lunes, 9 de marzo de 2015

En algunas noches de algunos domingos



En algunas noches de algunos domingos
la melancolía halla en mi espalda una escalera
que se esconde por debajo de mi piel
como el secreto que da luz a mi vulnerabilidad.


Y trepa desde el olvido la melancolía
hasta el refugio donde duermen sombríos pensamientos
que se abren como las flores entre la neblina
de los últimos amaneceres que escribe el invierno.


No puedo evitarlo.


A pesar de los grandes progresos
y el repudio de la constante tristeza de mis versos,
de vez en cuando, en algunos domingos,
la melancolía desliza un recuerdo por mi mejilla.


Pero no te preocupes.


Solo sucede de vez en cuando,
en algunas noches de algunos domingos,
cuando me traiciona la poesía.



Noelia Toribio

#Versato

sábado, 7 de marzo de 2015

Corte de pelo



Todo cambio comienza por algo insignificante


Sentada en el tocador de una peluquería
mis hombros cargan con los kilos de mi melena empapada
de autocensuras y miedos alimentados de delirios
que se prolongan hasta las puntas abiertas por la melancolía


-¿Solo estas puntas?- pregunta la inocente peluquera.
-Ni hablar- respondo
 -Córtame el pelo por encima de la nuca.


Luego siento el frío beso de la tijera sobre mi cuello
y la adrenalina no espera a erizar toda mi piel
mientras me deleito en la melodía de los gritos de mis cabellos
que se retuercen con horror entre los dos filos.


-¿Estás segura?-pregunta la inocente peluquera.
Me miro a los ojos en el espejo.
y sonrío


-Sí


Y sé que en ese sí se esconde el origen
de toda mi libertad.



Noelia Toribio


miércoles, 25 de febrero de 2015

Alegría



Quiero desvanecerme a las orillas de un paisaje
de ojos verdes y piel canela
vestida con las plumas de miles de flamencos
y el aire cálido del desierto.


Quiero ver el ilusorio baile de unos cabellos
rizados en tinta negra
a lomos de una libre y salvaje cabalgadura
domada por la belleza.


Quiero admirar cómo el agua pinta tu cuerpo
de siete colores azules
que ondean entre la claridad de los reflejos
que te dibujan las nubes.


Quiero llorar cuando se caiga el naranja del Sol
y el cielo se llene de sonrisas
cosidas por las alas blancas de las aves
que vuelan en estampida.


Quiero...
Quiero desvanecerme a las orillas de un paisaje
de hermosura y de misterios
para escapar del frío y del metal y de los miedos...
De la melancolía de mis inviernos.


Noelia Toribio

domingo, 15 de febrero de 2015

Los versos están hablando


Shhh...
 Silencio
Los versos están hablando.
Shhh...
Silencio.


Siento su murmullo detrás de mis párpados,
en cada hueco entre pestaña y pestaña
resuena el débil eco de una tenue palabra.

Shhh...
Silencio
Los versos están hablando.
  

Y se estiran como las plumas de un hermoso pájaro,
un ala azul parte de cada uno de mis párpados
y con cualquier pestañeo salen versos volando.


Shhh...
Escucha
Los versos están hablando.


Antes de que el papel se manche de tinta,
antes de que una rima asome en mi lengua,
antes de que la inspiración silbe en mi oído.

  
Mírame a los ojos
y
escucha.
  

Shhh...
Silencio
Los versos ya están hablando.



Noelia Toribio

jueves, 12 de febrero de 2015

Equilibrismos

Imagen: Desencuentros y Desaguisados

Me atreví a hacer equilibrismos
sobre un hilo demasiado fino y demasiado alto,
apenas prendido de la duda de tus manos
a cincuenta metros sobre la luna.
 

Y sé bien que fue una locura
jugar a ser una célebre y etérea  funambulista,
 con mi inexperiencia y mis pies demasiado grandes,
con mi torpeza experta y mi inocencia ciega.
 

Y sé bien que fue una locura
caminar sobre los dedos de tu cuerda floja
 (demasiado floja),
sin red, sin arnés ni instrumentos de equilibrio,
solo gritando alto y mirando hacia arriba.
 

Y sé bien que era inevitable la caída,
Y vaya que si el golpe fue duro y doloroso y duradero
(No siempre se cae uno desde una altura
de cincuenta metros sobre la luna).
 

Pero también sé lo que se siente ahí arriba,
al acariciar con tu piel los comienzos de la noche,
al dejar que el halo de una estrella te pinte la espalda,
al volar sin cables ni miedos y con libertad.
  

Algo que tú no sabrás jamás.
Porque creo que no te atreviste a dar ni un paso,
a pesar de que la cuerda que tejían mis manos
era más firme y  más ancha y más segura.
 

Y si lo diste, lo diste mirando hacia abajo
y con un arnés hasta en los dientes.

Noelia Toribio

lunes, 9 de febrero de 2015

Ilusiones perdidas


A través de mi ventana observo cinco globos prendidos de las espinosas ramas de unos árboles. Sin duda se trata de una alianza de ilusiones perdidas liderada por un globo verde, al que siguen otros dos del mismo color, uno azul y otro rosa. A su lado, el viento agita un pellejo inerte de goma. Un compañero caído en la dura batalla frente al desengaño. Una ilusión desdichada que ya no tiene salvación.



Los globos se agitan y se enredan con la ventisca invernal, que grita enfurecida. Su desesperación por huir de este mundo humano de desencantos crece al ritmo con el que la luz pinta el cielo de sangre. Sin embargo, los largos dedos de los árboles frustran una y otra vez su anhelo de escapar en la libre cabalgadura del viento.


Al caer la noche vuelvo a asomarme por la ventana y descubro que el legendario combate continua. Los globos luchan por volar hacia el cielo mientras las crueles ramas insisten en mantenerlos en tierra y me pregunto por qué no les permiten marchar a un lugar mejor…


Entonces pienso que tal vez los árboles no sean tan despiadados después de todo. Quizá solo quieren que un niño vuelva a creer en los Reyes Magos o que alguien que ha sufrido no renuncie al amor. Quizá solo intentan mantener esas ilusiones antes de que se conviertan en pellejos y devolverlas al pobre desgraciado que haya cometido el estúpido error de perderlas.


Noelia Toribio

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Descripción de un buen poema

Imagen de Revista Letras Simbólicas


Un buen poema es ese en el que los primeros versos
juguetean contigo entre sus consonantes y sus vocales
atrapándote en un susurro envolvente que te aprieta
y consigue que no apartes ya tus ojos de ese par de versos
y quieras más.


Según se desliza el poema por ti se dilatan tus pupilas
y tu respiración se acorta y se acelera en un vaivén
de olas que vuelven los versos cada vez más intensos
y tu boca se entreabre encandilada por palabras que te hablan
y quieres más.


Entonces llega ese último verso que culmina el entramado
perfecto de sensaciones que se diluyen en la maravilla
de las palabras que ahora escriben dentro de ti
y se transforman en una exclamación onomatopéyica
que sale de tu boca,
o en un suspiro...


¿Quién dijo que la poesía no da placer?



Noelia Toribio

jueves, 20 de noviembre de 2014

#Versato 2. Autorretrato




Acércate...


Acerca los ojos de lluvia marchita
que ensucian tu pañuelo.
Acerca esas mejillas desteñidas
por el río de tus desvelos.
Acerca la boca de luna torcida
que encierra tu lamento.


Acércate...


Con mi pincel...


Llenaré esos ojos de miles de mariposas
hechas de hilo blanco.
Pintaré tus mejillas del color de las rosas
que alegran los campos.
Colorearé tus labios de la acuarela roja
que aviva los cuadros.


Acércate...


Acércate al espejo,
que yo me pintaré la sonrisa.





Noelia Toribio

martes, 18 de noviembre de 2014

Era 24 de diciembre

Era 24 de diciembre, por la noche. Un desierto blanco cubría las calles y las carreteras de una nieve inmaculada que solo yo desvirgaba con el sello de mis huellas descalzas. Mis botas habían acabado de desintegrarse aquella misma mañana y por más que había rebuscado otras entre la basura no había conseguido encontrarlas. Pero andar con los pies congelados era un detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.


Aquella era la segunda Noche Buena que pasaba en la calle. La noche más terrorífica y bella de todo el año, en la que parecía que todos habían desaparecido de la faz de la tierra. Me gustaba pasear por la ciudad aquella noche, con la exquisita compañía de la nieve y las luces navideñas que la iluminaban de colores y recuerdos… Hasta que el maldito olor de un jugoso asado se burló de mi nariz y despertó al monstruo de mi estómago. Aquello me recordó irónicamente que mis compañeros me esperaban para nuestra cena de Noche Buena. Así que me encaminé hacia el puente, no sin echar antes un último vistazo a aquel paisaje desolado y hermoso de luces de colores, calles congeladas y voces inexistentes.


.     .     .
 


Tras arrebañar bien la última lata de conserva la conversación y las carcajadas tomaron el protagonismo junto con los rugidos de algún que otro estómago que no había quedado saciado del todo. La verdad es que se estaba bien ante el calor de la lumbre improvisada que habíamos preparado bajo el techo de nuestro puente, aunque mis pies aún seguían helados. Pero aquello era un detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.


Yo todavía estaba sumergido en el recuerdo y en la belleza de la fría calle por la que había paseado cuando noté que mis compañeros tenían sus pequeños y enrojecidos ojos puestos en mí.

-Perdonadme, ¿decíais algo?- murmuré.

- Sí, compañero, te decíamos que nos contarás alguna historia… Una historia…, ya sabes, de esas que tú te inventas, de esas que escribías- respondió mi elocuente colega.

Mi reputación de escritor siempre  me precedía con mis amigos vagabundos. Eran el mejor público que había tenido nunca. Escuchaban siempre sin respirar y con atención los relatos y versos que mi mente de escritor fracasado aún tejía en los suburbios de aquella ciudad cruel y fría. Jamás podría haber negado a un público tan maravillo una petición como aquella.

-De acuerdo, está bien- sonreí a través de mi raída bufanda.


Mis compañeros se acercaron más a mí caminando con sus nalgas envueltas en mantas. Me recordaron a los siete enanitos de Blancanieves. A aquello habían quedado reducidos esos hombres entre los que había abogados, médicos o filólogos a los que el mundo había tratado mal, como a tantos otros.


Cuando todos se acomodaron (solo les faltaban las palomitas) comencé mi relato sin mayor demora que la que me llevó envolver mejor los pies en mi sucia manta. Aunque de poco me serviría eso para calentarlos, pero era un detalle sin importancia. Ya estaba acostumbrado…


.     .     .
 


Miss Acacia, de Larbesta (DeviaArt)

Ella era una ciudad en invierno. Aunque creo que no siempre fue así, no… Y a pesar de todo ello, a pesar de ser fría como el hielo, era una gran artista, desconocida, pero una gran artista. Yo iba a verla cantar y bailar cada viernes a aquel garito de poetas donde solo se escuchaba  hablar de melancolía y existencialismo alcoholizado en un constante murmullo que atravesaba las paredes del local… Hasta que ella salía a escena. Entonces todas las voces se silenciaban y todos los pares de ojos dirigían la mirada hacia el pequeño tablado que se iluminaba de cálidas luces rojizas y anaranjadas. Su figura surgía a través de una misteriosa cortina y avanzaba hasta el micrófono envuelta en su vestido rojo. En ese momento, una música alegre rompía el apesadumbrado ambiente de aquel lugar y su boca pintada de carmesí se abría en una pícara sonrisa para empezar a entonar una divertida canción al ritmo al que se movían los pliegues de su vestido… Sobre el escenario era pura alegría e inocencia, una luz sobre el oscuro y homogéneo público entre el que yo me encontraba. Era la Coco Chanel que cantaba Qui qu'a vu Coco? en el cabaret para pagarse un plato de comida.



Cuando la función terminaba, aquella cortina se la llevaba igual que la había traído, como un truco de magia. Pero yo era el afortunado que sabía donde se escondía verdaderamente la paloma antes de salir de la chistera. Después de terminar la copa yo salía del garito y caminaba hacia la parte trasera del edifico donde una puerta oxidada me daba acceso a un cruel paraíso por el precio de cuatro golpes seguidos en la entrada. Ella la abría y subíamos por unas empinadas escaleras hasta el cuartucho donde se preparaba para el espectáculo. Allí las luces de su espejo era frías y teñían su piel y sus labios de azul, incluso su vestido parecía más morado que rojo. Su boca volvía a estar cerrada y seria, siempre cerrada y seria. Allí es donde me daba cuenta de que la felicidad y el calor del escenario eran una bella máscara.


Ella me cautivaba y yo la amaba nada más que por eso. Entre las ondas de su cabello negro se perdían los problemas y las deudas que me asfixiaban. Ella y aquel cuarto eran un limbo alejado de cualquier otro mundo, y ella me dejaba formar parte de él sin más. Ella dejaba que la hablara, que la contemplara y que la amara cada una de esas noches. Aún no sé muy bien por qué. Sin embargo, ella no permitía que una pizca de mi calor entrará en su pecho. Toda ella era una fortificación, una ciudad amurallada que no dependía de nadie más que de sí misma. Una mujer que se autoabastecía para sobrevivir y se protegía para no ser dañada. Una ciudad cruel, una ciudad de hielo en la que la nieve azotaba a todo aquel que se atreviera a recorrer sus calles. Una ciudad contaminada y desgraciada en la que el dolor había cerrado cada puerta y apagado cada llama.


Supongo que siempre me ha gustado caminar sobre la nieve.


Al amanecer regresaba a mi casa esperando que aún no me hubieran desahuciado, y aguardaba al próximo viernes para volver a verla. Y allí estaba, cada semana, con su vestido rojo y su preciosa máscara. Con su falsa y pícara sonrisa y su gracioso baile. Con sus cálidas luces rojizas y anaranjadas. Con su inocencia marchita y su felicidad quebrada…


Era una gran artista, era una gran actriz.


Al acabar la función yo regresaba a la frialdad de su cobijo y acariciaba su piel azul y la boca que en escena había sido roja. Abrazarla era como abrazar el viento helado que corría las por calles de un día de invierno. Mientras, ella se mantenía fría, dolida y cruel como la mejor de las ciudades. No importaba lo que yo, un pobre vagabundo, hiciera para resucitar su verano. Estaba claro que antes de que yo llegara al interior de su ciudad una ventisca mucho más poderosa lo había arrasado y congelado todo. En ella yo solo era la triste llama de un mechero que apaga el invierno. Supongo que con eso me bastaba.


Aquel viernes 24 de diciembre por fin me echaron de casa. Era algo que sabía que sucedería, pero aún así el pánico me envolvió al verme vagar por las calles de aquella ciudad fría y despiadada. Corrí hasta la puerta oxidada en busca de aquel limbo donde los problemas esperaban a la puerta, pero nadie contestó a mis cuatro golpes. Insistí, insistí varias veces y la llamé desesperado, pero no hubo respuesta. También me habían desahuciado de mi cruel paraíso. Fui hasta la puerta principal del garito y pregunté por ella, pero nadie sabía dónde estaba…


Se había marchado. Había desaparecido con sus maletas llenas de independencia y su pecho helado.


Ese día, caminé solo y desesperado por el desierto blanco que cubría de nieve las calles y las carreteras. Era un noche terrorífica. Pero entonces alcé la vista hacia las luces navideñas y también me pareció una noche bella… Y la calma me invadió, y de repente me sentí cautivado al igual que cuando visitaba el limbo. La veía cantar y bailar en esas luces navideñas, en ese artificio dulce y falso de colores mientras su fría y verdadera esencia me congelaba en la acera de aquella ciudad helada.


Ya por entonces sentía los pies fríos, pero aquello era un detalle sin importancia, creo que ya estaba acostumbrado. Después de todo, aquella noche estaba con ella, en aquel engaño de luces navideñas y  calles congeladas. Aquella noche estaba dentro de su ciudad helada. 


Noelia Toribio 

viernes, 14 de noviembre de 2014

Cadáver exquisito




La mañana, resurgir de la esperanza,
cuando el beso se convirtió en añoranza
y las caricias se perdieron en el recuerdo
que inunda mis ojos de lunas perdidas,
de lágrimas secas, viejas heridas
de paraguas rojos, hijas malparidas,
en mitad de la tormenta, un grito de auxilio
que evapora las nubes tempranas del mediodía.




El cadáver exquisito es una técnica que empleaban los surrealistas para crear poemas conjuntos, entre distintos poetas. Este lo creamos ayer entre Rebeca Pasalodos, Marta Marinero, Paula Zurimendi y Noelia Toribio.

martes, 11 de noviembre de 2014

#Versato 1. Poema a una avenida gris

Esta es mi primera colaboración con #Versato, un grupo de jóvenes poetas de diferentes ciudades de España. Cada semana elegimos una imagen y nos inspiramos en ella para crear maravillosos poemas. Aquí está el primero de ellos.


@VersatoPoesía




Soy el polvo que viste
el cielo triste de un día de invierno.
Soy la avenida gris
por donde pasean los viejos recuerdos.
Soy la sábana del fantasma
que cubre el alma y el firmamento.
Soy el charco helado
que ha salpicado la lluvia como espejo.
Soy en esta arista
la luz marchita que maltrata el viento,
la luz muerta que arrastra
el gris escarcha por mis pensamientos.


Pero tal vez no debería ser así...


Tal vez la bombilla
por una vez debería dejarse de lamentos
y alumbrar esta avenida
(más muerta que viva)
con un desfile de brillantes destellos.


Porque al fin y al cabo...


Al fin y al cabo es tan fácil como dejarse de versos y dar al interruptor.





Noelia Toribio

viernes, 7 de noviembre de 2014

Hay noches...


Hay noches en las que el alma
conversa con el Tiempo
y el Tiempo se olvida de interrumpir
los pensamientos del alma.


Hay noches en las que se recuerdan
otras noches lejanas
que ahora permanecen el la misma caja
donde se arrojan los sueños.


Hay noches en las que el espejo
de la Luna nos delata
y revela a nuestros ojos con sus ojos
que la soledad está cercana.


Hay noches en las que el silencio
no habla, grita
y el vendaval de su eco desentierra
historias que se hallaban escondidas.


Hay noches que se escriben solas
y se borran cuando llega el alba.


Pero de momento...
El alma conversa con el Tiempo
y el Tiempo se olvida de interrumpir
los pensamientos del alma.



Noelia Toribio