa y se desangra…!
Me muero… Me muero en la celda del olvido,
con la boca cosida y el alma encadenada.
Me muero… Me muero en la celda del olvido,
agazapada sobre el yugo del silencio opresivo
con los ojos vendados y el corazón… encogido.
Noelia Toribio
Etiquetas:
esclavitud,
libertad
miércoles, 18 de julio de 2012
Confesiones al mar
Trémulo oro del atardecer liviano
viste de gala el horizonte infinito
y encarna las aguas en reflejos de carmín,
el mar despierta de su sueño diurno
haciendo presencia de su pasión secreta
en el rojo que tiñe su azul y nácar.
Mis labios se encienden en la luz del ocaso,
desde sus purpúreas comisuras
brotan también susurros de mi secreto delirio
que se tornan en versos de sal y espuma
cuando la inquieta marea los arrastra
hacia el profundo corazón de las aguas.
¡Oh inmensidad de océano incendiado!
cuántos suspiros de amor
yacerán en el sepulcro de tus aguas
y teñirán tus olas de sangre escarlata…
Los colores titubean en el horizonte,
la espuma crepita en la cresta de la ola,
la voz del mar murmura en mis oídos,
la brisa marina me abraza el alma.
El mar , en nuestra intimidad,
responde a mi confesión amarga…
Noelia Toribio
Etiquetas:
atardecer,
ausencia,
confesiones,
mar
lunes, 25 de junio de 2012
Versos callados
Versos callados escapan de mis pupilas
desnudos de metáforas y de rimas.
Son versos de aquellos
que vagan entre los susurros del viento
y acarician la piel dejando escalofríos.
Son versos de aquellos
que laten en el corazón del silencio
y alimentan a la melancólica luna.
Versos que mis ojos escriben esta noche,
esta noche tibia, débil, callada,
donde la locura se vuelve más loca,
donde la tristeza se vuelve más amarga...
Versos que pasan a tu vera, mientras hablas.
Versos que te acarician, pero no te hacen sentir nada.
Versos que no encuentran la puerta secreta de tu alma.
La noche está tibia, débil, callada...
Te miro, y mis ojos te lloran versos
mientras dices que no digo nada.
Noelia Toribio
jueves, 7 de junio de 2012
En el cuarto de baño
Comienzo a desnudarme con la esperanza de sentirme más ligera porque mi ropa, más que ropa, parece una armadura de una tonelada. Sin embargo, pronto me doy cuenta de que no es mi ropa lo que pesa, sino el cansancio, que se ha permitido el capricho de construir su casa sobre mis hombros descubiertos. Dicen que el estrés es un asesino, pero yo digo que el asesino son tus propios pensamientos.
Arrebujo toda la ropa y la tiro sobre los azulejos del cuarto de baño, por un momento me pregunto si la maraña de mis pensamientos será igual que ese tumulto. Mi cabeza es una pelota de camisetas y pantalones enrollados entre sí, la camiseta piensa que su manga es una pata del pantalón, y el pantalón piensa que su pata es la manga de la camiseta.
Sacudo la cabeza intentando que las prendas se aclaren y suspiro apesadumbrada. Después, miro mi cuerpo desnudo en el espejo, parece que alguien me ha recortado como a las curvas de una carreta. Y de repente me doy cuenta de que ya no soy una niña, no por mi cuerpo, sino por mis ojos. Mis ojos que me devuelven una mirada cargada de pena, de confusión, de desolación, de pesar, de miedo… De verdad que esta mirada no puede ser la de una niña, los ojos de un niño, aunque lloren, parece que van a comerse el mundo… Mi alma también está desnuda en el espejo.
Por fin me meto en la bañera, doy al grifo y hago que el agua salga por la alcachofa a toda potencia. Me lleva unos segundos regular la temperatura, pero cuando siento que el agua supera los 36 grados no dudo en esconderme en el interior de la pequeña cascada. El agua caliente me pone la carne de gallina, después todos mis músculos se relajan al instante mientras el agua barre la suciedad del agotamiento. Procuro mojarme bien la cabeza con la absurda esperanza de que también mis pensamientos se cuelen por el desagüe, pero al final lo único que consigo es que mi cabello se vuelva tremendamente pesado. Parece la cota de malla de la armadura del cansancio, ahora mismo hasta siento que podría romperme el cuello. Si abro los ojos, solo veo la oscuridad de mi pelo, intento apartarlo de mi vista pero mis brazos no tienen fuerza para levantarse, cuando absolutamente todo se ve negro poco se puede hacer…
Me siento débil, muy débil, mi cuerpo es una marioneta desnuda a la que le han cortado los hilos. Tengo la impresión de que me desplomaré de un momento a otro y, en efecto, tras taponar bañera me caigo tropezando con mis propios pensamientos. Veo el trascurso del tiempo observando cómo el agua aumenta de nivel, es tan invisible, tan imperceptible… Si me quedara dormida en la bañera quizás al despertarme descubriría que mi cuerpo ya se ha marchitado, así, sin avisar. Mis pensamientos por el contrario ya han envejecido, soy la joven más vieja de la historia.
Cuando la bañera se llena del todo apago el grifo con la punta del pie, entonces, todo se queda en el más absoluto silencio. Es el silencio de la soledad, únicamente perturbado por mi mente muda y la caricia de un par de rayos de luna que se filtran por la ventana. Así, en el silencio, contemplo mi cuerpo a medio estirar. Las gotas de agua resbalan por mi piel como si fuera una muñeca de plástico, me pregunto qué aspecto tendrían mis pensamientos si se encarnaran en un cuerpo.
Y allí me quedo, desnuda, en silencio, conmigo misma, mientras mis pensamientos me asesinan lentamente ahogándome en el baño de mis divagaciones.
Noelia Toribio
Etiquetas:
cuarto de baño,
relato,
soledad,
tristeza
domingo, 3 de junio de 2012
A través de la Luna
Microcuetno finalista de la III edición del COncurso de Cuentos Bólido (Valladolid)
He descubierto los pañuelos que mi abuela utilizaba para cubrir su cabeza enferma. Estaban ocultos en el trastero entre trastos inútiles. El rostro de mi abuela era como una luna, quizás por eso tenía el poder mágico de leer los subtítulos escondidos en sonrisas que parecían felices, sonrisas como la mía... La luna brilla. Buenas noches, abuela.
Etiquetas:
luna,
microrelato
Suscribirse a:
Entradas (Atom)











