sábado, 31 de agosto de 2013
jueves, 4 de julio de 2013
La cerveza amarga
Basado en un hombre que bebía una cerveza
El calor me hace sudar aunque esté a la sombra, sentado en cualquier terraza de cualquier triste bar del centro de la ciudad. La mesa que he escogido es pequeña, cuadrada y metálica, acompañada por dos sillas enfrentadas. La mitad de la mesa y la silla donde yo me encuentro están en la penumbra. La otra mitad de la mesa y la otra silla brillan al sol con un ardiente resplandor de plata. No ha sido una elección muy adecuada, pero no he tenido más remedio que conformarme con una mesa de dos sillas aunque no tenga acompañante, como todos los días, como en todos los bares, aunque busque nunca encuentro una mesa apropiada para mí, una mesa con una silla.
La camarera aparece a mi espalda con la cerveza que he pedido y un cuenco de patatas fritas. Lo deja todo en la mitad en sombra de la mesa y vuelve a entrar en el bar. La espuma se desborda por la jarra y las burbujas de gas bailan en la oscura bebida haciéndola apetecible. La cojo sintiendo el grato contraste entre la fría jarra y mis manos calientes. El primer sorbo también es ligeramente agradable, pero luego la jarra y mis manos adquieren la misma temperatura y mi paladar se acostumbra hasta saborear con indiferencia una cerveza amarga, demasiado amarga.
El sol alcanza su cenit de medio día y el calor aumenta. Los transeúntes van de un lado para otro buscando los rincones con sombra y el asfalto de la carretera quema como una brasa al rojo vivo. La silla de enfrente me mira vacía mientras como patatas en silencio. La cerveza ya está más caliente que fresca, ni siquiera me gusta. Sabe agria, áspera y ácida como la soledad. En un breve vistazo, observó las dos cervezas que reposan en la mesa de al lado, una mesa con dos sillas ocupadas. Son más claras que la mía y también parecen frescas y sabrosas aunque haga calor, porque los que las sostienen beben con avidez entre su conversación y sus carcajadas. Miro al frente con un suspiro y me topo de nuevo con la silla vacía y mi cerveza caliente. La silla parece reírse de mí mientras me mira y la asquerosa y oscura cerveza me recuerda toda la esencia de mi amargura.
No lo soporto más. Pido la cuenta a la camarera en cuanto tengo la oportunidad, pago y me levanto abandonando esa maldita terraza. Mañana, al mediodía, volveré a buscar una mesa con una sola silla y me beberé otra cerveza amarga.
Noelia Toribio
sábado, 1 de junio de 2013
En las cenizas del Tiempo
Todo lo que pensamos se desvaneció
entre los granos de arena de un vertiginoso reloj.
Todo lo que sentimos expiró
como el hálito que de la boca la muerte usurpa.
Todo lo que fuimos desapareció
tras la borrosa esquina del hipotético recuerdo.
Todo se perdió a las orillas del Tiempo,
donde el pasado es tan etéreo como un espíritu.
Todo se perdió en la irrealidad del Tiempo,
porque la vida es solo este instante,
porque el resto son solo recuerdos.
Y todo lo que pensamos se desvanecerá…
Todo lo que sentimos expirará…
Todo lo que somos desaparecerá…
En las cenizas del inalterableTiempo.
Noelia Toribio
Todo se perdió a las orillas del Tiempo,
Y todo lo que pensamos se desvanecerá…
miércoles, 3 de abril de 2013
Urano y Gea
Perenne morada de rebosante vida
es mi cálida piel de bronceada tierra
donde, en las llanuras de mi ancho pecho,
se yerguen las cumbres de las montañas pétreas.
Desde allí te observo, ¡oh, Cielo mío!
en los cristales de las alturas etéreas,
donde aguardas a las almas que se elevan
cuando su carne se consume en mi tierra.
Eres la oscura y penetrante belleza,
tan extensa como la infinidad entera,
tan sublime como el verso de un poeta.
Eres la perfecta mezcla del Amor y las Tinieblas
y solo la intangibilidad de tu pura esencia
es capaz de envolverme y llenarme por entera.
¡Oh, Cielo mío! Pósate sobre mi piel de arena
y con el tibio cendal que encarna tu presencia
cubre la fertilidad de mi arboleda.
¡Oh, Cielo mío! Pósate sobre mi piel de tierra
y con el Amor, la Vida y la Belleza,
crearemos el Sol, la Luna y las Estrellas.
Noelia Toribio
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Urano y Gea
sábado, 9 de febrero de 2013
El delirio del escritor. Parte 2
Viene de El delirio del escritor. Parte 1
<<...La casa se encuentra completamente a oscuras, tanto que a la Sra. Black le cuesta descifrar la hora que indican las manecillas del reloj de pared. Finalmente, acercándose más y entrecerrando los ojos para focalizar mejor descubre con sorpresa que son las doce y media de la madrugada. Después, en sus labios dibuja una momentánea sonrisa y se encoge de hombros sin dar la menor importancia al hecho. Después de todo, lo más seguro sea que el Sr. Black se hubiera dormido hace tiempo, por lo que nunca sabría de verdad a qué hora había regresado a la casa, y, de todas formas, seguramente poco le importaba. Ahora que lo pensaba, la Sra. Black no había visto a su marido desde la noche anterior, a la hora de la cena. No había desayunado con ella aquella mañana, ni tampoco habían almorzado juntos. La Sra. Black no lo había pensado hasta entonces porque durante todo el día solo había estado pensando impacientemente en que llegara la hora de acudir a la fiesta de los Walters. La Sra. Black se extrañó ligeramente de ello, puesto que aunque la relación con su marido careciera de todo sentido y apenas se dirigieran dos palabras en todo el día siempre se reunían en las horas puntuales que marcaban el desayuno, el almuerzo y la cena. Lo más probable, pensó la Sra. Black, fuera que su marido hubiera pasado el día encerrado en el estudio haciendo o maquinando Dios sabe qué, tan concentrado que ni siquiera hubiera sentido la urgencia de alimentarse. Aquello no le extrañaría nada del Sr. Black, sin embargo, no podía evitar sentirse algo inquieta por alguna razón desconocida.
La Sra. Black sacudió la cabeza para deshacerse de aquel irracional presentimiento. Todo estaba a merced de la oscuridad y el silencio de la noche, por eso su imaginación daba rienda suelta a pensamientos siniestros. Cuando el sol despuntara al alba todas sus cavilaciones le parecerían tonterías. Olvidándose del asunto, dejó su abrigo en la percha de la entrada y encendió una tímida vela que reforzaba lo tenebroso de la casa a aquellas horas. La Sra. Black comenzó a subir las escaleras con el mayor sigilo posible, aunque la madera crujía bajo sus pies más fuerte de lo que ella recordaba…>>
De repente me doy cuenta de que en mis oídos estoy escuchando lejanas notas de un piano, pero no sé con exactitud si esa música proviene de la realidad o es fruto de mi mente, tal vez sean ambas cosas…
Pobre Sra. Black, ingenua Sra. Black… confía en que volverá a ver la luz de un nuevo día. La Sra. Black, la Sra. Black, la Sra. Black corre un grave peligro…
<<… El entusiasmo de la fiesta y sus extraños y repentinos pensamientos habían desvelado a la Sra. Black, que en aquellos momentos, mientras llegaba al piso superior, se sentía capaz de todo excepto de conciliar el sueño. Entonces se le ocurrió que podría tocar el piano, una de sus prácticas favoritas, hasta que las ganas de dormir la invadieran. La sala del piano quedaba alejada del dormitorio y más bien cerca de la sala de estar y del estudio del Sr. Black, por lo que no corría ningún riesgo de despertar a su marido. Caminó sigilosamente por el pasillo mientras los cuadros de las paredes se iluminaban siniestramente a su paso. Entonces el corazón le dio un violento vuelco. Al girar la esquina del pasillo, justo donde se encontraba la sala del piano, la Sra. Black se encontró de lleno con la figura de su marido tétricamente iluminada. Ella dio un salto hacia atrás y contuvo un grito ahogado llevándose la mano a la boca, a punto estuvo de caer la vela sobre la moqueta. Pero segundos después, se dio cuenta que lo único que había visto había sido un retrato del Sr. Black que estaba colgado de la pared como los otros cuadros. La Sra. Black respiró hondamente varias veces con la mano en el pecho para recuperarse del susto. Cuando se tranquilizó se preguntó el motivo por el cual se habría asustado tanto al ver de repente a su esposo cuando no lo había hecho ante los otros cuadros. Finalmente pensó que simplemente se trataría de que no esperaba verlo, pero aquel extraño y escalofriante presentimiento que había sentido en el hall volvió a ella. Intentado aferrarse ciegamente a su razón, la Sra. Black se rió de sí misma y volvió a reafirmarse que aquello era ridículo.
Intentando no dar más vueltas al asunto, entró en la sala del piano dejando la puerta entre abierta y se acercó al espléndido piano de cola que decoraba el centro de la habitación. Depositó la vela sobre la brillante y negra superficie del piano para iluminar el teclado y se sentó en la acolchada banqueta dispuesta a tocar una pieza deslizando sus delicados dedos por las blancas teclas del instrumento…>>
La música comienza a resonar más fuerte en mis oídos aunque aún algo lejana… No me cabe la menor duda de que proviene de la sala del piano, fuera de mi estudio. Observo el reloj dándome cuenta de que ya marca las doce y media de la madrugada, la noche sigue siendo gélida a través de la ventana. Oh… las notas de música embelesan mis oídos, es la Sra. Black que toca el piano en los confines de la noche esperando a que llegue un nuevo alba. Pobre Sra. Black, ingenua Sra. Black…
Entonces mis ojos se detienen ante un abrecartas que refleja la llama centelleante de la vela que alumbra mi escritorio. Siento como mis ojos se iluminan también al tiempo que reparo en el tentador objeto. ¡Ahí está! Ahí está la clave para concluir mi historia. Dejo la pluma y tomo el abrecartas con la misma mano. ¡Oh!, Sra. Black… aquí llega el espléndido final… Debo continuar escribiendo, debo continuar escribiendo, debo meterme en la piel del Sr. Black, debo meterme en la piel del Sr. Black…
El Sr. Black levanta la cabeza de su escritorio de madera barnizada y mira hacia la puerta de su estudio como buscando el origen de la música que ha comenzado a escuchar. Sin lugar a dudas, debe ser su esposa la que toca el piano. El Sr. Black ha pasado horas y horas en su estudio con la noción del tiempo completamente perdida y maquinando su excitante plan, pero su esposa ya ha regresado a casa… Es hora de ponerlo en práctica. Ríe para sí como un loco ansioso que está a punto de cometer la mayor de sus locuras.
El Sr. Black se levanta de su sillón con el abrecartas en la mano y camina hasta la puerta de la habitación con sigilo. Abre la puerta sin hacer el menor de los ruidos y pone el pie en la moqueta del pasillo, que amortigua el ruido de sus pasos. Ahora la música se escucha más fuerte. Las notas se suceden armoniosa y lentamente como si estuvieran entonando una nana. La excitación del Sr. Black también aumenta en dosis más fuertes de adrenalina. Comienza a recorrer el pasillo pensando ansioso en que la sala del piano se encuentra al doblar la esquina del pasillo, sin embargo sus pasos son lentos, extremadamente lentos, apenas se escucha respirara a sí mismo. Casi no ve, pues el pasillo se encuentra completamente a oscuras, pero no le hacen falta los ojos para saber por donde va. Según va avanzando en su camino la música se escucha más fuerte y también más y más acelerada como si la Sra. Black se sintiera cada vez más inquieta según se va acercando, igualmente la excitación del Sr. Black crece por momentos y aprieta el puño del abrecartas fuertemente en la misma mano con la que escribe para contener sus ansias… Ya no falta casi nada.
El Sr. Black se dispone a doblar la esquina del pasillo como si se tratará de una compleja actuación. Sus ojos se abren como los de una bestia apunto de lanzarse sobre su presa cuando ve el resplandor que sale por la puerta entreabierta de la sala del piano. La música suena más fuerte y aceleradamente que nunca y la adrenalina galopa en las venas del Sr. Black, que a pesar de todo sigue sin emitir el más minúsculo ruido. Ya se encuentra justo en frente de la puerta entreabierta, a través de la cual observa a la Sra. Black, que toca el piano enérgicamente de espaldas a la puerta. El Sr. Black aprieta aún más fuerte el abrecartas hasta clavarse las uñas en la palma de la mano.
Con una sorprendente habilidad y una enorme paciencia, el Sr. Black mueve lenta y silenciosamente su cuerpo para hacerlo pasar por el escaso hueco que deja la puerta entreabierta, como un gato que estira su cuerpo para hacerlo pasar entre unos barrotes. Al Sr. Black le toma varios minutos conseguir pasar por la puerta sin rozarla tan siquiera, mientras, la Sra. Black sigue tocando las teclas del piano cada vez más deprisa. Finalmente lo consigue y se sitúa a escasos metros de la negra espalda de su esposa. A continuación camina aún más despacio todavía de lo que lo había hecho en el pasillo mientras recorta cada vez más la distancia que lo separa de la Sra. Black. El reloj de la estancia canta puntualmente la una en punto cuando el Sr. Black se sitúa por fin a menos de un metro de ella.
De repente la Sra. Black deja de tocar y se queda completamente quieta. Su esposo sabe que presiente que está detrás de ella, sin embargo, incluso en el más remoto silencio no se le escucha ni pestañear. Al contrario, la Sra. Black respira violentamente delatando su inquietud. El silencio se prolonga durante unos segundos que parecen interminables. Entonces la Sra. Black comienza a girar su torso lentamente hacia la puerta de la sala invadida por un espantoso terror. Cuando finalmente percibe una silueta justo detrás de ella por el rabillo del ojo se gira bruscamente encontrándose de lleno con su marido, que mantiene el brazo en alto empuñando un reluciente abrecartas. A la Sra. Black apenas le da tiempo a emitir un grito. Su marido le clava fuertemente el abrecartas en el hueco de la clavícula y la empuja contra las teclas del piano, que suenan todas juntas al mismo tiempo acompañando a los desagarradotes gritos de la Sra. Black. La adrenalina al fin estalla en las venas del Sr. Black incitado aún más por esa estremecedora música de gritos y notas desgarradoras. Sujeta a su esposa por las muñecas con una mano y con la otra le clava el abrecartas una y otra vez, perforando todos los órganos de su cuerpo mientras ríe como un auténtico loco. La sangre tiñe de rojo las blancas teclas del piano, que también parecen gritar, y también las propias ropas del Sr. Black mientras escucha en los chillidos de su mujer el triunfo de su locura cada vez que vuelve a clavarle profundamente el abrecartas.
Poco a poco, los gritos van convirtiéndose en exclamaciones ahogadas hasta que el Sr. Black vislumbra la sombra de la muerte en el rostro de su esposa. El cuerpo ensangrentado de la Sra. Black resbala por el piano de teclas rojas hasta caer inerte sobre el suelo. De nuevo se hace el silencio, pero esta vez interrumpido por la ya acelerada respiración del Sr. Black, que se pasa la mano por la frente sintiendo como esta se cubre de sangre. Se sienta en la banqueta del piano mientras sus flujos de adrenalina vuelven a la normalidad.
Ah, Sra. Black, Sra. Black, Sra. Black… le advertí que corría un grave peligro… He terminado con su historia, Sra. Black.
Cuando mi cuerpo recupera su habitual estado me doy cuenta de que no estoy en mi estudio, sino en la sala del piano. Algo húmedo y caliente resbala por mi cara y por mis brazos. Miro la mano con la que escribo pero descubro horrorizado que en lugar de una pluma estoy aferrando un abrecartas ensangrentado. Posteriormente observo el piano con las teclas teñidas de carmesí. Con el corazón a punto de escapar por mi garganta me levanto súbitamente y me acerco a la reluciente y negra superficie del piano donde reconozco el reflejo de mi rostro cubierto de sangre a la tibia luz de la vela. Todo mi ser comienza a temblar violentamente mientras el terror me hace su presa. Instintivamente arrojo el abrecartas y hago un tremendo esfuerzo por mirar hacia el suelo. Me llevo las temblorosas manos a la boca saboreando sin querer la sangre en mis labios. Contengo un grito de verdadero espanto. Allí, sobre el frío suelo observo invadido por el horror el cuerpo de mi esposa que yace sin vida… Aunque sus ojos aún parecen mirarme fijamente con una horrible expresión de terror.
Noelia Toribio García
El delirio del escritor. Parte 1
"El terror de mis relatos proviene de la densa oscuridad de mi corazón" Edgar Allan Poe
<< La oscura y tenebrosa noche ya hacía tiempo que había aniquilado al último rayo de sol cuando la Sra. Black regresaba de la fascinante fiesta de sociedad que habían organizado los Walters, una de las familias más influyentes de Londres. La Sra. Black se dirigió orgullosa a su carruaje después de despedirse cordial y encantadoramente de la Sra. Walter, pensando, sin lugar a dudas, que su recién entablada amistad sería de gran utilidad para ascender en la escala social londinense. Durante todo el trayecto que hizo desde las empedradas calles del barrio más rico de la ciudad hasta su casa solo fue capaz de pensar en esa idea sin ni tan siquiera percatarse de que el reloj ya había marcado más de las doce.
Lo único que lamentaba la Sra. Black era que su marido no la hubiera acompañado al importante festejo, pues su buena imagen se hubiera visto reforzada con su presencia. El Sr. Black, al contrario que su esposa, era un hombre que rara vez salía de casa, permanecía horas en su estudio ocupándose de sus asuntos sin que le importara nada más ajeno a aquel espacio. Mientras, la Sra. Black siempre iba y venía de un lado para otro, procurando ser invitada a todo acontecimiento de sociedad, ya fuera tomar el té en casa de alguna de sus amigas o acudir a una gran fiesta como a la que había asistido aquella noche, siempre obsesionada con alcanzar la máxima posición social que le fuera posible. Su matrimonio acababa de cumplir una década, y si bien al principio se había tratado de una unión encantadora ahora su matrimonio estaba desgastado y muerto. Sin embargo, esto a la Sra. Black poco o nada le preocupaba…>>
-¡Charles!- mi pluma deja de bailar sobre el papel y levanto la cabeza molestamente sobresaltado. Delante de mí, mi esposa me mira con el ceño fruncido mientras pone sus brazos en jarra. No la he oído entrar por la puerta. -Ya es la quinta vez que te llamo ¡por el amor de Dios!, parece que estás absorbido por tu propia historia cuando escribes- resignado, suelto la pluma dejándola caer sobre el escritorio de madera barnizada. Aún con un pie en la realidad y otro en mi escrito pregunto:
-¿Qué es lo que quieres, querida?
-Que bajes a cenar, la sirvienta ha venido a avisarte pero imagino que a lo mejor ni te has enterado de que tenemos una.
-Enseguida bajo…
-Está bien.
Mi esposa sale del estudio arrastrando su larga falda por la alfombra y cierra la puerta. En el silencio sepulcral que envuelve la estancia me doy cuenta de que la noche ya penetra por la ventana. Es una noche gélida y solitaria, la neblina oculta a la luna y los árboles parecen lamentarse y retorcerse con la sacudida del viento. El reloj de pared marca gravemente las nueve en punto. Casi sin darme cuenta la maquinaria subconsciente de mi cerebro sigue absorta en la historia de la desdichada Sra. Black… Me levanto de mi sillón como una marioneta. La Sra. Black… La Sra. Black… ¿Qué le ocurre después a la Sra. Black? Por fin baja de su carruaje aún con la mente ocupada, tan ocupada que ni siquiera percibe nada más a su alrededor excepto el gélido frío de la noche, sí, siente que esa noche es más escalofriante que cualquier otra pero no se pregunta el motivo, no es consciente de nada, de nada en absoluto.
-¿Sabes qué, Charles?
De repente me doy cuenta de que estoy cenando junto a mi esposa. Ya me he tomado la mitad del pavo sin haberlo saboreado. Levanto la vista hacia mi mujer que se sitúa enfrente de mí, justo al otro lado de la mesa.
-Hoy he tomado el té con la Sra. Brown en su casa y no te imaginas lo descuidada que tenía su sala de estar, ¡por no decir que su servicio ha disminuido enormemente! ¿Y sus prendas? ¡Oh, Dios mío! Parecía una pobre con el bajo de su falda remendado. También estaba la Sra. Brooks, que me contó que los Brown habían malgastado toda su fortuna porque esperaban recibir toda la herencia del anciano padre del Sr. Brown, pero el viejo ha debido dejárselo todo a su hermano, por lo que ahora no pueden pagar sus deudas ¡y están sin un penique!...
La Sra. Black entrará en su casa y mirará la hora del reloj del hall percatándose por primera vez de lo tarde que es. Sí, toda la casa está a oscuras y en silencio, ella piensa que su marido estará dormido. Apenas hay una pizca de temor en sus venas, ni una sola sospecha, solo un leve y extraño presentimiento. Su instinto está atrofiado por el ego de sus pensamientos…
-Charles, ¿me estás escuchando? Digo que no debería volver a dirigirle la palabra a la Sra. Brown, sin duda su mala imagen podría perjudicar la nuestra propia si siguiéramos manteniendo una relación.
Sin apenas oír lo que mi esposa está diciendo me doy cuenta de ya he terminado de cenar. Debo continuar con la historia de la Sra. Black.
-Sí, sí… perdona, querida, pero tengo que subir a mi estudio.
-Pero Charles…
La Sra. Black, la Sra. Black, la Sra. Black corre un grave peligro…
<<… y bajó del carruaje sintiendo el crujir de la nieve bajo sus botas de piel. La Sra. Black cuidó bien de abrigarse el cuello al sentir de inmediato el frío aliento de aquella noche mientras se dirigía hacia la puerta de su casa. Ni una solitaria alma vagaba por las calles, pero ella no encontró nada de extraño en ello, así que abrazándose a sí misma en un intento inútil por sentir más calor caminó aún pensando en la maravillosa fiesta a través de aquella noche tan gélida como la muerte…>>
- …en la sala del piano.
-¿Qué?- mi pluma vuelve a detenerse, lo que me traslada de nuevo a mi corriente estudio. Otra vez encuentro a mi esposa delante de mí sin que la haya percibido entrar en la estancia.
-Digo que si quieres algo estaré en la sala del piano, ya que tú no me escuchas tocaré algo de música.
-Oh, sí, sí, claro, Sra. Black…
-¿Sra. Black…?
Noelia Toribio García
Continúa en El Delirio del escritor. Parte 2
viernes, 1 de febrero de 2013
Luz de Luna
Luz de Luna...
Pureza azul que se desliza
por las celestiales cascadas.
Entre las nubes que de plata tiñe
como un río fluye sin apenas tocarlas.
Luz de Luna...
Tenue fulgor que a la noche cubre
como un tul que tirita cuando el viento canta.
Trémulo baile de azulados haces
que a las tibias mareas sin querer encanta.
Luz de Luna...
Magia que hasta mi ventana desciende
en polvos de brillante porcelana.
La intangible caricia de tu halo azul
de poesía llena mi adormecida alma.
Oh, Luz de Luna...
Qué pobre loco no quedaría
prendado de tu singular hermosura.
Noelia Toribio
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miércoles, 16 de enero de 2013
Cortometraje: Esclavos de ciudad
"Dicen que el estrés es un asesino..."
Cristina es una joven y alegre estudiante que lleva una vida como cualquier muchacha de su edad. Sin embargo, pronto se encuentra atrapada en una espiral de estrés y de esclavitud tejida por la ajetreada y desesperante vida que impone la sociedad. De esta forma, Cristina se convierte poco a poco en una chica egoísta y desagradable que solo tiene tiempo de pensar en el programa de las numerosas actividades que tiene que realizar todos los días. Hasta que finalmente, esta forma de vida impuesta haga de Cristina una máquina sin tiempo que dedicar a ella misma ni a los de su alrederor.
Esclavos de ciudad es una metáfora que refleja como el incesante ritmo de vida que se lleva hoy en día acaba consumiéndonos poco a poco sin que nos demos cuenta.
Este proyecto está basado en la historia de "Esclavos de ciudad", un relato que se puede encontrar en este mismo blog. Su realización se ha llevado a cabo gracias a mis compañeras: Soraya Pedrero, Marta Marinero, Paula Zurimendi y Alba Rodríguez.
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sábado, 8 de diciembre de 2012
Por mi anhelo y tu ausencia
Silencio de palabras sepultadas
tras las puertas de los labios taciturnos.
Hondo suspiro del dichoso anhelo
que eterna hace la insufrible espera.
Soledad profunda entre las sábanas
de blanco inmaculado manchado de lágrimas.
Pesar de la amarga ausencia
que lejos de mitigar el recuerdo alienta.
¡Ay!
Amenaza de las fauces abiertas
por las que ruge el monstruo de la tristeza.
Fantasma del miedo que despierta
dejando a la noche en vela.
Dolor profundo que esta noche
en el lecho de mi alma se hospeda.
Y todo por mi dichoso anhelo
y tu amarga ausencia
Todo por mi dichoso anhelo
y tu amarga ausencia...
Noelia Toribio
viernes, 16 de noviembre de 2012
Esclavos de ciudad
Vídeo: Rhapsody in blue
La noche expira disolviéndose en el viejo humo que viste el cielo de la ciudad. Sin embargo, aún no ha desaparecido la última pincelada de la noche cuando mi despertador resuena en mis oídos insistentemente igual que una máquina del infierno: ¡riiiiiing! ¡riiiiiing! ¡riiiiiing…! Un pequeño pájaro que aún tiene el valor de vivir entre estos humos huye despavorido desde el alfeizar de mi ventana. El revoleteo de sus alas suena a libertad lejana.
Todavía medio dormida apago la máquina del infierno y me acurruco entre las sábanas para percibir su calor y su deliciosa suavidad, me siento como un polluelo en su nido, con la calma reposando en cada una de sus plumas… Y así me quedo un minuto, dos, tres, cuatro, cinco… Hasta que al inocente polluelo se le ocurre abrir los ojos para ver el controlado medidor de su tiempo. ¡Mierda! Llego tarde.
La tranquilidad se escurre como el agua entre las manos, las prisas me aprisionan y me convierten en una marioneta de movimientos rápidos y mecanizados. Hago que mis sábanas echen a volar y me incorporo tan veloz como un águila. Qué lástima que este polluelo abandone su nido para volar hacia una jaula.
Rápidamente me dirijo al cuarto de baño para asearme y hacer mis necesidades, después corro hacia mi habitación y me visto en menos de veinte segundos sin mirar apenas lo que me pongo, luego cojo mi carpeta, mi bolso y las llaves y salgo rápidamente por la puerta de casa con un bollo de leche entre los dientes que engullo sin saborear antes de que llegue el ascensor. Monto, doy al cero, espero impacientemente, bajo y salgo por el portal. Todo es mecánico.
El frescor de la mañana me pule la piel del rostro mientras corro hacia la parada del autobús pero apenas soy consciente de ello, no me da tiempo a ser consciente de ello. No sé si el día es frío o cálido, no sé si llueve o arde el sol, todo es imperceptible bajo estos humos de estrés y contaminación que organizan mi tiempo y nublan mi vista.
Al final consigo coger el autobús, incluso el tiempo me concede el lujo de situarme en la cola. Tomo aire mientras escucho el continuado pitido de las tarjetas de autobús que se abrasan en la máquina como si estuvieran en un microondas. No me entusiasma demasiado coger el autobús, pero reconozco que el tiempo que paso en él es el que más dedico a mi misma en todo el día. Llega mi turno, introduzco mi tarjeta en el microondas y saludo al conductor sin ni tan siquiera mirarle, su contestación es apenas un gruñido pero no le presto atención. De hecho, si al volante hubiera estado un perro ni siquiera me habría dado cuenta. Seguro que cualquier día un autobús sufrirá un fatídico accidente porque sus pasajeros no se fijaron en que el conductor había sido sustituido por un animal.
Mi cabeza da vueltas mientras me sumerjo en la grisácea marea de humanos robotizados, esto parece la cámara de gas de un campo de concentración nazi, tranquilamente podrían asesinarnos a todos sin que no nos diéramos ni cuenta. Un hombre trajeado y con el pelo engominado me obsequia con un tremendo pisotón, retengo una exclamación ahogada mientras me fijo en él, pero lejos de pedir una disculpa ni si quiera me dirige una mirada… Después de todo, las máquinas no tienen sentimientos… Las máquinas no tienen sentimientos… Entonces me doy cuenta de que de entre las decenas de personas que estamos atrapadas en las entrañas de este gusano de metal no hay ninguna que esté sonriendo y aquellas que intentan estirar sus comisuras lo hacen meramente por compromiso. En todos se aprecian las arrugas que la falta de tiempo dibuja en sus rostros y consumen la luz de sus ojos; hombres con maletines, mujeres con tacones, estudiantes con sus móviles, niños con sus pesadas mochilas…Todos tienen el rostro color ceniza, todos están contaminados por los humos de la ciudad, todos son iguales entre sí. De repente, me siento incómoda y atrapada en una cárcel en forma de espiral que está hecha con esclavos de la sociedad.
A duras penas consigo hacerme un hueco frente a la ventana para observar algo que no sean esas aterradoras máquinas robotizadas con pinta de humanos. Desde el sucio ventanal observo el escaparate de la sociedad, una película de terror donde todos corren como ovejas. Entonces pienso que podría preguntarme qué es lo que quiero hacer hoy, pero de qué me sirviría... El mundo ha programado nuestras vidas segundo a segundo, me siento como Charles Chaplin en "Tiempos Modernos". Ahora comprendo muy bien a lo que se refería Dámaso Alonso con aquello de “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”… Estamos en la misma categoría que los zombis, ellos son muertos vivientes y nosotros somos vividores muertos…
¡Pi-pi-pi-pi! ¡Pi-pi-pi-pi! ¡Pi-pi-pi-pi! Me sobresalto. La alarma de mi reloj interrumpe mis profundos pensamientos avisándome de ya debería estar entrando en la facultad y eso que aún tengo que pasar por la biblioteca… Los músculos de mi cuerpo se tensan, el estrés colapsa toda comunicación con mi ser racional, me preparo para convertirme de nuevo en máquina, las puertas de acceso de mi mente se cierran a todo pensamiento, a mis electrónicas neuronas ya solo les importa el programa de mis actividades de hoy.
El autobús llega a mi parada, navego entre los caras grises, bajo y echo a correr hacia la biblioteca deslizándome por la interminable espiral de una sociedad llena de ovejas. Todos mis movimientos vuelven a ser mecánicos. Ya he olvidado el pájaro de mi ventana y mis pensamientos, me ahogo en la contaminación urbana sin saber todavía si llueve o hace sol, pero no me importa. Corro veloz por las calles como un ratón de laboratorio por un laberinto. Soy una esclava de la ciudad.
Noelia
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viernes, 26 de octubre de 2012
Miedo
Miedo,
vil fantasma que estrangula mi alma
con las cadenas de la incertidumbre,
tu semilla maldita prospera
regada con agua de mis lagunas,
y tu esencia se aferra a mí
como a las ruinas se aferra la yedra.
¡Oh, Miedo!
Cómo alimentas la llama del dolor
de las destempladas noches en vela...
Tus tinieblas ensombrecen las luces
del pensamiento que alumbran mis pasos
y me hacen deambular con ojos de ciego errante
por la siniestra maraña de tus profundidades.
¡Ay, Miedo!
¡Insufrible parásito que me carcome por dentro,
deja ya de chupar la sangre de mi cordura
o juro que tomaré en mi mano el puñal de la locura
y extraeré la vida de mi alma enajenada!
¡Ay, Miedo!
Ay, Miedo...
Cómo aprisionas a los hombres
en jaulas hechas desde sus propios corazones...
Noelia Toribio
miércoles, 29 de agosto de 2012
La libertad se muere
La libertad se muere en la celda del olvido,
con la boca cosida y el alma encadenada.
La libertad se muere en la celda del olvido,
agazapada sobre el yugo del silencio opresivo
con los ojos vendados y el corazón encogido.
La celda, la celda tiene forma de barrotes de ventana
por donde la vida corre y pasa ¡y se desangra!
a través de los ojos que lloran y miran sin ver nada.
El yugo, el yugo tiene ojos de padre enfurecido
que con gritos de demonio encolerizado
acalla los llantos de un aterrorizado niño.
La libertad… ¡Yo soy la libertad esclavizada!
¡que llora y se retuerce y se desgarra!
¡mientras mira como su vida corre y pasa y se desangra…!
Me muero… Me muero en la celda del olvido,
con la boca cosida y el alma encadenada.
Me muero… Me muero en la celda del olvido,
agazapada sobre el yugo del silencio opresivo
con los ojos vendados y el corazón… encogido.
Noelia Toribio
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