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miércoles, 24 de diciembre de 2014
Descripción de un buen poema
Un buen poema es ese en el que los primeros versos
Según se desliza el poema por ti se dilatan tus pupilas
Entonces llega ese último verso que culmina el entramado
¿Quién dijo que la poesía no da placer?
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jueves, 20 de noviembre de 2014
#Versato 2. Autorretrato
Acércate...
Acerca los ojos de lluvia marchita
que ensucian tu pañuelo.
Acerca esas mejillas desteñidas
por el río de tus desvelos.
Acerca la boca de luna torcida
que encierra tu lamento.
Acércate...
Con mi pincel...
Llenaré esos ojos de miles de mariposas
hechas de hilo blanco.
Pintaré tus mejillas del color de las rosas
que alegran los campos.
Colorearé tus labios de la acuarela roja
que aviva los cuadros.
Acércate...
Acércate al espejo,
que yo me pintaré la sonrisa.
Noelia Toribio
martes, 18 de noviembre de 2014
Era 24 de diciembre
Era 24 de diciembre, por la noche. Un desierto blanco cubría
las calles y las carreteras de una nieve inmaculada que solo yo desvirgaba con
el sello de mis huellas descalzas. Mis botas habían acabado de desintegrarse
aquella misma mañana y por más que había rebuscado otras entre la basura no
había conseguido encontrarlas. Pero andar con los pies congelados era un
detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.
Aquella era la segunda Noche Buena que pasaba en la calle. La
noche más terrorífica y bella de todo el año, en la que parecía que todos
habían desaparecido de la faz de la tierra. Me gustaba pasear por la ciudad
aquella noche, con la exquisita compañía de la nieve y las luces navideñas que
la iluminaban de colores y recuerdos… Hasta que el maldito olor de un jugoso
asado se burló de mi nariz y despertó al monstruo de mi estómago. Aquello me
recordó irónicamente que mis compañeros me esperaban para nuestra cena de Noche
Buena. Así que me encaminé hacia el puente, no sin echar antes un último vistazo
a aquel paisaje desolado y hermoso de luces de colores, calles congeladas y
voces inexistentes.
. .
.
Tras arrebañar bien la última lata de conserva la
conversación y las carcajadas tomaron el protagonismo junto con los rugidos de
algún que otro estómago que no había quedado saciado del todo. La verdad es que
se estaba bien ante el calor de la lumbre improvisada que habíamos preparado bajo
el techo de nuestro puente, aunque mis pies aún seguían helados. Pero aquello
era un detalle de poca importancia, ya estaba acostumbrado.
Yo todavía estaba sumergido en el recuerdo y en la belleza de
la fría calle por la que había paseado cuando noté que mis compañeros tenían
sus pequeños y enrojecidos ojos puestos en mí.
-Perdonadme, ¿decíais algo?- murmuré.
- Sí, compañero, te decíamos que nos contarás alguna historia… Una historia…, ya sabes, de esas que tú te inventas, de esas que escribías- respondió mi elocuente colega.
Mi reputación de escritor siempre me precedía con mis amigos vagabundos. Eran el mejor público que había tenido nunca. Escuchaban siempre sin respirar y con atención los relatos y versos que mi mente de escritor fracasado aún tejía en los suburbios de aquella ciudad cruel y fría. Jamás podría haber negado a un público tan maravillo una petición como aquella.
-De acuerdo, está bien- sonreí a través de mi raída bufanda.
Mis compañeros se acercaron más a mí caminando con sus nalgas
envueltas en mantas. Me recordaron a los siete enanitos de Blancanieves. A
aquello habían quedado reducidos esos hombres entre los que había abogados,
médicos o filólogos a los que el mundo había tratado mal, como a tantos otros.
Cuando todos se acomodaron (solo les faltaban las palomitas)
comencé mi relato sin mayor demora que la que me llevó envolver mejor los pies
en mi sucia manta. Aunque de poco me serviría eso para calentarlos, pero era un
detalle sin importancia. Ya estaba acostumbrado…
. .
.
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| Miss Acacia, de Larbesta (DeviaArt) |
Ella era una ciudad en invierno. Aunque creo que no siempre fue así, no… Y a pesar de todo ello, a pesar de ser fría como el hielo, era una gran artista, desconocida, pero una gran artista. Yo iba a verla cantar y bailar cada viernes a aquel garito de poetas donde solo se escuchaba hablar de melancolía y existencialismo alcoholizado en un constante murmullo que atravesaba las paredes del local… Hasta que ella salía a escena. Entonces todas las voces se silenciaban y todos los pares de ojos dirigían la mirada hacia el pequeño tablado que se iluminaba de cálidas luces rojizas y anaranjadas. Su figura surgía a través de una misteriosa cortina y avanzaba hasta el micrófono envuelta en su vestido rojo. En ese momento, una música alegre rompía el apesadumbrado ambiente de aquel lugar y su boca pintada de carmesí se abría en una pícara sonrisa para empezar a entonar una divertida canción al ritmo al que se movían los pliegues de su vestido… Sobre el escenario era pura alegría e inocencia, una luz sobre el oscuro y homogéneo público entre el que yo me encontraba. Era la Coco Chanel que cantaba Qui qu'a vu Coco? en el cabaret para pagarse un plato de comida.
Cuando la función terminaba, aquella cortina se la llevaba
igual que la había traído, como un truco de magia. Pero yo era el afortunado
que sabía donde se escondía verdaderamente la paloma antes de salir de la
chistera. Después de terminar la copa yo salía del garito y caminaba hacia la
parte trasera del edifico donde una puerta oxidada me daba acceso a un cruel
paraíso por el precio de cuatro golpes seguidos en la entrada. Ella la abría y
subíamos por unas empinadas escaleras hasta el cuartucho donde se preparaba
para el espectáculo. Allí las luces de su espejo era frías y teñían su piel y
sus labios de azul, incluso su vestido parecía más morado que rojo. Su boca
volvía a estar cerrada y seria, siempre cerrada y seria. Allí es donde me daba
cuenta de que la felicidad y el calor del escenario eran una bella máscara.
Ella me cautivaba y yo la amaba nada más que por eso. Entre
las ondas de su cabello negro se perdían los problemas y las deudas que me
asfixiaban. Ella y aquel cuarto eran un limbo alejado de cualquier otro mundo,
y ella me dejaba formar parte de él sin más. Ella dejaba que la hablara, que la
contemplara y que la amara cada una de esas noches. Aún no sé muy bien por qué.
Sin embargo, ella no permitía que una pizca de mi calor entrará en su pecho.
Toda ella era una fortificación, una ciudad amurallada que no dependía de nadie
más que de sí misma. Una mujer que se autoabastecía para sobrevivir y se
protegía para no ser dañada. Una ciudad cruel, una ciudad de hielo en la que la
nieve azotaba a todo aquel que se atreviera a recorrer sus calles. Una ciudad
contaminada y desgraciada en la que el dolor había cerrado cada puerta y
apagado cada llama.
Supongo que siempre me ha gustado caminar sobre la nieve.
Al amanecer regresaba a mi casa esperando que aún no me
hubieran desahuciado, y aguardaba al próximo viernes para volver a verla. Y
allí estaba, cada semana, con su vestido rojo y su preciosa máscara. Con su
falsa y pícara sonrisa y su gracioso baile. Con sus cálidas luces rojizas y
anaranjadas. Con su inocencia marchita y su felicidad quebrada…
Era una gran artista, era una gran actriz.
Al acabar la función yo regresaba a la frialdad de su cobijo
y acariciaba su piel azul y la boca que en escena había sido roja. Abrazarla era
como abrazar el viento helado que corría las por calles de un día de invierno.
Mientras, ella se mantenía fría, dolida y cruel como la mejor de las ciudades.
No importaba lo que yo, un pobre vagabundo, hiciera para resucitar su verano.
Estaba claro que antes de que yo llegara al interior de su ciudad una ventisca
mucho más poderosa lo había arrasado y congelado todo. En ella yo solo era la
triste llama de un mechero que apaga el invierno. Supongo que con eso me
bastaba.
Aquel viernes 24 de diciembre por fin me echaron de casa. Era
algo que sabía que sucedería, pero aún así el pánico me envolvió al verme vagar
por las calles de aquella ciudad fría y despiadada. Corrí hasta la puerta
oxidada en busca de aquel limbo donde los problemas esperaban a la puerta, pero
nadie contestó a mis cuatro golpes. Insistí, insistí varias veces y la llamé
desesperado, pero no hubo respuesta. También me habían desahuciado de mi cruel
paraíso. Fui hasta la puerta principal del garito y pregunté por ella, pero
nadie sabía dónde estaba…
Se había marchado. Había desaparecido con sus maletas llenas
de independencia y su pecho helado.
Ese día, caminé solo y desesperado por el desierto blanco que
cubría de nieve las calles y las carreteras. Era un noche terrorífica. Pero
entonces alcé la vista hacia las luces navideñas y también me pareció una noche
bella… Y la calma me invadió, y de repente me sentí cautivado al igual que
cuando visitaba el limbo. La veía cantar y bailar en esas luces navideñas, en
ese artificio dulce y falso de colores mientras su fría y verdadera esencia me
congelaba en la acera de aquella ciudad helada.
Ya por entonces sentía los pies fríos, pero aquello era un
detalle sin importancia, creo que ya estaba acostumbrado. Después de todo,
aquella noche estaba con ella, en aquel engaño de luces navideñas y calles congeladas. Aquella noche estaba
dentro de su ciudad helada.
Noelia Toribio
viernes, 14 de noviembre de 2014
Cadáver exquisito
La mañana, resurgir de la esperanza,
cuando el beso se convirtió en añoranza
y las caricias se perdieron en el recuerdo
que inunda mis ojos de lunas perdidas,
de lágrimas secas, viejas heridas
de paraguas rojos, hijas malparidas,
en mitad de la tormenta, un grito de auxilio
que evapora las nubes tempranas del mediodía.
El cadáver exquisito es una técnica que empleaban los surrealistas para crear poemas conjuntos, entre distintos poetas. Este lo creamos ayer entre Rebeca Pasalodos, Marta Marinero, Paula Zurimendi y Noelia Toribio.
La mañana, resurgir de la esperanza,
cuando el beso se convirtió en añoranza
y las caricias se perdieron en el recuerdo
que inunda mis ojos de lunas perdidas,
de lágrimas secas, viejas heridas
de paraguas rojos, hijas malparidas,
en mitad de la tormenta, un grito de auxilio
que evapora las nubes tempranas del mediodía.
El cadáver exquisito es una técnica que empleaban los surrealistas para crear poemas conjuntos, entre distintos poetas. Este lo creamos ayer entre Rebeca Pasalodos, Marta Marinero, Paula Zurimendi y Noelia Toribio.
Etiquetas:
ausencia,
cadáver exquisito,
poesía,
tormenta
martes, 11 de noviembre de 2014
#Versato 1. Poema a una avenida gris
Esta es mi primera colaboración con #Versato, un grupo de jóvenes poetas de diferentes ciudades de España. Cada semana elegimos una imagen y nos inspiramos en ella para crear maravillosos poemas. Aquí está el primero de ellos.
@VersatoPoesía
Soy el polvo que viste
el cielo triste de un día de invierno.
Soy la avenida gris
por donde pasean los viejos recuerdos.
Soy la sábana del fantasma
que cubre el alma y el firmamento.
Soy el charco helado
que ha salpicado la lluvia como espejo.
Soy en esta arista
la luz marchita que maltrata el viento,
la luz muerta que arrastra
el gris escarcha por mis pensamientos.
Pero tal vez no debería ser así...
Tal vez la bombilla
por una vez debería dejarse de lamentos
y alumbrar esta avenida
(más muerta que viva)
con un desfile de brillantes destellos.
Porque al fin y al cabo...
Al fin y al cabo es tan fácil como dejarse de versos y dar al interruptor.
Noelia Toribio
viernes, 7 de noviembre de 2014
Hay noches...
Hay noches en las que el alma
conversa con el Tiempo
y el Tiempo se olvida de interrumpir
los pensamientos del alma.
Hay noches en las que se recuerdan
otras noches lejanas
que ahora permanecen el la misma caja
donde se arrojan los sueños.
Hay noches en las que el espejo
de la Luna nos delata
y revela a nuestros ojos con sus ojos
que la soledad está cercana.
Hay noches en las que el silencio
no habla, grita
y el vendaval de su eco desentierra
historias que se hallaban escondidas.
Hay noches que se escriben solas
y se borran cuando llega el alba.
Pero de momento...
El alma conversa con el Tiempo
y el Tiempo se olvida de interrumpir
los pensamientos del alma.
Noelia Toribio
viernes, 10 de octubre de 2014
Desvaríos absurdos sobre una manzana
Octubre de 2014, en el mundo, mientras comía
una manzana.
Una manzana. Comiendo una manzana comencé a pensar. Con cada dentellada (con cada observación de esa dentellada) iban y venían ideas cada vez más extrañas que, sin motivo de apariencia, paseaban por las calles de mi enmarañado cerebro como quien pasea en una soleada (o lluviosa) tarde de domingo. Todo empezó al estudiar las redondeadas formas de la manzana, interrumpidas por mis voraces mordiscos que giraban en torno a su eje. Entonces pensé qué ocurriría si la manzana fuera cuadrada. Es ese caso el mundo también sería cuadrado y habría cuatro horizontes… Después di la vuelta a la manzana (que yo ya veía, como digo, cuadrada) de tal forma que el tallo mirara hacia el suelo. Entonces pensé qué sucedería si las manzanas, además de ser cuadradas, crecieran del revés. Probablemente el mundo, además de ser cuadrado, también estaría boca abajo, así que el hemisferio sur sería el hemisferio norte y al contrario. De esta manera, si el hemisferio norte fuera el hemisferio sur lo países ricos serían los países tercermundistas, y los países tercermundistas serían los países ricos. Todo estaría del revés, como la manzana.
Pero entonces, si todo fuera al contrario, naceríamos viejos
y moriríamos niños, o puede que muriésemos antes de nacer. Los adultos serían
críos y los críos serían adultos, pero ninguno sería racional, porque el ser
humano sería la especie más estúpida del planeta y caminaríamos a cuatro patas.
El hombre sería el mejor amigo del perro, y no el perro el mejor amigo del
hombre (como tal, los perros nos pasearían por parques con cuatro horizontes).
Los gusanos serían las criaturas más inteligentes y
seguramente crearían una sociedad justa y democrática. La libertad de verdad
sería libertad y la verdad sería libre. La política sería participación y la
participación sería conjunta, de todos los gusanos que habitaran sobre las
cuatro faces de la Tierra. El delito, sería delito y la honradez sería
verdaderamente honrada. Eso supondría que la Justicia sería justa, y por ende,
independiente. En este mundo cuadrado y del revés los gusanos ambiciosos y
podridos no estarían en las altas esferas del poder, y sí los gusanos con
intención de mejorar este planeta cuadrado, que no estarían silenciados o entre
rejas, como sería lo lógico. El cambio sería un cambio a mejor y las promesas
serían cumplidas, y por supuesto, no se haría lo contrario a lo previamente
prometido. En esta sociedad sin sentido ningún gusano sería discriminado y los
gusanos hembra serían iguales que los gusanos macho. El hambre no saldría por
televisión porque no existiría, y la televisión no sería una caja tonta porque
la información periodística sería información y no sensacionalismo o morbo...
Tras haber llegado a este punto, en el que el desvarío de mis pensamientos había llegado ya a las lindes de la locura
más suprema, terminé de comer mi manzana (que ya no era redonda ni cuadrada).
Me dio la risa al reflexionar sobre el mundo tan absurdo que mi cabeza había
creado en un momento y lo comparé durante largo rato con el mundo real en el
que vivía… Finalmente, tras pensarlo muy bien y con mucho detenimiento, llegué
a la conclusión de que después de todo, el mundo cuadrado que había imaginado
no era tan absurdo como el que mis pies pisaban en ese mismo instante…
Todo esto a raíz de una manzana.
Noelia Toribio García
jueves, 18 de septiembre de 2014
Vacío de nadas
Vacía.
Me siento vacía.
Como el aire encerrado en la espuma
o la esquina sin pintar de un cuadro.
Vacía.
Me siento vacía.
Nada.
Ahora no hay nada.
Ni una emoción ni un pensamiento,
no urge el viento ni estalla el ruido.
Nada, ahora no hay nada,
ni siquiera quietud o silencio.
Vacía.
Me siento vacía.
No tengo amor ni dolor ni odio,
no tengo metáforas y apenas rimas.
Vacía.
Me siento vacía.
En este lugar, en este momento, en este instante,
nada me agarra, nada me atañe,
nada me rompe ni me repara,
nada me alumbra ni me oscurece.
No hay nada, ni siquiera sombras,
Vacía.
Por primera vez
me siento vacía.
Nada.
Ahora no hay nada.
Y eso...
Eso es lo más triste de todo.
Noelia Toribio
domingo, 29 de junio de 2014
Adiós, cebolla
A todas las mujeres, sobre todo a las
que luchan contra el cáncer de mama
Adiós, cebolla.
Cebolla asquerosa y repulsiva,
cebolla podrida y pestilente
de hedores nauseabundos
y de formas deformadas.
Adiós, cebolla.
Cebolla con pelo y espinas,
cebolla sucia y repugnante
como una cucaracha desangrada
como una herida que supura larvas.
Adiós, cebolla.
Parásito inmundo clavado en mi carne,
que me carcomías el pecho para hacerte más grande,
que me carcomías la cabeza para debilitar mi fuerza
con pensamientos paranoicos que daban mil vueltas
con el fin de desentrañar tus negras conspiraciones.
Adiós, cebolla.
Cebolla mugrienta y putrefacta,
cebolla abominable y odiosa
de capas densas y pegajosas
recubiertas de moho.
Adiós, cebolla.
Cebolla dolorosa y endiablada,
cebolla negra y emponzoñada
con bubas venenosas
donde los gusanos se bañan.
Adiós, cebolla.
Porque no volveré a pensar en tu horroroso ser,
porque no volveré a una camilla por tu culpa,
porque no volverás a contaminar mi piel,
porque no me harás derramar una lágrima más...
Porque, a pesar de todo, yo fui más fuerte que tú.
Adiós, cebolla, adiós...
Noelia Toribio García
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lunes, 5 de mayo de 2014
Versos sin palabras
2º Premio del V Certamen de Cuentos Bólido
Versos... Los versos no son palabras, los versos no son de los poetas, aunque pocos lo recuerdan. Los versos se esconden en los espejos de las pupilas infinitas que esculpen en lágrimas y sonrisas toda nuestra poesía. Pero tú tampoco lo recuerdas, no sabes los versos tan hermosos que estás dejando de leer por estar ahí parado, mirándome los pies.
Noelia Toribio
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poesía,
versos
domingo, 30 de marzo de 2014
El papel está en blanco
Acuarela "Lágrimas", de Eva Fajardo
El papel está en blanco.
El papel está en banco y mi lápiz solo teje garabatos,
sin saber a dónde ir, sin saber qué letra perfilar,
sin saber que triste verso componer en esta noche
donde la luna se apaga en su frialdad.
El papel está en blanco.
El papel está en blanco y mi lengua se ha trabado,
sin saber qué decir, sin saber qué callar,
sin saber qué lamento entonar en esta noche
donde el viento gime en un canto sepulcral.
El papel está en blanco.
El papel está en blanco y me mente se ha colapsado,
sin saber qué pensar, sin saber si esto es delirar,
sin saber qué es locura o realidad en esta noche
donde los viejos monstruos aúllan sin cesar.
El papel está en blanco.
El papel está en blanco y mi lápiz solo teje garabatos.
El papel está en blanco y mi lengua se ha trabado.
El papel está en blanco y mi mente se ha colapsado.
El papel está en blanco.
El papel esta en blanco, pero mi alma se ha desvelado,
y no sabe componer, pero sabe que los versos duelen.
y no sabe hablar, pero sabe que las palabras hieren,
y no sabe pensar, pero sabe que el sentimiento le puede.
El papel está en blanco.
El papel está en blanco porque la tinta aquí dentro se ha
quedado,
y es tanto lo que lleva, y es tanto lo que arrastra,
que los versos no bastan para expresar en esta noche
el sentir que me desvela: este amor que me atormenta.
Noelia Toribio
miércoles, 12 de febrero de 2014
La Sombra y el Lucero
“Porque el amor cuando no muere, mata”
Joaquín Sabina
Debajo de la realidad hay un
mundo místico que apenas se percibe, no porque esté oculto sino porque no se
observa lo suficiente. Es un mundo sumergido en el misterio y es tan etéreo
como los susurros que moran en la brisa, pero no es invisible. Allí todo lo
envuelve un silencio tan profundo que ni siquiera se advierte su presencia, lo
que aleja aún más a este mundo de la realidad, aunque esté muy cerca. Es oscuro
como un cielo nocturno sin luna y abstracto, pues allí no hay líneas ni formas,
pero todo ello no entorpece a su negra y singular hermosura. Este es el mundo
de las Sombras.
Las sombras que moran bajo la
materialidad de las cosas, a los pies de una hormiga, de una flor, de una
piedra en el río, de un árbol, de una montaña, de un edificio que araña el
cielo e incluso a nuestros propios pies. Las sombras se estiran y se encogen
adaptándose a aquello que las sustentan y se desplazan calladas de un ente a
otro en libertad. Durante la noche duermen arropadas en su oscuridad, salvo que
la luna llena o alguna luz perdida las desvele, y al día despiertan para bailar
de nuevo bajo la realidad. Para garantizar su supervivencia solo dos normas
imperan sobre este mundo de las sombras: primero, no te desplaces si no hay
otro ente al que aferrarte y segundo, jamás te acerques a la luz.
Aquí, en este reino de penumbras,
tuvo lugar la historia de una pequeña sombra que existió antes de lo que el
tiempo pueda recordar. La Sombra habitaba a la orilla de un claro de agua oculto
en el corazón de un frondoso bosque, donde las sombras corrían veloces a través
de las hojas, las ramas, las piedras y toda la multitud de elementos que
conformaban aquel inmenso paraje. Si bien la joven Sombra era aún inexperta y
apenas se había movido de los pies del pequeño árbol donde se sustentaba salvo
para correr un poco por las cercanías junto a las demás sombras.
Cuando llegaba la noche dormía en
su oscuridad, como era costumbre, excepto en las noches de luna llena cuando
las sombras se alzaban hacia la luz azulada mientras bailaban sin cesar al son
de la brisa nocturna que agitaba las ramas de los árboles. Cómo adoraba la
Sombra aquellas desveladas noches donde podía disfrutar del brillo de la luna,
tan diferente de su oscura naturaleza. Era ella la que intentaba estirarse lo
máximo posible para poder al menos rozar el reflejo de aquella luz a la orilla
del agua, teniendo
cuidado para no desprenderse de los pies de su pequeño
árbol. La Sombra admiraba y envidiaba la belleza de aquellas luces tenues que
flotaban suspendidas en el aire, independientes de cualquier ente. Ellas podían
vivir con su propio brillo mientras que las sombras solo existían a raíz de los
objetos materiales y de la propia luz. En cuántas noches de aquellas lunas
llenas la Sombra deseó convertirse en uno de esos haces que teñían el agua de
azul. Y cuántas veces repudió el mundo al que pertenecía por mantenerla
prisionera en su oscuridad cuando se daba cuenta de que jamás podría
abandonarlo.
Cada vez que regresaban las
noches de luna llena la Sombra se sentía más desdichada al recordar su
condición, hasta tal punto que en una de aquellas noches se escondió tanto en
su negra amargura que se paralizó. Se quedó estática a los pies de su árbol, sin
desplazarse y sin volver a bailar al ritmo del viento que sacudía las hojas, ni
siquiera en las noches de luz. Era una sombra muerta y carcomida por la pena.
Así pasó el tiempo hasta que un
día sucedió algo que jamás había sucedido antes. Un pequeño pero intenso
resplandor despertó a todas las sombras del claro en una inusual noche de luna
nueva, la más oscura de todas. Aquella luz blanca, tan distinta a la azulada
luz de la luna desconcertó tanto a las sombras que el viento las alborotó a
todas cuando cruzó por el paraje. La Sombra también se desprendió de su sueño
cuando aquel brillo la acarició. Al principio optó por ignorar aquel resplandor
y a las demás sombras, inmóvil como estaba en su inconsolable tristeza. Pero
pronto aquella luz tan especial y el desconcierto de las sombras alentaron su
curiosidad y, aunque por un momento intentó resistirse, acabó abandonando su firme
quietud para descubrir lo que ocurría.
La Sombra se estiró todo lo que
pudo hacia la orilla del claro de agua, de donde procedía el pálido fulgor.
Allí, en el centro de la laguna, un lucero se suspendía levemente en el aire,
casi acariciando el agua que había convertido en plata líquida con su etérea
luz. La Sombra quedó maravillada, jamás había visto una luz tan hermosa y pura como
aquella y aún menos de tan cerca. Era una luz tan delicada, tan radiante que
sobrecogió a la pequeña Sombra desalojando todas sus penas para sustituirlas
por un único deseo: llegar hasta aquel Lucero. A lo largo de la noche las
sombras acabaron por acostumbrarse al nuevo resplandor y dejaron de prestarle
atención, pero la Sombra permaneció estirada hacia la luz, contemplándola con la misma
fascinación durante toda la noche, hasta que se desvaneció poco a poco con las
primeras luces del alba. Cuando llegó el día la Sombra sintió un profundo temor
por que el Lucero no volviera a aparecer y durante toda la jornada se mantuvo
lo más cerca posible de la orilla del agua, esperando a que el Lucero
regresara. Pero no lo hizo. Cuando el cielo oscureció, la Sombra cayó en su
sueño implorando que el Lucero la despertara como la noche anterior. Pero
tampoco ocurrió así.
Desde entonces, la Sombra se
mantuvo alerta durante todos los días, buscando en la laguna el más mínimo
atisbo del Lucero. Cada vez que detectaba un pequeño brillo en el agua se
sobresaltaba ante idea de que fuera él, pero siempre resultaba ser un reflejo
que el sol había dejado caer sobre alguna de las ondas de la laguna. A cada
anochecer, la Sombra se impacientaba más y su miedo por no volver a ver a aquel
Lucero que la había liberado de su infernal letargo crecía desesperadamente…
Una noche, la Sombra despertó ante un resplandor que no había brillado en las
anteriores noches. ¡Ahí estaba el Lucero! Tenía que ser él. La Sombra se movió
más veloz que un rayo hacia la orilla del claro, donde también habían acudido
las demás sombras. Pero su ilusión se desvaneció como el humo cuando vio que
solo se trataba de otra luna llena. La Sombra se envolvió en su tremenda
desesperanza y volvió a acurrucarse a los pies de su árbol, encogiéndose todo
cuanto pudo mientras las demás sombras disfrutaban y bailaban a la luz de la
luna. En otros días la Sombra también habría danzado alegre mientras admiraba
aquella luz azul, sin embargo, ahora le parecía extremadamente pobre e
insignificante comparada con la pureza y el fulgor del Lucero. Oh, el Lucero…
Ya nada había que mereciera la pena para la Sombra que no fuera aquella luz,
pero desgraciadamente jamás regresaría. La tristeza volvió a inmovilizar a la Sombra y esta vez fue tan
honda que creyó que se consumiría de dolor.
Los días y las noches se
sucedieron largos, amargos y vacíos. La Sombra continuaba encerrada en sí
misma, temblando de congoja y perdida en una tempestuosa marea de sentimientos
negativos. Todo carecía de sentido, daba igual si brillaba el sol o la luna, si
el viento agitaba a las sombras o si permanecían tranquilas, si de la laguna se
desprendían o no hermosos reflejos... Nada de lo que pudiera ocurrir arrancaría
la pena de su negro corazón.
La Sombra se despertó una noche
más, como otras tantas. La luz dibujaba su oscura y adoptada silueta de árbol,
pero ella, una vez más, lo ignoró. Después de todo, solo se trataba de otra
luna llena. Sin embargo, pronto notó que el alboroto de las demás sombras del claro
era mayor del habitual, y también tuvo la sensación de que el brillo que la
recortaba era más blanco que el de otras noches… Entonces una chispa de la esperanza
perdida brotó en el vacío de la Sombra y a punto estuvo de correr hasta la
orilla como las demás, pero se contuvo en el último instante. Sabía que si
acudía a la laguna y de nuevo aquella luz no resultaba ser la del Lucero el
golpe del desengaño sería tan fuerte que esta vez no podría soportarlo. Por lo
tanto, antes de moverse la Sombra se concienció de que lo más seguro fuera que
el resplandor no perteneciera al Lucero.
Acudió a la orilla despacio, muy
despacio, repitiéndose una y otra vez que esaluz no era la que ella esperaba
para evitar caer en los brazos de la desilusión. Pero cuando llegó hasta la
laguna la coraza en la que se había enfundado para protegerse se destruyó.
Allí, en el centro de la laguna, el Lucero brillaba sobre el agua incluso más
esplendoroso que la primera vez que lo vio. Apenas podía creerlo, de verdad era
él, su precioso Lucero… La emoción y la alegría sacudieron a la pequeña Sombra,
que se estiró y se estiró para estar lo más cerca posible de aquella hermosa
luz que avivaba su existencia. Durante toda la noche dejó que el resplandor del
Lucero acariciara su densa oscuridad, se deleitó contemplando su ligereza y su
espiritualidad, se empapó de su calidez y admiró su belleza como ninguna otra
sombra lo hizo jamás…
Pero la noche no duró
eternamente, los primeros rayos del amanecer despuntaron mucho más pronto de lo
que la Sombra hubiera deseado y el Lucero comenzó a desvanecerse como lo había
hecho la última vez. El pavor inundó a la Sombra. No podía permitir que el alba
volviera a arrebatarle a su Lucero. ¿Cuánto tiempo tardaría en aparecer de
nuevo? ¿Y si no regresaba nunca más? La sola idea aterraba a la Sombra, pero
¿qué podía hacer ella si estaba anclada a los pies de aquel árbol? La Sombra
cada vez se sentía más nerviosa e impotente mientras observaba como la luz del
Lucero se iba debilitando, y repudió su naturaleza con toda sus fuerzas, y
deseo más que nunca convertirse en luz para seguir al Lucero a dónde quiera que
fuese… Y entonces hizo algo que una sombra jamás debería haber hecho. Se desató
de su ente, de los pies del árbol, para correr por la superficie del agua,
donde no había ningún elemento al que asirse. Se deslizó entre las ondas de la
laguna para llegar hasta el Lucero y no separarse de él nunca más. Pero cuanto
más se acercaba, la luz iba destruyendo lentamente su oscuridad. Sin embargo,
la Sombra ni si quiera se dio cuenta de que su esencia se consumía y continúo
su camino mientras la alegría la embargaba al sentir que cada vez estaba más
cerca del Lucero…
Cuando la Sombra llegó al centro
de la laguna, reducida ya a su mínima expresión, se dejó caer en el ardiente y
reconfortante abrazo del Lucero. En ella ya no había angustia ni dolor ni
miedo, no pensó en la vida ni en la muerte ni en ser sombra o luz. Lo único que
ahora la llenaba era una rebosante y absoluta felicidad. Así, lentamente, la
Sombra desapareció para siempre bajo la luz de su amado Lucero.
Noelia Toribio
Debajo de la realidad hay un mundo místico que apenas se percibe, no porque esté oculto sino porque no se observa lo suficiente. Es un mundo sumergido en el misterio y es tan etéreo como los susurros que moran en la brisa, pero no es invisible. Allí todo lo envuelve un silencio tan profundo que ni siquiera se advierte su presencia, lo que aleja aún más a este mundo de la realidad, aunque esté muy cerca. Es oscuro como un cielo nocturno sin luna y abstracto, pues allí no hay líneas ni formas, pero todo ello no entorpece a su negra y singular hermosura. Este es el mundo de las Sombras.
Las sombras que moran bajo la materialidad de las cosas, a los pies de una hormiga, de una flor, de una piedra en el río, de un árbol, de una montaña, de un edificio que araña el cielo e incluso a nuestros propios pies. Las sombras se estiran y se encogen adaptándose a aquello que las sustentan y se desplazan calladas de un ente a otro en libertad. Durante la noche duermen arropadas en su oscuridad, salvo que la luna llena o alguna luz perdida las desvele, y al día despiertan para bailar de nuevo bajo la realidad. Para garantizar su supervivencia solo dos normas imperan sobre este mundo de las sombras: primero, no te desplaces si no hay otro ente al que aferrarte y segundo, jamás te acerques a la luz.
Aquí, en este reino de penumbras, tuvo lugar la historia de una pequeña sombra que existió antes de lo que el tiempo pueda recordar. La Sombra habitaba a la orilla de un claro de agua oculto en el corazón de un frondoso bosque, donde las sombras corrían veloces a través de las hojas, las ramas, las piedras y toda la multitud de elementos que conformaban aquel inmenso paraje. Si bien la joven Sombra era aún inexperta y apenas se había movido de los pies del pequeño árbol donde se sustentaba salvo para correr un poco por las cercanías junto a las demás sombras.
Cuando llegaba la noche dormía en su oscuridad, como era costumbre, excepto en las noches de luna llena cuando las sombras se alzaban hacia la luz azulada mientras bailaban sin cesar al son de la brisa nocturna que agitaba las ramas de los árboles. Cómo adoraba la Sombra aquellas desveladas noches donde podía disfrutar del brillo de la luna, tan diferente de su oscura naturaleza. Era ella la que intentaba estirarse lo máximo posible para poder al menos rozar el reflejo de aquella luz a la orilla del agua, teniendo
Cada vez que regresaban las noches de luna llena la Sombra se sentía más desdichada al recordar su condición, hasta tal punto que en una de aquellas noches se escondió tanto en su negra amargura que se paralizó. Se quedó estática a los pies de su árbol, sin desplazarse y sin volver a bailar al ritmo del viento que sacudía las hojas, ni siquiera en las noches de luz. Era una sombra muerta y carcomida por la pena.
Así pasó el tiempo hasta que un día sucedió algo que jamás había sucedido antes. Un pequeño pero intenso resplandor despertó a todas las sombras del claro en una inusual noche de luna nueva, la más oscura de todas. Aquella luz blanca, tan distinta a la azulada luz de la luna desconcertó tanto a las sombras que el viento las alborotó a todas cuando cruzó por el paraje. La Sombra también se desprendió de su sueño cuando aquel brillo la acarició. Al principio optó por ignorar aquel resplandor y a las demás sombras, inmóvil como estaba en su inconsolable tristeza. Pero pronto aquella luz tan especial y el desconcierto de las sombras alentaron su curiosidad y, aunque por un momento intentó resistirse, acabó abandonando su firme quietud para descubrir lo que ocurría.
La Sombra se estiró todo lo que pudo hacia la orilla del claro de agua, de donde procedía el pálido fulgor. Allí, en el centro de la laguna, un lucero se suspendía levemente en el aire, casi acariciando el agua que había convertido en plata líquida con su etérea luz. La Sombra quedó maravillada, jamás había visto una luz tan hermosa y pura como aquella y aún menos de tan cerca. Era una luz tan delicada, tan radiante que sobrecogió a la pequeña Sombra desalojando todas sus penas para sustituirlas por un único deseo: llegar hasta aquel Lucero. A lo largo de la noche las sombras acabaron por acostumbrarse al nuevo resplandor y dejaron de prestarle atención, pero la Sombra permaneció estirada hacia la luz, contemplándola con la misma fascinación durante toda la noche, hasta que se desvaneció poco a poco con las primeras luces del alba. Cuando llegó el día la Sombra sintió un profundo temor por que el Lucero no volviera a aparecer y durante toda la jornada se mantuvo lo más cerca posible de la orilla del agua, esperando a que el Lucero regresara. Pero no lo hizo. Cuando el cielo oscureció, la Sombra cayó en su sueño implorando que el Lucero la despertara como la noche anterior. Pero tampoco ocurrió así.
Desde entonces, la Sombra se mantuvo alerta durante todos los días, buscando en la laguna el más mínimo atisbo del Lucero. Cada vez que detectaba un pequeño brillo en el agua se sobresaltaba ante idea de que fuera él, pero siempre resultaba ser un reflejo que el sol había dejado caer sobre alguna de las ondas de la laguna. A cada anochecer, la Sombra se impacientaba más y su miedo por no volver a ver a aquel Lucero que la había liberado de su infernal letargo crecía desesperadamente… Una noche, la Sombra despertó ante un resplandor que no había brillado en las anteriores noches. ¡Ahí estaba el Lucero! Tenía que ser él. La Sombra se movió más veloz que un rayo hacia la orilla del claro, donde también habían acudido las demás sombras. Pero su ilusión se desvaneció como el humo cuando vio que solo se trataba de otra luna llena. La Sombra se envolvió en su tremenda desesperanza y volvió a acurrucarse a los pies de su árbol, encogiéndose todo cuanto pudo mientras las demás sombras disfrutaban y bailaban a la luz de la luna. En otros días la Sombra también habría danzado alegre mientras admiraba aquella luz azul, sin embargo, ahora le parecía extremadamente pobre e insignificante comparada con la pureza y el fulgor del Lucero. Oh, el Lucero… Ya nada había que mereciera la pena para la Sombra que no fuera aquella luz, pero desgraciadamente jamás regresaría. La tristeza volvió a inmovilizar a la Sombra y esta vez fue tan honda que creyó que se consumiría de dolor.
Los días y las noches se sucedieron largos, amargos y vacíos. La Sombra continuaba encerrada en sí misma, temblando de congoja y perdida en una tempestuosa marea de sentimientos negativos. Todo carecía de sentido, daba igual si brillaba el sol o la luna, si el viento agitaba a las sombras o si permanecían tranquilas, si de la laguna se desprendían o no hermosos reflejos... Nada de lo que pudiera ocurrir arrancaría la pena de su negro corazón.
La Sombra se despertó una noche más, como otras tantas. La luz dibujaba su oscura y adoptada silueta de árbol, pero ella, una vez más, lo ignoró. Después de todo, solo se trataba de otra luna llena. Sin embargo, pronto notó que el alboroto de las demás sombras del claro era mayor del habitual, y también tuvo la sensación de que el brillo que la recortaba era más blanco que el de otras noches… Entonces una chispa de la esperanza perdida brotó en el vacío de la Sombra y a punto estuvo de correr hasta la orilla como las demás, pero se contuvo en el último instante. Sabía que si acudía a la laguna y de nuevo aquella luz no resultaba ser la del Lucero el golpe del desengaño sería tan fuerte que esta vez no podría soportarlo. Por lo tanto, antes de moverse la Sombra se concienció de que lo más seguro fuera que el resplandor no perteneciera al Lucero.
Acudió a la orilla despacio, muy despacio, repitiéndose una y otra vez que esaluz no era la que ella esperaba para evitar caer en los brazos de la desilusión. Pero cuando llegó hasta la laguna la coraza en la que se había enfundado para protegerse se destruyó. Allí, en el centro de la laguna, el Lucero brillaba sobre el agua incluso más esplendoroso que la primera vez que lo vio. Apenas podía creerlo, de verdad era él, su precioso Lucero… La emoción y la alegría sacudieron a la pequeña Sombra, que se estiró y se estiró para estar lo más cerca posible de aquella hermosa luz que avivaba su existencia. Durante toda la noche dejó que el resplandor del Lucero acariciara su densa oscuridad, se deleitó contemplando su ligereza y su espiritualidad, se empapó de su calidez y admiró su belleza como ninguna otra sombra lo hizo jamás…
Pero la noche no duró
eternamente, los primeros rayos del amanecer despuntaron mucho más pronto de lo
que la Sombra hubiera deseado y el Lucero comenzó a desvanecerse como lo había
hecho la última vez. El pavor inundó a la Sombra. No podía permitir que el alba
volviera a arrebatarle a su Lucero. ¿Cuánto tiempo tardaría en aparecer de
nuevo? ¿Y si no regresaba nunca más? La sola idea aterraba a la Sombra, pero
¿qué podía hacer ella si estaba anclada a los pies de aquel árbol? La Sombra
cada vez se sentía más nerviosa e impotente mientras observaba como la luz del
Lucero se iba debilitando, y repudió su naturaleza con toda sus fuerzas, y
deseo más que nunca convertirse en luz para seguir al Lucero a dónde quiera que
fuese… Y entonces hizo algo que una sombra jamás debería haber hecho. Se desató
de su ente, de los pies del árbol, para correr por la superficie del agua,
donde no había ningún elemento al que asirse. Se deslizó entre las ondas de la
laguna para llegar hasta el Lucero y no separarse de él nunca más. Pero cuanto
más se acercaba, la luz iba destruyendo lentamente su oscuridad. Sin embargo,
la Sombra ni si quiera se dio cuenta de que su esencia se consumía y continúo
su camino mientras la alegría la embargaba al sentir que cada vez estaba más
cerca del Lucero…Cuando la Sombra llegó al centro de la laguna, reducida ya a su mínima expresión, se dejó caer en el ardiente y reconfortante abrazo del Lucero. En ella ya no había angustia ni dolor ni miedo, no pensó en la vida ni en la muerte ni en ser sombra o luz. Lo único que ahora la llenaba era una rebosante y absoluta felicidad. Así, lentamente, la Sombra desapareció para siempre bajo la luz de su amado Lucero.
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